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Una
miopía histórica
Escribe
Miguel Silvestre
i
a alguien habría que echar la culpa de la poca credibilidad
y del desgaste ante la ciudadanía que tienen hoy los políticos
es a ellos mismos. Nadie más que ellos para explicar su propia
crisis y su visión tan tradicional de cómo es un ejercicio
político acorde con los tiempos.
Esta característica
ha sido puesta de manifiesto hace muy poco, con ocasión de
la aprobación de la Ley de Gobiernos Regionales, donde se
echó abajo la posibilidad de que la Sociedad Civil tenga
participación, no como ente deliberativo siquiera sino tan
sólo como consultor y, a lo más, vigilante sin voto.
Pero, esa fue, si se quiere, la cereza en una torta ya de por sí
rancia, pues la voluntad de eliminar a la ciudadanía de los
debates "importantes" no es sino una muestra de lo profundamente
alejados que están los dirigentes de los partidos políticos
de lo que es la dinámica democrática hoy en día,
un ejercicio que no está vedado para los ciudadanos como
usted o como yo y que no es propiedad privada de ninguna agrupación
política ni de ningún personaje de este entorno, por
más pergaminos que tenga.
Y es que ejemplos como el de la Ley mencionada líneas arriba
no son los únicos, pues otros casos nos confirman, y eso
es lo grave, que tanto los políticos de antaño como
los "recién llegados" (Perú Posible, Unidad
Nacional y Somos Perú, por ejemplo) no parecen haber aprendido
del pasado e insisten en una práctica donde continúan
dándole prioridad al caudillismo, al clientelaje, al verticalismo,
viejas prácticas que ni siquiera la derecha más recalcitrante
usa en el mundo hoy día.
No es una casualidad que la mayoría de los parlamentarios
que nunca se ponen de acuerdo en casi nada, sí estén
unánimemente a favor de no realizar revisiones a sus sueldos.
No es tampoco un milagro de San Josemaría Escrivá
de Balaguer que el vocal José Silva Vallejo continúe
"firme y feliz" como si nada hubiese pasado en su vida,
después de que se avino a "solucionar" el problema
del Presidente Alejandro Toledo y su hija Zaraí. Que éste
la reconoció es cierto, pero que Silva Vallejo y el mandatario
hicieron algo castigable por la ley (por su reunión en secreto)
es más evidente que la prótesis que usaba el prófugo
médico Max Alvarez en sus "consultas" con la pobre
vedette Lucy Cabrera .
No es tampoco gratuito que el congresista Michel Martínez,
de la UPP, sea uno de los pocos que se enfrente al tremendo poder
del Grupo Romero, beneficiado por el propio Vladimiro Montesinos
con aranceles bajos a la importación de trigo, en desmedro
de la papa peruana. ¿Es el trigo tan delicioso, al punto
tal que el resto de políticos olvide que mata una parte importante
de la agricultura nacional? ¿Tres tristes tigres comen de
un plato de trigo y obvian que fue en un avión del Grupo
Romero que Vladimiro Montesinos salió del país cuando
ya el video Kouri-Montesinos derrumbaba el gobierno de Alberto Fujimori?
Nada es casual, nada es gratuito y las acciones políticas
de estos personajes, tanto de la oposición actual como del
oficialismo, si bien generan réditos siguen hundiendo su
imagen ante la ciudadanía.
Eso, al parecer, le importa poco a los agentes políticos,
pues continúan en una práctica alejada de la civilidad
(los votantes y la gente común y corriente) y creen (la mayoría
de ellos) que la población sólo sirve para darles
un voto de respaldo cada cinco años. Y aún más,
muchos de ellos piensan, honestamente, que el país no saldría
adelante sin su concurso. Y allí están profundamente
equivocados.
Esa visión mesiánica de la política, ese pretendido
glamour, ese linaje de oráculo definitivo le viene, "de
una tradición aristotélica y hegeliana, que ya sólo
existe en los libros" (1). Porque hoy en día, la política
no es un ejercicio de iluminados, ni una ciencia exacta que realizan
los depositarios de una secta que tiene una "línea correcta".
Es, simplemente, una actividad que necesita del concurso de toda
la sociedad, la que, al fin y al cabo, también tiene una
práctica política aun en los momentos en que se declara
apolítica.
Y eso es lo que no quieren entender los políticos de ayer
y los de hoy, los que militan en partidos antiguos y los que han
fundado estos movimientos que no tienen doctrina, ni ideología
y que avanzan al son del viento que las empuja.
De ambos grupos, sin embargo, fluye una opinión errada: creen
tener la razón y buscan que imponerla a la sociedad en su
conjunto, como si ésta sufriera de alguna discapacidad mental
severa. Como dice cualquier joven de esquina: no la ven.
Sin embargo, viven obnubilados por la fiebre que genera el voto
favorable o las encuestas y no evalúan que, en el Perú,
esa predilección es volátil y las más de las
veces, como en los boleros de Pedrito Otiniano, traicionera. En
general, la búsqueda del poder y su permanencia en él
ha generado que muchos políticos de hoy carezcan de objetivos
éticos. (2).
Sólo algunos detalles de la actuación de nuestros
políticos actuales nos permiten vislumbrar que su accionar
va en sentido contrario a la historia. Si ellos pretender afirmar
que sólo su manera de hacer "política" solucionará
los problemas del país es porque les falta una buena dosis
de democracia, pero no de esa democracia que da un voto impersonal
en las urnas sino aquella que se debe realizar diariamente en las
calles, en el trabajo, en las escuelas, en las universidades y en
todo ambiente donde haya seres humanos ansiosos por vivir compartiendo
responsabilidades y respetando sus espacios.
Lo que se puede vislumbrar en la actuación de muchos de nuestros
políticos es un profundo divorcio del sentir de la sociedad,
el mismo desconocimiento que los llevó a estar descolocados
y sin reflejos ante la aparición del vocero de la antipolítica,
Alberto Fujimori (3). Y esa separación de cuerpos con la
sociedad, al parecer, no ha terminado.
Peligroso para el Perú, porque si es así, las clases
políticas continuarán en una búsqueda por adquirir
más poder, por mantener un status que las prolongue como
clase dirigente y haciendo, siempre, oídos sordos a la sociedad
(que, tómelo en cuenta, también hace, a diario, política).
Gravísimo, porque de esa miopía histórica al
desastre social hay una delgada línea divisoria.
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(1) Cortina, Adela. Etica Aplicada y Democracia Radical. Madrid:
Tecnos. 1997.
(2) Camps, Victoria. Etica, retórica, política. Madrid:
Alianza Editorial. 1995.
(3) Degregori, Carlos Iván. La década de la antipolítica:
auge y huida de Alberto Fujimori y Vladimiro Montesinos. Lima: IEP.
2000.
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