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Torturando
por segunda vez a Leonor
ué
machos éramos todos cuando Leonor era rentable. Todos
queríamos acciones de ese valor en alza. Éramos
los primeros al pie de la escalinata para recibirla, nos
disputábamos su frente para darle el beso del desagravio,
nos peleábamos a navajazos la foto del cheque en
mano. Cuando Leonor era rentable. ¿Y ahora? No, ahora
no es rentable. Ahora, cuando el país se entrega
a la negación sistemática de todas las atrocidades
de la década precedente, Leonor nos avergüenza.
Ya no es rentable. Es un gran estorbo.
Mejor
se hubiera quedado para siempre en esa ambulancia que le
salvó la vida -maldito favor que nos hizo a todos-,
en el trayecto de La Fábrica al
Hospital Militar. Mejor le hubieran puesto la almohada en
la cara hasta el último suspiro y así no tendríamos
que pagar el precio político ante esa opinión
pública que lo ha olvidado todo tan rápido.
Ay de quien tenga hoy la prometeica osadía de expresar
un susurro de incomodidad por la cuadraplejía política
de Leonor. Se quema los dedos, peor que ella.
Presidente,
ministros, congresistas, comunicadores, fiscales, jueces:
qué machos éramos cuando Leonor era rentable.
Ahora,
que la vuelvan a torturar y con suerte esta vez el enfermero
de la ambulancia la deja ir para siempre. Permitir la negación
de Leonor es permitir la negación de una era. Es
torturarla a ella por segunda vez, y de paso también
al Perú. Porque aquí no está en juego
el pasado novelesco de Leonor, sus antecedentes clínicos,
su pícara conducta privada, su aventurero empleo
del tiempo, la forma como mata su sed o sus avatares sentimentales.
Tampoco su estabilidad emocional o su cordura. Y tampoco
el cheque del resarcimiento.
Lo
único que importa, en relación con la salud
política del Perú, es que en febrero de 1997
ella entra caminando a los sótanos del SIE, donde
es detenida por haber filtrado información sobre
designios militares contra periodistas, y pocos días
después sale de allí agonizando en una ambulancia
rumbo al Hospital Militar. Llega muy grave y su condición
se agrava aun más por un paro respiratorio que los
detractores de Leonor quieren convertir en un atenuante
de su padecimiento cuando es precisamente lo contrario:
en el mismo Hospital Militar al que fue conducida por la
ambulancia para ser salvada, casi pierde la vida.
El diagnóstico
ha sido repetido hasta el hartazgo en el Perú, México
y Suecia. Cualquiera que haya pasado unas horas con ella
entiende que su cuadraplejía no sólo no es
fingida sino que no tiene remedio: cualquier progreso sera
siempre insuficiente para devolverle la normalidad. Esta
apabullante verdad hizo que Fujimori y Montesinos, que tenían
por los
violadores de derechos humanos ontológico entusiasmo
y desprecio infinito por quienes pedían castigar
los abusos y atropellos, hicieran condenar a penas de cárcel
a algunos de los autores inmediatos de los tormentos. Tormentos
de los que dan fe agentes del propio SIE que la vieron entrar
y ser detenida.
La peor
forma de combatir al gobierno de Alejandro Toledo es hacerlo
defendiendo lo indefendible: las violaciones de los derechos
humanos, el abuso de poder y la corrupción de la
década anterior. Aprovechar que la opinión
publica está hoy dispuesta a exaltar cualquier valor
que se encuentre en las antípodas de Toledo para
reivindicar a los que llevaron el
Perú a su expresión más ruin y miserable
es la peor forma de cuestionar al régimen de turno.
Quien obra así se despoja de toda autoridad moral.
Y desde un punto de vista puramente político le hace
a su adversario un grandísimo favor. Aun si ese adversario,
acomplejado por los cambiantes vientos de la opinión
pública, prefiere olvidar que alguna vez honró
a Leonor.
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