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10 de diciembre del 2003
Desde el Jardín

Soñar no cuesta nada

Escribe Francisco Belaunde Matossian

ería reconfortante que, tras el vergonzoso y deprimente espectáculo de dimes, diretes y golpes bajos que nos han endilgado, y lo continúan haciendo, diversos miembros de Perú Posible, alguno siquiera de sus protagonistas, con ánimo de reivindicarse, nos regalara algún gesto de grandeza que refrescara el ambiente tan nauseabundo que respiramos. Ese gesto sólo puede ser la renuncia a las funciones que ese alguien ocupa y el retiro por un buen tiempo de la escena política. El problema, claro está, es que ese acto no puede provenir de los parlamentarios que están imposibilitados de renunciar. Le correspondería entonces a quien no tiene esa función y, por lo tanto sí está en la capacidad legal de renunciar. Obviamente, el nombre que surge es el del señor Gonzales Arica. No se trata con ello de decir quién tiene la razón y quién no en ese lío de comadres que hemos presenciado y que además nadie termina de entender. Respecto de los intereses del país esa cuestión es irrelevante. En realidad ninguno de los protagonistas la tiene. De lo que sí se trata, en cambio, es, por una parte, de apaciguar los ánimos, lo cual el Perú ciertamente necesita. Por otra parte, de darnos la sensación de que, a pesar de todo, sí podemos esperar algo de quienes nos dirigen, que no todo está perdido. Que hay un resto de dignidad y de patriotismo. Ese gesto es importante particularmente para preservar la credibilidad del sistema democrático, en especial ante los ojos de aquella parte de la población, que, sin duda ahora más que nunca añora el autoritarismo y su orden engañoso. El daño que han hecho y hacen a la democracia quienes se enfrascan en disputas absolutamente irrelevantes es inconmensurable. Más aún teniendo en cuenta que estamos en una fase de transición, y, por lo tanto de fragilidad. Es decir, el señor Gonzales Arica, como los demás ciertamente aunque éstos por otra vía, está obligado a reparar en lo posible el daño que ha contribuido a generar. Su renuncia a la secretaría general de la presidencia para ser luego designado consejero presidencial en derechos humanos ha sido ciertamente una tomadura de pelo. En esto el Presidente Toledo tiene obviamente una responsabilidad. Por más simpatía que le tenga a su fiel escudero, tiene que comprender que el país necesita que éste se retire de verdad de su entorno y de toda función pública. Una vez más, no se trata aquí de cargarle toda la culpa de lo sucedido al señor Gonzales Arica. Pero sí le incumbe parte de ella y el interés superior de nuestro sistema democrático y del país requiere que la expíe obsequiando al país un gesto de dignidad. De él depende, y, por supuesto también del Presidente Toledo.

 
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