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Carta desde la clandestinidad
15 de junio de 2002

Escribe Alvaro Vargas Llosa

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Torturando por segunda vez a Leonor

ué machos éramos todos cuando Leonor era rentable. Todos queríamos acciones de ese valor en alza. Éramos los primeros al pie de la escalinata para recibirla, nos disputábamos su frente para darle el beso del desagravio, nos peleábamos a navajazos la foto del cheque en mano. Cuando Leonor era rentable. ¿Y ahora? No, ahora no es rentable. Ahora, cuando el país se entrega a la negación sistemática de todas las atrocidades de la década precedente, Leonor nos avergüenza. Ya no es rentable. Es un gran estorbo.

Mejor se hubiera quedado para siempre en esa ambulancia que le salvó la vida -maldito favor que nos hizo a todos-, en el trayecto de La Fábrica al
Hospital Militar. Mejor le hubieran puesto la almohada en la cara hasta el último suspiro y así no tendríamos que pagar el precio político ante esa opinión pública que lo ha olvidado todo tan rápido. Ay de quien tenga hoy la prometeica osadía de expresar un susurro de incomodidad por la cuadraplejía política de Leonor. Se quema los dedos, peor que ella.

Presidente, ministros, congresistas, comunicadores, fiscales, jueces: qué machos éramos cuando Leonor era rentable.

Ahora, que la vuelvan a torturar y con suerte esta vez el enfermero de la ambulancia la deja ir para siempre. Permitir la negación de Leonor es permitir la negación de una era. Es torturarla a ella por segunda vez, y de paso también al Perú. Porque aquí no está en juego el pasado novelesco de Leonor, sus antecedentes clínicos, su pícara conducta privada, su aventurero empleo del tiempo, la forma como mata su sed o sus avatares sentimentales. Tampoco su estabilidad emocional o su cordura. Y tampoco el cheque del resarcimiento.

Lo único que importa, en relación con la salud política del Perú, es que en febrero de 1997 ella entra caminando a los sótanos del SIE, donde es detenida por haber filtrado información sobre designios militares contra periodistas, y pocos días después sale de allí agonizando en una ambulancia rumbo al Hospital Militar. Llega muy grave y su condición se agrava aun más por un paro respiratorio que los detractores de Leonor quieren convertir en un atenuante de su padecimiento cuando es precisamente lo contrario: en el mismo Hospital Militar al que fue conducida por la ambulancia para ser salvada, casi pierde la vida.

El diagnóstico ha sido repetido hasta el hartazgo en el Perú, México y Suecia. Cualquiera que haya pasado unas horas con ella entiende que su cuadraplejía no sólo no es fingida sino que no tiene remedio: cualquier progreso sera siempre insuficiente para devolverle la normalidad. Esta apabullante verdad hizo que Fujimori y Montesinos, que tenían por los
violadores de derechos humanos ontológico entusiasmo y desprecio infinito por quienes pedían castigar los abusos y atropellos, hicieran condenar a penas de cárcel a algunos de los autores inmediatos de los tormentos. Tormentos de los que dan fe agentes del propio SIE que la vieron entrar y ser detenida.

La peor forma de combatir al gobierno de Alejandro Toledo es hacerlo defendiendo lo indefendible: las violaciones de los derechos humanos, el abuso de poder y la corrupción de la década anterior. Aprovechar que la opinión publica está hoy dispuesta a exaltar cualquier valor que se encuentre en las antípodas de Toledo para reivindicar a los que llevaron el
Perú a su expresión más ruin y miserable es la peor forma de cuestionar al régimen de turno. Quien obra así se despoja de toda autoridad moral. Y desde un punto de vista puramente político le hace a su adversario un grandísimo favor. Aun si ese adversario, acomplejado por los cambiantes vientos de la opinión pública, prefiere olvidar que alguna vez honró a Leonor.