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14 de noviembre del 2002
Campo minado

Una miopía histórica

Escribe Miguel Silvestre

i a alguien habría que echar la culpa de la poca credibilidad y del desgaste ante la ciudadanía que tienen hoy los políticos es a ellos mismos. Nadie más que ellos para explicar su propia crisis y su visión tan tradicional de cómo es un ejercicio político acorde con los tiempos.

Esta característica ha sido puesta de manifiesto hace muy poco, con ocasión de la aprobación de la Ley de Gobiernos Regionales, donde se echó abajo la posibilidad de que la Sociedad Civil tenga participación, no como ente deliberativo siquiera sino tan sólo como consultor y, a lo más, vigilante sin voto.

Pero, esa fue, si se quiere, la cereza en una torta ya de por sí rancia, pues la voluntad de eliminar a la ciudadanía de los debates "importantes" no es sino una muestra de lo profundamente alejados que están los dirigentes de los partidos políticos de lo que es la dinámica democrática hoy en día, un ejercicio que no está vedado para los ciudadanos como usted o como yo y que no es propiedad privada de ninguna agrupación política ni de ningún personaje de este entorno, por más pergaminos que tenga.

Y es que ejemplos como el de la Ley mencionada líneas arriba no son los únicos, pues otros casos nos confirman, y eso es lo grave, que tanto los políticos de antaño como los "recién llegados" (Perú Posible, Unidad Nacional y Somos Perú, por ejemplo) no parecen haber aprendido del pasado e insisten en una práctica donde continúan dándole prioridad al caudillismo, al clientelaje, al verticalismo, viejas prácticas que ni siquiera la derecha más recalcitrante usa en el mundo hoy día.

No es una casualidad que la mayoría de los parlamentarios que nunca se ponen de acuerdo en casi nada, sí estén unánimemente a favor de no realizar revisiones a sus sueldos. No es tampoco un milagro de San Josemaría Escrivá de Balaguer que el vocal José Silva Vallejo continúe "firme y feliz" como si nada hubiese pasado en su vida, después de que se avino a "solucionar" el problema del Presidente Alejandro Toledo y su hija Zaraí. Que éste la reconoció es cierto, pero que Silva Vallejo y el mandatario hicieron algo castigable por la ley (por su reunión en secreto) es más evidente que la prótesis que usaba el prófugo médico Max Alvarez en sus "consultas" con la pobre vedette Lucy Cabrera .

No es tampoco gratuito que el congresista Michel Martínez, de la UPP, sea uno de los pocos que se enfrente al tremendo poder del Grupo Romero, beneficiado por el propio Vladimiro Montesinos con aranceles bajos a la importación de trigo, en desmedro de la papa peruana. ¿Es el trigo tan delicioso, al punto tal que el resto de políticos olvide que mata una parte importante de la agricultura nacional? ¿Tres tristes tigres comen de un plato de trigo y obvian que fue en un avión del Grupo Romero que Vladimiro Montesinos salió del país cuando ya el video Kouri-Montesinos derrumbaba el gobierno de Alberto Fujimori?

Nada es casual, nada es gratuito y las acciones políticas de estos personajes, tanto de la oposición actual como del oficialismo, si bien generan réditos siguen hundiendo su imagen ante la ciudadanía.

Eso, al parecer, le importa poco a los agentes políticos, pues continúan en una práctica alejada de la civilidad (los votantes y la gente común y corriente) y creen (la mayoría de ellos) que la población sólo sirve para darles un voto de respaldo cada cinco años. Y aún más, muchos de ellos piensan, honestamente, que el país no saldría adelante sin su concurso. Y allí están profundamente equivocados.

Esa visión mesiánica de la política, ese pretendido glamour, ese linaje de oráculo definitivo le viene, "de una tradición aristotélica y hegeliana, que ya sólo existe en los libros" (1). Porque hoy en día, la política no es un ejercicio de iluminados, ni una ciencia exacta que realizan los depositarios de una secta que tiene una "línea correcta". Es, simplemente, una actividad que necesita del concurso de toda la sociedad, la que, al fin y al cabo, también tiene una práctica política aun en los momentos en que se declara apolítica.

Y eso es lo que no quieren entender los políticos de ayer y los de hoy, los que militan en partidos antiguos y los que han fundado estos movimientos que no tienen doctrina, ni ideología y que avanzan al son del viento que las empuja.

De ambos grupos, sin embargo, fluye una opinión errada: creen tener la razón y buscan que imponerla a la sociedad en su conjunto, como si ésta sufriera de alguna discapacidad mental severa. Como dice cualquier joven de esquina: no la ven.
Sin embargo, viven obnubilados por la fiebre que genera el voto favorable o las encuestas y no evalúan que, en el Perú, esa predilección es volátil y las más de las veces, como en los boleros de Pedrito Otiniano, traicionera. En general, la búsqueda del poder y su permanencia en él ha generado que muchos políticos de hoy carezcan de objetivos éticos. (2).

Sólo algunos detalles de la actuación de nuestros políticos actuales nos permiten vislumbrar que su accionar va en sentido contrario a la historia. Si ellos pretender afirmar que sólo su manera de hacer "política" solucionará los problemas del país es porque les falta una buena dosis de democracia, pero no de esa democracia que da un voto impersonal en las urnas sino aquella que se debe realizar diariamente en las calles, en el trabajo, en las escuelas, en las universidades y en todo ambiente donde haya seres humanos ansiosos por vivir compartiendo responsabilidades y respetando sus espacios.

Lo que se puede vislumbrar en la actuación de muchos de nuestros políticos es un profundo divorcio del sentir de la sociedad, el mismo desconocimiento que los llevó a estar descolocados y sin reflejos ante la aparición del vocero de la antipolítica, Alberto Fujimori (3). Y esa separación de cuerpos con la sociedad, al parecer, no ha terminado.

Peligroso para el Perú, porque si es así, las clases políticas continuarán en una búsqueda por adquirir más poder, por mantener un status que las prolongue como clase dirigente y haciendo, siempre, oídos sordos a la sociedad (que, tómelo en cuenta, también hace, a diario, política).

Gravísimo, porque de esa miopía histórica al desastre social hay una delgada línea divisoria.

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(1) Cortina, Adela. Etica Aplicada y Democracia Radical. Madrid: Tecnos. 1997.
(2) Camps, Victoria. Etica, retórica, política. Madrid: Alianza Editorial. 1995.
(3) Degregori, Carlos Iván. La década de la antipolítica: auge y huida de Alberto Fujimori y Vladimiro Montesinos. Lima: IEP. 2000.

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