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Campo minado
31 de enero de 2001

Sin adiós a las armas

Escribe Miguel Silvestre

Un fantasma recorre no Europa sino el mundo latinoamericano? Vale la pena parafrasear los primeros párrafos del Manifiesto Comunista, para hablar sobre ese otro flagelo (en la otra acera de José Stalin) que significa la guerra. Una idea lejana para los que piensan que las guerras son anacrónicas, pero una posibilidad a la vuelta de la esquina para los que prefieren creer que los afanes hegemónicos (no sólo de invasión física sino, también, de penetración empresarial e industrial) tienen, siempre, su contraparte disuasiva mediante la muestra de poderío bélico.

Chile compra 10 aviones de Combate F-16, gasta 660 millones de dólares, pagaderos en cómodas cuotas durante nueve años, y el Perú "hubiera querido que eso no ocurriera". Y es la historia de siempre: el gobierno peruano reduce a 700 millones de dólares anuales sus gastos en el sector Defensa y en Santiago el jefe de la Armada, Miguel Angel Vergara, sale molesto de su reunión con el presidente Ricardo Lagos porque no le aprobaron la realización del Plan Tridente, que consiste en adquirir 4 fragatas Meko 200, a la irrisoria suma de 950 millones de dólares.

David Waisman, el ex ministro de Defensa que pese a la crítica interesada en caricaturizarlo fue uno de los pocos peruanos que se enfrentó a Montesinos y a la mafia, no ahora sino cuando ésta era una telaraña peligrosísima; el mismo al que no le tembló la mano para echar de las Fuerzas Armadas a no pocos oficiales asociados al montesinismo, fue quien dijo que nuestro país regalaría misiles de mediano alcance si Chile decidía no comprar los ya famosos F-16 norteamericanos. Era una frase, por cierto, y por la cual se le criticó duramente, pero cuántos peruanos hubieran querido que esto finalmente ocurriera así y no nos viéramos nuevamente en una discusión donde lo más importante parece ser quién es el más fuerte. A esos peruanos, entre los que se cuentan los que hasta hoy no tienen una tiza ni una carpeta en sus alejadas comunidades, les debe resultar incomprensible cómo un AWAC norteamericano o un MIG-29 ruso resultan más apetitoso que implementar eficientemente un sistema de salud integral en zonas rurales o, hablando pasionalmente, más tentador que una cena con la modelo danesa Helena Christiansen, frente al mar, en el piso 12 del Marriot y con el fondo musical de Winton Marsalis. Más increíble aún, si reparamos en que Helena no sólo es hija de Europa sino que por sus venas también corre sangre peruana y hasta podría decirnos "ari" en vez de "yes" y "más me pegas, más te quiero" en lugar de "I love you".

Pero, ni las extraordinarias piernas de la ex Miss Dinamarca son más sensuales que las curvas de los manubrios de un frío y norteamericano F-16. Qué va. Pero, esa forma de gobernar Latinoamérica, donde se pondera a la bala y no al ojo que pone la bala, es lo que seguirá impidiendo que cualquier afán de desarrollo sostenido de América Latina en conjunto no sea más que un discurso retórico y reiterativo en el reino de los encuentros donde se habla mucho y no se logra nada.

Históricamente, el Perú siempre ha sido el país que ha alentado el consenso. Nuestra ubicación estratégica en Sudamérica y nuestros recursos nos llaman más a una convivencia pacífica que a una política de invasión. Además, en pleno siglo XXI, hablar de invasiones a la bruta suena a puertas antiguas y huele a habitaciones con eternas puertas cerradas. Sin embargo, lo ocurrido en Nueva York y en Afganistán es la prueba patética de que el hombre continúa siendo un animal de costumbres...animales.

No hay nada mejor que la cachiporra digital dicen en Occidente y lo mismo piensa cualquier fundamentalista, aunque para ello tenga que justificar sus ataques al amparo de la "justicia divina". Y Sudamérica no escapa a esa tendencia: no existirá un clima de paz hacia el desarrollo regional mientras nadie se lance a mostrar el stock de armamento que le corresponde. Porque cada compra de F-16, de S-25 o de misiles, haga quien la haga, significará un peldaño más en la escalada del desequilibrio de las armas. Y ese desequilibrio llamará a los vecinos a seguir armándose. Y así, sucesivamente, hasta la paz de los cementerios.

Una política de desarme no es un empate en armas, como están tratando de decir algunas voces en Chile. O la renovación de flota, que es otro argumento: de ser así el Perú debía cambiar todo su material bélico, porque seguimos con los helicópteros, los tanques y los aviones de hace 30 años, cuando Juan Velasco Alvarado tomaba ron con Fidel Castro y Rusia y Bielorrusia formaban parte de la Unión Soviética.

Una política de desarme parte por hacer menos aspavientos a las cámaras de TV, por sonreír menos y no firmar tratados con grandes propósitos que finalmente son olvidados a la hora de los Chivas etiqueta azul o los Vodka Tonic, más o menos a las tres de la mañana del día final de la Cumbre presidencial, vicepresidencial, ministerial, congresal, etc., respectiva.

Una política de paz con desarrollo es sentarse, con sinceridad, a revisar historia, a buscar el por qué de las heridas, a discutir con las mentes más lúcidas cómo salir de ese atolladero chauvinista que son las fronteras y buscando proyectos viables con lucro compartido.

Por el momento, vuelvo a recordar a Manuel González Prada y sus "Pájinas Libres", que reza: "Nada tan hermoso como derribar fronteras y destruir el sentimiento egoísta de las nacionalidades par'hacer de la Tierra un solo pueblo i de la Humanidad una sola familia. Pero, mientras llega la hora de la paz universal, mientras vivimos en una comarca de corderos i lobos, hai que andar prevenidos para mostrarse corderos con el cordero i lobos con el lobo".

Como quien dice, bueno es ser bueno, pero no tanto.