|
Soñar
no cuesta nada
Escribe
Francisco Belaunde Matossian
ería
reconfortante que, tras el vergonzoso y deprimente espectáculo
de dimes, diretes y golpes bajos que nos han endilgado, y
lo continúan haciendo, diversos miembros de Perú
Posible, alguno siquiera de sus protagonistas, con ánimo
de reivindicarse, nos regalara algún gesto de grandeza
que refrescara el ambiente tan nauseabundo que respiramos.
Ese gesto sólo puede ser la renuncia a las funciones
que ese alguien ocupa y el retiro por un buen tiempo de la
escena política. El problema, claro está, es
que ese acto no puede provenir de los parlamentarios que están
imposibilitados de renunciar. Le correspondería entonces
a quien no tiene esa función y, por lo tanto sí
está en la capacidad legal de renunciar. Obviamente,
el nombre que surge es el del señor Gonzales Arica.
No se trata con ello de decir quién tiene la razón
y quién no en ese lío de comadres que hemos
presenciado y que además nadie termina de entender.
Respecto de los intereses del país esa cuestión
es irrelevante. En realidad ninguno de los protagonistas la
tiene. De lo que sí se trata, en cambio, es, por una
parte, de apaciguar los ánimos, lo cual el Perú
ciertamente necesita. Por otra parte, de darnos la sensación
de que, a pesar de todo, sí podemos esperar algo de
quienes nos dirigen, que no todo está perdido. Que
hay un resto de dignidad y de patriotismo. Ese gesto es importante
particularmente para preservar la credibilidad del sistema
democrático, en especial ante los ojos de aquella parte
de la población, que, sin duda ahora más que
nunca añora el autoritarismo y su orden engañoso.
El daño que han hecho y hacen a la democracia quienes
se enfrascan en disputas absolutamente irrelevantes es inconmensurable.
Más aún teniendo en cuenta que estamos en una
fase de transición, y, por lo tanto de fragilidad.
Es decir, el señor Gonzales Arica, como los demás
ciertamente aunque éstos por otra vía, está
obligado a reparar en lo posible el daño que ha contribuido
a generar. Su renuncia a la secretaría general de la
presidencia para ser luego designado consejero presidencial
en derechos humanos ha sido ciertamente una tomadura de pelo.
En esto el Presidente Toledo tiene obviamente una responsabilidad.
Por más simpatía que le tenga a su fiel escudero,
tiene que comprender que el país necesita que éste
se retire de verdad de su entorno y de toda función
pública. Una vez más, no se trata aquí
de cargarle toda la culpa de lo sucedido al señor Gonzales
Arica. Pero sí le incumbe parte de ella y el interés
superior de nuestro sistema democrático y del país
requiere que la expíe obsequiando al país un
gesto de dignidad. De él depende, y, por supuesto también
del Presidente Toledo.
|
|