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¿Hacia
una nueva dictadura?
a
entrega de la segunda ciudad del Perú a un comando
político-militar es un acto antidemocrático
y supone el inicio de la transformación del gobierno
de Alejandro Toledo en un régimen autoritario. Es
la consecuencia natural de un comportamiento que en los
últimos meses ha ido deslegitimando, una a una, todas
las expresiones de protesta y crítica, y reduciendo
a la insignificancia los espacios de independencia judicial
y de libertad de expresión mediante el uso de la
persecución política.
Al devolver
a las Fuerzas Armadas al centro de la vida política
de nuestro país, y entregarle responsabilidades propias
de la autoridad civil, el gobierno de Alejandro Toledo no
resuelve un problema de orden público: crea un problema
de orden político con consecuencias impredecibles.
A las
naturales protestas que esto acarreará en todo el
sur del país y puede que en otras regiones, sucederá,
inevitablemente, el endurecimiento de las medidas de excepción
adoptadas el domingo 16 de junio, pues esa y no otra es
la lógica de la decisión de poner bajo el
control de los tanques una situación que se había
originado en el comportamiento del propio gobierno.
Cuando
en un país entre el 70 y 80 por ciento de la población
reprueba la gestión del gobierno, es inevitable que
la imposición prepotente, la amenaza política,
el desacato judicial y el abuso de la fuerza pública
exacerben los ánimos y generen actos de violencia
ciudadana.
Pero
poner en manos de los tanques la vida política del
país aunque sea de forma parcial añade a ese
desencuentro un nuevo y gravísimo problema, teniendo
en cuenta que en la historia del Perú los regimenes
de excepción bajo autoridades militares siempre han
conducido, a la corta o a la larga, a la entronización
de sistemas antidemocráticos.
Lo que
está en juego no es la privatización de dos
empresas menores, pues carece de sentido semejante premisa
en un país donde en los últimos diez años
se han privatizado centenares, sino la capacidad de respuesta
política de la autoridad civil y elegida ante un
descontento que se origina en su propia gestión y
el uso tanto de la mentira oficial como de la intimidación
política y la deslegitimación sistemática
de toda forma de crítica.
La fuerza
militar que ahora gobierna la ciudad de Arequipa no es la
victoria del orden civil sino exactamente lo contrario:
su derrota y capitulación. Y aunque se circunscriba
por el momento a la ciudad de Arequipa, la irradiación
de esta medida es nacional, pues cualquiera que pretenda
expresar una crítica en el país sabe a lo
que se expone. Los tanques que hoy apuntan sobre Arequipa
apuntan también, de forma simbólica, sobre
cualquier juez, parlamentario, periodista o líder
civil que se oponga al gobierno.
Estamos
ante un golpe de muerte al régimen civil y la transición
democrática, y el orden que a partir de ahora se
instalará será postizo y artificial. Bajo
el imperio de estas reglas de juego, campeará una
vez más la corrupción, de la que en este primer
año de gobierno ha habido indicios casi cotidianos.
Las
posibilidades de extender los beneficios de la economía
de mercado al mayor número quedarán, desde
luego, canceladas una vez más, pues es previsible
que estas medidas de excepción, que seguramente se
extenderán a otras parte del país muy pronto,
sean secundadas por la clase mercantilista que espera del
régimen de fuerza la protección de unos espacios
excluyentes que el dictadura de Fujimori y Montesinos le
garantizaron durante sus años dorados.
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