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La
raíz de la furia aguaruna
A propósito
de un terrible despertar y la defensa de un símbolo de enlace
de grupo.
agenciaperu.com
La madrugada del jueves 17, en el más absoluto silencio,
desplazándose por el fangoso terreno y escondiéndose
entre los matorrales, unos doscientos hombres, con los rostros pintados
y premunidos de escopetas, cuchillos, flechas y lanzas empezaron
un feroz ataque para defender aquello que es símbolo de su
seguridad individual y de enlace de grupo: su tierra.
El ataque de
los aguarunas de la comunidad de Los Naranjos, a un grupo de aproximadamente
120 colonos, por la posesión de las tierras de la zona llamada
Flor de la Frontera, en el distrito de San José de Lourdes,
en Cajamarca, ha conmovido al país. El resultado del enfrentamiento
aún no se conoce del todo. Se habla de más de 20 fallecidos,
unos 25 heridos y aproximadamente seis niños desaparecidos.
Entre tanto, los nativos heridos curan sus heridas con hierbas de
la zona.
En su huida
por el monte, varios adultos perdieron a sus niños los que,
horas después, fueron hallados vagando por el monte por los
mismos nativos aguarunas que habían perpetrado el ataque.
Los nativos retuvieron a los niños hasta que las autoridades
policiales los rescataron.
Sólo
en la amazonía peruana existen alrededor de 1,402 comunidades
nativas que pertenecen a unos 56 grupos etnolinguísticos,
es decir, un aproximado de 305 mil personas. Entre ellos están
los shipibos, huambisas, aguarunas, ashánikas y campas.
La comunidad
aguaruna (awajún) es oriunda de las riberas de Marañón
y pertenece a la familia etnolingüística Jíbaro.
A consecuencia de enfrentamientos internos, un grupo emigró
al valle del Alto Mayo a comienzos del siglo pasado. Ellos trabajaron
sus tierra como les enseñaron sus ancestros, con un sistema
de rotación y de descanso que, erróneamente, a decir
de los dirigentes nativos, se mal entendió como un síntoma
de abandono.
Dada la complejidad
de la selva y el número de las comunidades nativas, las tierras
son un signo de enlace grupal y su recuperación, reconocimiento,
demarcación y registro son derechos esenciales para su supervivencia
e integridad. Asimismo, el artículo 88 de la Constitución
precisa que las tierras abandonadas pasan al dominio del Estado
para su adjudicación en venta.
Los problemas
entre los nativos y los colonos se iniciaron en 1989, cuando éstos
llegaron a Flor de Frontera a instalarse y a trabajar las tierras
con cultivos de café, maíz y yuca. Esto llevó
a las partes a un juicio que, según el presidente de la comunidad
nativa Los Naranjos, Kasen Jempekit Katyp, se solucionó a
favor de su etnia el 12 de enero pasado.
A decir del
dirigente huambisa, Wrays Pérez Ramírez el territorio
ocupado por los colonos les pertenece a los aguaruanas desde tiempos
ancestrales, pero recién a fines de 1995 les fue reconocido
ese derecho por el Poder Judicial, y fue inscrita en la ficha 3640
de la Oficina Registral de Jaén. Los títulos de propiedad
les fueron entregados por el Programa Especial de Titulación
de Tierras, del ministerio de Agricultura.
Pero como los
problemas entre los colonos y los nativos continuaban, frente a
la documentación presentada, se programó un primer
desalojo en noviembre del año 2000. Al poco tiempo nuevamente
habían regresado los colonos, azuzados, aseguran directivos
del Centro Amazónico de Antropología y Aplicación
Práctica, por las empresas madereras ya que a zona es rica
en aliso. Las autoridades locales programaron dos nuevos desalojos
que fueron frustrados porque los colonos tuvieron el apoyo de ronderos
de la zona.
El dirigente
huambisa explicó que los invasores fueron desalojados, con
apoyo policial, el 10 de enero último por el fiscal provincial
de San Ignacio, Carlos Osores. Añadió que las mismas
autoridades judiciales les recomendaron a los nativos tomar posesión
del terreno de inmediato. Cuando los nativos quisieron hacerlo,
se encontraron con los colonos que habían regresado a ocupar
las tierras.
Por eso, confirmó,
los aguarunas decidieron encargarse ellos mismos del desalojo y
con sus propias armas. Ellos saben que su supervivencia depende
de sus tierra, en ellas encuentran sus alimentos, sus medicinas
y sus abrigos. Pero están dispuestos a conversar y encontrar
una solución y sólo aceptarán la intermediación
de la Defensoría del Pueblo, dijeron sus delegados.
Entre tanto,
ya a nivel oficial, se ha creado una comisión multisectorial
para buscar soluciones al problema. La integran representantes de
los ministerios de Justicia y Agricultura, del Ministerio Público
y de la Comisión Nacional de Comunidades Andinas y Amazónicas.
El congreso
de la República también ha formado una comisión
para investigar la matanza. Está presidida por el parlamentario
Luis Guerrero (PP) e integrada por Víctor Noriega (PAP),
Rosa Florián (UN), Manuel Bustamante (FIM) Y Jorge Mera Ramírez
(UPD). Ellos tienen un plazo de 30 días para averiguar cómo
ocurrieron lo hechos y presentar un informe a la Comisión
Permanente.
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