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Sin
adiós a las armas
Escribe
Miguel Silvestre
Un
fantasma recorre no Europa sino el mundo latinoamericano?
Vale la pena parafrasear los primeros párrafos del
Manifiesto Comunista, para hablar sobre ese otro flagelo
(en la otra acera de José Stalin) que significa la
guerra. Una idea lejana para los que piensan que las guerras
son anacrónicas, pero una posibilidad a la vuelta
de la esquina para los que prefieren creer que los afanes
hegemónicos (no sólo de invasión física
sino, también, de penetración empresarial
e industrial) tienen, siempre, su contraparte disuasiva
mediante la muestra de poderío bélico.
Chile
compra 10 aviones de Combate F-16, gasta 660 millones de
dólares, pagaderos en cómodas cuotas durante
nueve años, y el Perú "hubiera querido
que eso no ocurriera". Y es la historia de siempre:
el gobierno peruano reduce a 700 millones de dólares
anuales sus gastos en el sector Defensa y en Santiago el
jefe de la Armada, Miguel Angel Vergara, sale molesto de
su reunión con el presidente Ricardo Lagos porque
no le aprobaron la realización del Plan Tridente,
que consiste en adquirir 4 fragatas Meko 200, a la irrisoria
suma de 950 millones de dólares.
David
Waisman, el ex ministro de Defensa que pese a la crítica
interesada en caricaturizarlo fue uno de los pocos peruanos
que se enfrentó a Montesinos y a la mafia, no ahora
sino cuando ésta era una telaraña peligrosísima;
el mismo al que no le tembló la mano para echar de
las Fuerzas Armadas a no pocos oficiales asociados al montesinismo,
fue quien dijo que nuestro país regalaría
misiles de mediano alcance si Chile decidía no comprar
los ya famosos F-16 norteamericanos. Era una frase, por
cierto, y por la cual se le criticó duramente, pero
cuántos peruanos hubieran querido que esto finalmente
ocurriera así y no nos viéramos nuevamente
en una discusión donde lo más importante parece
ser quién es el más fuerte. A esos peruanos,
entre los que se cuentan los que hasta hoy no tienen una
tiza ni una carpeta en sus alejadas comunidades, les debe
resultar incomprensible cómo un AWAC norteamericano
o un MIG-29 ruso resultan más apetitoso que implementar
eficientemente un sistema de salud integral en zonas rurales
o, hablando pasionalmente, más tentador que una cena
con la modelo danesa Helena Christiansen, frente al mar,
en el piso 12 del Marriot y con el fondo musical de Winton
Marsalis. Más increíble aún, si reparamos
en que Helena no sólo es hija de Europa sino que
por sus venas también corre sangre peruana y hasta
podría decirnos "ari" en vez de "yes"
y "más me pegas, más te quiero"
en lugar de "I love you".
Pero,
ni las extraordinarias piernas de la ex Miss Dinamarca son
más sensuales que las curvas de los manubrios de
un frío y norteamericano F-16. Qué va. Pero,
esa forma de gobernar Latinoamérica, donde se pondera
a la bala y no al ojo que pone la bala, es lo que seguirá
impidiendo que cualquier afán de desarrollo sostenido
de América Latina en conjunto no sea más que
un discurso retórico y reiterativo en el reino de
los encuentros donde se habla mucho y no se logra nada.
Históricamente,
el Perú siempre ha sido el país que ha alentado
el consenso. Nuestra ubicación estratégica
en Sudamérica y nuestros recursos nos llaman más
a una convivencia pacífica que a una política
de invasión. Además, en pleno siglo XXI, hablar
de invasiones a la bruta suena a puertas antiguas y huele
a habitaciones con eternas puertas cerradas. Sin embargo,
lo ocurrido en Nueva York y en Afganistán es la prueba
patética de que el hombre continúa siendo
un animal de costumbres...animales.
No hay nada mejor que la cachiporra digital dicen en Occidente
y lo mismo piensa cualquier fundamentalista, aunque para
ello tenga que justificar sus ataques al amparo de la "justicia
divina". Y Sudamérica no escapa a esa tendencia:
no existirá un clima de paz hacia el desarrollo regional
mientras nadie se lance a mostrar el stock de armamento
que le corresponde. Porque cada compra de F-16, de S-25
o de misiles, haga quien la haga, significará un
peldaño más en la escalada del desequilibrio
de las armas. Y ese desequilibrio llamará a los vecinos
a seguir armándose. Y así, sucesivamente,
hasta la paz de los cementerios.
Una
política de desarme no es un empate en armas, como
están tratando de decir algunas voces en Chile. O
la renovación de flota, que es otro argumento: de
ser así el Perú debía cambiar todo
su material bélico, porque seguimos con los helicópteros,
los tanques y los aviones de hace 30 años, cuando
Juan Velasco Alvarado tomaba ron con Fidel Castro y Rusia
y Bielorrusia formaban parte de la Unión Soviética.
Una
política de desarme parte por hacer menos aspavientos
a las cámaras de TV, por sonreír menos y no
firmar tratados con grandes propósitos que finalmente
son olvidados a la hora de los Chivas etiqueta azul o los
Vodka Tonic, más o menos a las tres de la mañana
del día final de la Cumbre presidencial, vicepresidencial,
ministerial, congresal, etc., respectiva.
Una
política de paz con desarrollo es sentarse, con sinceridad,
a revisar historia, a buscar el por qué de las heridas,
a discutir con las mentes más lúcidas cómo
salir de ese atolladero chauvinista que son las fronteras
y buscando proyectos viables con lucro compartido.
Por
el momento, vuelvo a recordar a Manuel González Prada
y sus "Pájinas Libres", que reza: "Nada
tan hermoso como derribar fronteras y destruir el sentimiento
egoísta de las nacionalidades par'hacer de la Tierra
un solo pueblo i de la Humanidad una sola familia. Pero,
mientras llega la hora de la paz universal, mientras vivimos
en una comarca de corderos i lobos, hai que andar prevenidos
para mostrarse corderos con el cordero i lobos con el lobo".
Como
quien dice, bueno es ser bueno, pero no tanto.
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