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 En el recuerdo de Paco Igartua
10 de octubre de 2001

Ha muerto Pedro Planas

Palabras pronunciadas por Francisco Igartua, director-fundador de Oiga, durante el sepelio de Pedro Planas realizado este mediodía en Los Jardines de la Paz, La Molina.

Escribe Francisco Igartua

Ha muerto Pedro Planas. La noticia me llegó así de escueta, abrumadora, en Cieneguilla, en casa de otro de los hombres que, en su juventud, como Planas, estuvo ligado a Oiga, la revista que fundé hace muchos, muchísimos años atrás, y a la que Pedro Planas se integró, recién salido de la Universidad, para añadirle vigor intelectual al carácter de lucha permanente que tenia Oiga, de inacabable insatisfacción por los inciertos rumbos de la política peruana.

Muchas veces estuvimos juntos en las batallas, combatiendo por quiméricas posiciones, y siempre lo halle junto a mi cuando Oiga tuvo que resistir concretas violencias del poder.

Se nos ha ido Pedro Planas, justo cuando llegado a la madurez, parecía que, por fin, su voz inteligente comenzaba a señalarle a la República un camino de rectificación a los muchos desatinos de nuestra historia.

Pedro Planas fue eso; una mente hecha para razonar y encontrar luces que iluminaran nuestro destino patrio. Fue un hombre de inteligencia excepcional, tan veloz en el pensar que las palabras le quedaban retrasadas, haciéndosele apresurado el lenguaje.

Nunca, en mi largo recorrido por las redacciones tropecé con un joven de mente tan despierta como la de Planas.

No fue, sin embargo, un periodista al cien por ciento. Su inquietud lo llevaba mas allá del trajín periodístico y fruto de esa inquietud son sus libros, ese despiadado y docto análisis de la realidad peruana, sobre todo de la que atañe a nuestro presente. Víctor Andrés Belaunde, Riva Agüero, Haya, Mariátegui, Leguía, desfilan por sus paginas dejando - con sus aciertos y desaciertos - lecciones para el hoy y el mañana.

Pedro Planas ha muerto buscando con lucidez hallar solución a los males del Perú, a aquellos males que nacen en el sempiterno abandono de sus provincias. Esa era la estrella que orientaba sus pasiones, intelectuales, porque Pedro Planas no era un político, era más: era un profeta alucinado del futuro patrio. De un futuro, quien sabe, solo ilusión de su poderosa inteligencia y de su enorme bondad para con todos los que se acercaban sanamente a él, principalmente para con los suyos, su madre, su mujer - Mónica- y sus hijos.

Pedro Planas - hay que repetirlo - no solo fue una mente brillante, fue, además, un hombre bueno, honesto hasta los huesos. Y, quién sabe por ello, los dioses no quisieron que el voto de la multitud mancillara su memoria haciéndolo congresista. Hubiera sido, sin embargo, una luminaria entre las escasas luminarias de nuestra historia parlamentaria.

Hemos aquí en el camposanto para devolver cristianamente a la tierra el cuerpo de Pedro Planas. Su corta vida, de trabajo desenfrenado, fue de obrar largo. Y su recuerdo será imperecedero en todos los que lo conocimos y compartimos algo de sus angustias, de sus ilusiones, de sus cálidos empeños por un Perú demócrata y socialmente justo.

Descansa en paz Pedro Planas Silva.