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Campo minado
23 de febrero de 2002

No sólo de pan...

Escribe Miguel Silvestre

etenta y siete por ciento de la población, según la última encuesta de Apoyo, desea que el Presidente Alejandro Toledo genere inversión, empleo y -de esta manera- luche contra la pobreza. Verdad que uno no puede soslayar y que expresa el sentir de las calles, no el de los gabinetes de ensayo sociológico.

Verdad que asusta, también, porque esa misma población no quiere saber nada de crucifixiones a la mafia fujimontesinista y tiene, más bien (más mal, personalmente para este cronista) un peligroso acercamiento hacia la política del borrón y cuenta nueva, a la del "así es la vida, qué le vamos a hacer" o a la del "pobre, él también tiene familia".

Sólo un tres por ciento de esa población encuestada quiere que el gobierno de Alejandro Toledo se dedique a combatir la corrupción, quizá porque el latrocinio sistemático al Estado ha sido una práctica alentada no sólo por los que la hacen sino por los que la han visto, la sospechan o la ansían sin tener la frescura para ello. Existe en el país, hoy, no un descontento rabioso (pues no hay duda que las marchas y las protestas contra Alejandro Toledo tienen más que nada una "direccionalidad" política) sino una desazón del alma, aunque muchos peruanos no la entiendan así. Para miles de nuestros compatriotas "el país no tiene arreglo", pero aunque no han perdido la esperanza lo que parece que se les ha ido es la motivación.

Nuestra población no ha necesitado leer a Vallejo (no Vallejos, como dicen varias candidatas a Miss Algo en mi país), tampoco ha hurgado en la historia de la vida de Rafael de la Fuente Benavides y su estadía en el hospital "Víctor Larco Herrera" para entender el valor de la soledad y la incomprensión. Nada de eso ha servido para hacer sus tristes poemas diarios, aquellos que se escriben no con la sangre de la pluma sino con la carencia y la falta de oportunidades.

Estoy seguro que salvo los peruanos y peruanas que leen honestamente poesía y los que sólo "juegan" a la poesía, muy pocos son los que han leído los versos de un Poeta de mi país, Róger Santibáñez, en la página 38 de su libro "Homenaje para Iniciados". El dice: "En este cuento de amor / yo no sé si habré cantado / yo no sé si mi canción / será de amor o / soledad o frío de noche / por la noche / Oscuridad de Rimbaud / en Abisinia / sin ningún amigo en París / sin nada sin nadie".

La encuesta de Apoyo dice lo mismo, pero con otros códigos: un sánscrito distinto pero idéntico al que pintan Santibáñez, Mora, De Ramos, De Lima y otros escritores que jamás tendrán la tribuna de los tránsfugas Laura Bozzo o Raúl Romero.

Una desazón recorre el espinazo del país. Esa población ni siquiera desea deshacerse de su gobernante, sólo parece verlo desde su lecho de enfermo, esperando una salida, una vía, un plan, una dirección correcta.

Un grupo político sin dirección, sin mística, sin organización, está condenado a realizar acciones inmediatas y alianzas estratégicas antes de ser absorbido por sus propios errores. El Apra lo sabe. Y si en algún momento se pretendió lanzar al circo a los fujimontesinistas, ese circo (para mi tristeza) no funciona. El país parece tener memoria frágil y los delincuentes que dilapidaron los dineros del Estado tienen suerte. Si no es así, que le pregunten a Luis Bedoya de Vivanco.

Resulta una contradicción irónica de la vida, pero el país no parece ser proclive a las sanciones, quizá porque -como dice Mario Vargas Llosa- se da cuenta que al final los que tienen poder económico o influencia política siguen hasta hoy impunes y seguirán así, por los siglos de los siglos, amén.

Por ello, usted puede seguir observando, de lunes a viernes, las muecas de Raúl Romero y sus acciones tratando de pasar por más inteligente frente a un grupo de jóvenes que sabe más de Melody y del Baile del Gorila que de la Guerra del Pacífico o de los entretelones de la concertación que ansía Alejandro Toledo. De hecho, nadie le reprochara a Romero que él e incluso "López" (su perro) conversaban animadamente con Vladimiro Montesinos de cómo adormilar un país vía canciones de propaganda al fujimontesinismo. Pero, no, nadie le lanzará un solo piropo a Romero. El 77% de la población está más preocupado en cómo hace para buscar una salida a sus problemas económicos. Suerte, que le dicen.

Un país descreído es el que le ha tocado a Alejandro Toledo, una patria donde la justicia social es un proyecto lejano y donde la muerte, la tortura, el robo millonario, fueron parte de la historia cotidiana de sus habitantes.

Por eso el borrón y cuenta nueva es posible, y por ello algunos políticos y otros "grandes" personajes hallados con las manos en la masa (léase millones de la mafia del ex asesor) saben que todo es cuestión de tiempo, mimetismo y maquillaje.

En semejante escenario, proponer la concertación es hablar entre cuatro paredes: las de los gobernantes, las de los opositores políticos, en otras palabras, las de la clase política.

Una propuesta real de gobierno no es un discurso en una plaza ni el ataque furibundo a éste.
Una propuesta de concertación se inicia con una palabra que provoca escalofríos a los que tienen su sustento político en la asesoría de imagen o en la propaganda millonaria: organización.

Y la organización parte de las bases, de las bases que hoy, por paradójico que parezca, quieren pan, sólo pan y nada de circo. Cambiar esa tendencia hacia la búsqueda de soluciones con participación ciudadana, concertación horizontal y un verdadero plan económico (que no resulte "inmediatista") es un reto que debemos asumir.