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Carta desde la clandestinidad
13 de julio de 2002

Escribe Alvaro Vargas Llosa

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¿Qué opina del Gabinete Solari?

Anoche soñé un gabinete

l cambio de gabinete me deja sabor a ceniza en la boca. Lo que me hubiera gustado ver, brilla por su ausencia: mujeres, jóvenes y otro Presidente (no se asusten, ahora me explico).

Cuando cierro los ojos y convoco en la toronja las imágenes más poderosas de la bronca por recuperar la democracia, casi todas tienen que ver con mujeres. Mujeres periodistas, mujeres estudiantes, mujeres espías, mujeres activistas, mujeres de organizaciones populares, mujeres profesionales de clase media o mujeres amas de casa. Las imágenes masculinas que me vienen a la mente –después de las femeninas- son casi todas de jóvenes. Jóvenes que lo entregaron todo, con un compromiso que me sugería, más que un esfuerzo por cambiar de régimen, un sueño, a la manera del poeta Rimbaud, por cambiar la vida.

Con mujeres y con jóvenes –además de con Alejandro Toledo- establecí las relaciones más intensas en esa historia personal que cada uno de nosotros tiene de aquellas jornadas. El último me decepcionó. Los primeros dos –mujeres y jóvenes- también, pero por razones opuestas: por lo que no han hecho. Por lo que no han tenido la oportunidad de hacer.

¿Por qué es esto importante? Porque en el origen de nuestro problema está
la falta de legitimidad –de credibilidad- de quienes tienen poder, sea político, económico, judicial, militar o cualquier otro. Esa fue la razón verdadera de Fujimori y Montesinos: cuando dieron el zarpazo, éramos un país civilmente inerme, ya no teníamos fuerzas para defender a políticos o instituciones que despreciábamos. Para evitar un futuro 5 de abril, pues, era indispensable regenerar por completo la clase que manda en el Perú. ¿Y dónde, si no en las mujeres y en las nuevas generaciones, están esas reservas? Los dos grupos que hasta ahora no han tenido esponsabilidades de conducción en el país. Lo demás es reencauche.

Me hubiera gustado ver al menos ocho ministras. Las hay, y de todos los colores y tendencias, con títulos de sobra. Y me hubiera gustado ver a las nuevas generaciones asumiendo puestos de influencia. Así se han hechos las mejores transiciones en los países de Europa del Este –Hungría ayer, Bulgaria hoy- tras el desplome del comunismo. Desde luego, no hablo del cambio por el cambio: el cambio en función de un líder con un sentido muy claro del rumbo por el que quiere conducir al país. Pero un cambio de caras, de nombres, de estilos, de mentalidades, es decir de instituciones.

El nuevo gabinete es el desesperado recurso de un Presidente que, sintiéndose vulnerable, intenta sobrevivir. Una movida política de corto plazo, seguramente negociada, por razones de salvataje. No una convocatoria a las reservas no jugadas del país en función de un nuevo esquema de gobierno basado en la reforma del Estado, el Presupuesto, la Justicia y las Fuerzas Armadas. Más bien, un reciclaje de figuras profesionalmente muy respetables que ya no le dicen absolutamente nada nuevo a la gente del común.

Si una clase política no es creíble, aun cuando haga las cosas bien, las instituciones no pueden recuperar lozanía, vigencia, respetabilidad. Y sin eso no hay país que se desarrolle. Porque el problema no es fiscal (esto es un síntoma) sino institucional. Por eso la inversión privada ha caído 5 por ciento este año y por eso el único crecimiento que ha habido se debe al gasto público, que ha levantado sectores como la construcción, pero que dada la crítica situación de los ingresos del fisco ya no es sostenible.

Decía que hubiera querido un nuevo Presidente. Un Toledo tan remecido por la hecatombe de las últimas semanas que naciera de nuevo. Anunciando un cambio radical.

Por ejemplo: que ya no habrá varios gobiernos paralelos (gabinetes de asesores, amigos mercantilistas) sino un solo gobierno.

Por ejemplo: que entiende el reclamo ético de un país que sospecha de todos (cosa que puede demostrar con un par de gestos relativamente dramáticos, incluyendo el caso Zaraí y el entorno israelí).

Por ejemplo: que la Justicia pasará a ser independiente de su gobierno (lo que puede simbolizar también con dos o tres gestos muy elocuentes y luego aplicar de acuerdo con una reforma de la Justicia hasta hoy ausente).

Por ejemplo: que no se va a acosar a ningún medio de prensa por corrupto que haya sido su dueño, estableciendo el principio de la separación entre el caso de los propietarios (que deben ser judicialmente perseguidos como manda la ley) y el de las empresas mismas.

Por ejemplo: que a los trabajadores de las provincias, comprensiblemente escépticos por unas privatizaciones que les han traído pocos beneficios palpables, se les va a dar acciones en lugar de enviárseles tanques o comisiones rogatorias.

El gabinete que soñé anoche estaba atiborrado de mujeres y de jóvenes profesionales que tenían a periodistas y analistas de riesgo corriendo como locos de un lado al otro para trazar sus perfiles y trayectorias. Todo eso bajo la conduccón de alguien dispuesto a dar un “shock” moral y liderar un programa de gobierno mínimo de cambios a fondo.