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20 de diciembre del 2002
Campo minado

Una rebelión esperada

Escribe Miguel Silvestre

na nueva corriente de dirigentes políticos está reclamando un espacio en el espectro nacional. Esto no tendría nada de raro si no se hubiera encontrado con una férrea y sorda oposición, formada por los llamados "líderes históricos" de esos partidos. Estos dirigentes antiguos desean, como siempre, mantenerse en sus puestos, así la historia de sus gestiones no haya sido demasiado halagadora.

Esta nueva corriente de políticos, que no está formada por inexpertos dirigentes sino por personajes de partido con cargos intermedios y con posición discrepante a la de sus jefes quiere asumir las riendas de sus organizaciones. Y eso es saludable.

Lo que no resulta beneficioso para el país es que los eternos dirigentes de los partidos políticos pretendan manejar los resortes partidarios para evitar una discusión o una competencia con condiciones iguales para todos. Porque la democracia interna no se debe sólo pregonar sino, también y principalmente, practicar.

En este nuevo panorama nacional resulta pertinente confirmar que este afán de darle una imagen y una praxis diferente a la gestión de los partidos políticos es no sólo urgente sino perentorio.

Resulta urgente en la medida en que hasta hoy no se ve una democracia horizontal en ninguno de los partidos políticos y éstos deben ser un ejemplo de gestión prístina y respetuosa.

Es cierto que algunos partidos políticos han logrado ubicar la mayor cantidad de presidentes regionales y alcaldes, pero más cierto es admitir que en todas las organizaciones primó el "dedismo" de los "líderes" para nombrar a los candidatos.
Las Primarias fueron, digamos la verdad, un saludo a la bandera. La muestra es que, por ejemplo en Unidad Nacional o el PPC, las listas se "armaron" según los gustos de los líderes partidarios y no según las bases, que es lo que hipotéticamente debía ocurrir.

El Apra ni qué decir, pues allí resultó evidente que las directivas de Alan García se cumplían sin dudas ni murmuraciones. Cosa parecida ocurrió con Perú Posible, donde las fricciones se han mantenido al punto tal que un grupo de parlamentarios ha amenazado con irse de ese partido (partido que, dicho sea de paso, no tiene ni ideario ni capacidad de organización real).

De todo este menú de sabor indefinible sólo puede resultar una mezcla explosiva: explosiva en el sentido de que crea condiciones para la desazón, la apatía o simplemente el enfrentamiento intrapartidario.

Y allí están los resultados: Luis Bedoya sale de sus cuarteles de invierno para "imponer" a rajatabla a Lourdes Flores, Acción Popular le exige al doctor Valentín Paniagua que Raúl Diez Canseco decida su situación en el gobierno de Alejandro Toledo, Perú Posible hace agua en el Congreso mientras reconoce internamente que la falta de aparato, organización y doctrina produce no sólo una zigzagueante trayectoria sino personajes tan cuestionados como Doris Sánchez. Y en el Apra, ante la arremetida de no tan nuevos dirigentes como César Zumaeta, Alan García decide tirarle la puerta en las narices a la renovación de cuadros.
¿Así quieren llegar los partidos al 2006? ¿Pregonando democracia de la puerta de la casa para afuera, pero poniéndole un cinturón de castidad a los nuevos aires o tan sólo a nuevas caras que ni siquiera plantean una renovación ideológica?

No hay duda que la postmodernidad debe venir, necesariamente, con fuerza. Los partidos deben estar preparados para los Nuevos Aires. Antes de oponerse a un poco de horizontalidad deberían revisar a Manuel González Prada. Francis Fukuyama está, hace buen tiempo, con las horas contadas.

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