Ha
muerto Pedro Planas
Palabras
pronunciadas por Francisco Igartua, director-fundador de
Oiga, durante el sepelio de Pedro Planas realizado este
mediodía en Los Jardines de la Paz, La Molina.
Escribe
Francisco Igartua
Ha muerto
Pedro Planas. La noticia me llegó así de escueta,
abrumadora, en Cieneguilla, en casa de otro de los hombres
que, en su juventud, como Planas, estuvo ligado a Oiga,
la revista que fundé hace muchos, muchísimos
años atrás, y a la que Pedro Planas se integró,
recién salido de la Universidad, para añadirle
vigor intelectual al carácter de lucha permanente
que tenia Oiga, de inacabable insatisfacción por
los inciertos rumbos de la política peruana.
Muchas
veces estuvimos juntos en las batallas, combatiendo por
quiméricas posiciones, y siempre lo halle junto a
mi cuando Oiga tuvo que resistir concretas violencias del
poder.
Se nos
ha ido Pedro Planas, justo cuando llegado a la madurez,
parecía que, por fin, su voz inteligente comenzaba
a señalarle a la República un camino de rectificación
a los muchos desatinos de nuestra historia.
Pedro
Planas fue eso; una mente hecha para razonar y encontrar
luces que iluminaran nuestro destino patrio. Fue un hombre
de inteligencia excepcional, tan veloz en el pensar que
las palabras le quedaban retrasadas, haciéndosele
apresurado el lenguaje.
Nunca,
en mi largo recorrido por las redacciones tropecé
con un joven de mente tan despierta como la de Planas.
No fue,
sin embargo, un periodista al cien por ciento. Su inquietud
lo llevaba mas allá del trajín periodístico
y fruto de esa inquietud son sus libros, ese despiadado
y docto análisis de la realidad peruana, sobre todo
de la que atañe a nuestro presente. Víctor
Andrés Belaunde, Riva Agüero, Haya, Mariátegui,
Leguía, desfilan por sus paginas dejando - con sus
aciertos y desaciertos - lecciones para el hoy y el mañana.
Pedro
Planas ha muerto buscando con lucidez hallar solución
a los males del Perú, a aquellos males que nacen
en el sempiterno abandono de sus provincias. Esa era la
estrella que orientaba sus pasiones, intelectuales, porque
Pedro Planas no era un político, era más:
era un profeta alucinado del futuro patrio. De un futuro,
quien sabe, solo ilusión de su poderosa inteligencia
y de su enorme bondad para con todos los que se acercaban
sanamente a él, principalmente para con los suyos,
su madre, su mujer - Mónica- y sus hijos.
Pedro
Planas - hay que repetirlo - no solo fue una mente brillante,
fue, además, un hombre bueno, honesto hasta los huesos.
Y, quién sabe por ello, los dioses no quisieron que
el voto de la multitud mancillara su memoria haciéndolo
congresista. Hubiera sido, sin embargo, una luminaria entre
las escasas luminarias de nuestra historia parlamentaria.
Hemos
aquí en el camposanto para devolver cristianamente
a la tierra el cuerpo de Pedro Planas. Su corta vida, de
trabajo desenfrenado, fue de obrar largo. Y su recuerdo
será imperecedero en todos los que lo conocimos y
compartimos algo de sus angustias, de sus ilusiones, de
sus cálidos empeños por un Perú demócrata
y socialmente justo.
Descansa
en paz Pedro Planas Silva.
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