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¿Donde quedó el espíritu navideño?
Escribe
Wilfredo Ardito Vega
l pasado 1º de noviembre, mientras los limeños descansaban de los excesos de la víspera o se preparaban para acudir a los cementerios, los esmerados trabajadores de Wong, Plaza Vea, Tottus y los demás supermercados retiraron apresurados todas las calabazas, telarañas y monstruos alusivos a la noche de brujas y empezaron a ubicar muñecos de Papá Noel, árboles y luces de colores. Colocaron panetones donde había turrones, reemplazaron los discos de música criolla por villancicos y pusieron los letreros de grandes ofertas de todo tipo de regalos, siempre en soles, como manda ahora la ley.
Con esto, quienes por la tarde fueron a comprar a esos locales los encontraron inmersos en lo que normalmente se llama, el "espíritu navideño", que en realidad deberíamos pensar si tiene algo que ver con la Navidad o con el espíritu.
Para los cristianos que, entre el regalo al amigo secreto, la instalación de las luces o la degustación de panetones, consiguen recordarlo, la Navidad se refiere al nacimiento de Jesús, al inicio del camino de salvación de la humanidad. Por lo tanto, es una oportunidad para reflexionar cuánto estamos avanzando en nuestra salvación personal y en nuestro compromiso por mejorar una sociedad injusta, como la que nos ha tocado vivir. Este tiempo de meditación es lo que la Iglesia denomina "adviento", por lo cual se emplean determinados signos de luto, como las vestiduras moradas, o la omisión del canto del gloria.
La religión del consumismo tiene la habilidad de no oponerse al cristianismo de manera abierta, sino que emplea sus propias imágenes |
Pero, ¿puede lograr alguna reflexión sobre sí mismo o sobre su rol en la sociedad, quien termina atrapado entre los compradores compulsivos del Jockey Plaza, Plaza San Miguel o el Mercado Central? Para algunos economistas, el egoísmo, el ánimo de lucro, la ambición de posesiones materiales y la ostentación pueden ser los móviles del crecimiento de una sociedad. En el Perú, estos elementos se hacen cada año más visibles, sin que disminuyan la pobreza y la exclusión. Lo más chocante, sin embargo, es cómo los cristianos hemos permitido que el consumismo haya distorsionado el sentido de una ocasión tan importante, hasta convertirse verdaderamente en una nueva religión, con sus propios templos, preceptos, rituales y animales sagrados.
La religión del consumismo tiene la habilidad de no oponerse al cristianismo de manera abierta, sino que emplea sus propias imágenes. El olvidado San Nicolás era un obispo que pregonaba la solidaridad con los pobres. Ahora, la imagen de Papa Noel enseña a los niños a esperar regalos antes que a pensar en Jesús. Es quien personifica por excelencia la Navidad actual, que hace a los niños más egoístas... y por lo tanto menos cristianos. La gran cantidad de avisos abiertamente dirigidos a los niños hace que ahora éstos exijan sus juguetes (y no esperen una sorpresa, como antaño) y los padres actuales tengan la satisfacción o la angustia de complacerlos, haciendo de paso la felicidad de publicistas y comerciantes.
Paulatinamente, la mayoría de símbolos se van centrando en el consumismo: los renos, trineos, duendes, gorros rojos, todos elementos ajenos a la Navidad (y al clima veraniego con que la celebramos en el Perú). Por ello es lógico que los lugares donde más se lucra a costa de las debilidades humanas, como casinos, hostales o licorerías, empleen con profusión estos símbolos en su decoración. La misión de Jesús, su opción por nacer en medio de la pobreza, la salvación de la humanidad, quedan como unos pensamientos inoportunos.
La comercialización de la Navidad no es un hecho nuevo. Hace muchos años, un boletín de mi antigua parroquia ya advertía que era una fiesta religiosa "prostituida" por los comerciantes. Pensar que en aquel entonces nadie habría imaginado recibir con el periódico catálogos navideños de Saga o Ripley de casi un kilo de peso. Nadie habría pensado que un desfile de moda para niñas (que aprendan desde pequeñas a despreciar a quien no usa Bugui o Kids Made Here) en el Country Club sería considerado una "tarde navideña". No se habría podido imaginar todas las creativas formas de ayudar a los pobres, entregando dinero a quienes no lo son.
Cuando Jesús vio como el templo de Jerusalén había sido tomado por los cambistas y los vendedores de palomas, se produjo su única actitud violenta que refieren los Evangelios. El acogió a prostitutas, publicanos o leprosos, pero fue durísimo con quienes habían profanado un lugar sagrado. Ahora, a nosotros nos toca hacer más humana y cristiana esta celebración: evitar los excesos en alimentos y bebidas en un país de tantos pobres y excluidos. No derrochar en decoraciones navideñas la cantidad que equivale a lo que gana en una semana un vigilante o un cobrador de combi. Enseñar a los niños a dar antes que a recibir. Mostrar más austeridad, reflexión y... en aquellos cuyas creencias lo permiten, hacer una oración. Es extraño que pensar en rezar durante nuestras navidades consumistas parezca fuera de lugar. En realidad, debería ser lo único que siempre debería estar presente. |
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