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24 de noviembre del 2004
Ideele Política
¿En que se parecen Bush y Chávez?

Escribe Michael Shifter

olarización sin precedentes.
Profunda acrimonia y desconfianza.
¿Habrá algún nivel de fraude?
¿Si es derrotado se dedicará a liderar la construcción de una oposición o se atrincherará para dar batalla?
¿Si gana hará un gesto hacia el otro lado en nombre de la reconciliación nacional?

Este tipo de lenguaje, -estas preguntas y estas especulaciones- dichas en el contexto de una elección presidencial nunca habían sido familiares para mi. Como estadounidense no recuerdo pasando por mi mente términos como "polarización", "fraude" o "reconciliación", incluso en el contexto de elecciones muy ajustadas o duramente peleadas, como las de 1960, 1968 y - quien las puede olvidar- las del 2000. Sin embargo, en los días que precedieron al 2 de noviembre el clima político en los Estados Unidos alcanzó su punto más bajo y este lenguaje se volvió cotidiano.

Ahora bien, este tipo de comentarios eran totalmente familiares para mi, pero en contextos totalmente diferentes. Los había escuchado, por ejemplo, hace menos de tres meses atrás en relación al referéndum presidencial venezolano que seguí muy de cerca.

Esa elección fue, por supuesto, un referéndum sobre el mandato del presidente Hugo Chávez. De manera similar, la elección en los Estados Unidos fue un referéndum sobre la presidencia de George W. Bush. En Venezuela la oposición era anónima pero en los Estados Unidos tenía un nombre y un rostro: John Kerry. Pero Kerry era un factor circunstancial; era simplemente el vehículo para canalizar el sentimiento anti Bush.

Al final este sentimiento no fue suficiente, Bush, como Chávez en agosto, ganó con claridad. Ambos fueron ayudados por oposiciones que fallaron en inspirar suficiente confianza. Es evidente que las diferencias entre Bush y Chávez son muchas y muy amplias, por lo que estas comparaciones son definitivamente riesgosas y cada uno de ellos la rechazaría, sin duda, vehementemente. Pero no se puede negar que se tiene que ir muy atrás en la historia de los Estados Unidos y de Venezuela para encontrar otras figuras con tanta capacidad de polarizar. Ambos muestran una vena mesiánica (la idea de Bush de estar siempre del lado de "la" verdad y el bolivarianismo de Chávez); se ven los dos, asimismo, cumpliendo una misión histórica y los dos inspiran una ferviente devoción entre sus seguidores y un odio intenso entre sus detractores. En ambos países las fuerzas de oposición se
preguntan: ¿qué hacer ahora?

Cuando uno mira al mapa electoral final en las elecciones del 2004 en los Estados Unidos, surge una duda razonable sobre sí acaso las profundas fisuras que marcaron la increíblemente sangrienta guerra civil de la década de los 1860's persisten todavía.

Religiosidad versus secularismo, urbano versus rural, área costera versus zonas del interior: Las divisiones son inequívocas. Una lección para los
Demócratas: el sur también existe. El Partido Demócrata quisiera tener otro Bill Clinton, un sureño que pudo cruzar el puente que existe entre esas divisiones. A Clinton se le veía claramente confortable cuando visitaba las iglesias a lo largo y ancho del corazón de América. Lograba conectarse con el promedio de los americanos. Por más que Kerry trató no lo logro.

Las divisiones se exacerbaron por las "guerras culturales" de los 60's.
Ello en la medida en que los partidarios de Bush atacaron fuertemente lo que ellos calificaron como la "bancarrota moral liberal", que trajo Hollywood. (Bruce Springsteen puede haber animado mucho las manifestaciones políticas de Kerry, pero a la vez estimuló a los partidarios de Bush para que fueran a votar). Kerry puede haber cometido un error al atraer demasiada atención sobre su servicio militar. En la medida en que fue un crítico notorio de la guerra del Vietnam, el candidato Demócrata solo trajo memorias de la "contracultura" que muchos americanos asocian con el constante cuestionamiento de sus valores tradicionales y del rol de América en el mundo.

De hecho, en estas elecciones las guerras culturales lideraron la política y colocaron en un segundo plano la economía. El periodista Thomas Frank en su libro "¿Qué es lo que paso con Kansas? Como los conservadores ganaron el corazón de América", sostiene que muchos americanos de clase media no necesariamente votan por sus intereses económicos. Por ejemplo, muchos cristianos evangélicos (que son aproximadamente un tercio de todos los
americanos) piensan que lo que ellos llaman las "elites liberales"
desprecian sus valores y tradiciones. Frank sostiene que recurriendo a la "guerra de las culturas, los republicanos encuentran un medio de hablarle al hombre olvidado sin causar preocupación a sus partidarios en las grandes corporaciones".

La "guerra contra el terror" que Bush emprendió después de los ataques a New York y Washington del 11 de setiembre del 2001, no hizo sino acrecentar estas divisiones en el país. Sobre la base de una campaña bien organizada y disciplinada, el equipo de Bush resaltó astutamente el punto de que es mejor combatir a los enemigos de los Estados Unidos "allá", que hacerlo en los mismos EE.UU. La Casa Blanca también generó muchísimo miedo en muchos electores sobre cómo la administración Kerry podría manejar esta "guerra".
Al final ni la campaña de Kerry, ni su propia imagen pública, fueron capaces de contrarrestar la táctica del miedo y aliviar estas exageradas preocupaciones.

Si las pasiones generadas por la elección ayudan a explicar mucho el resultado, también explican el más alto grado de asistencia a las urnas desde 1968 (casi el 60%). Esta vez no hubo apatía (y los Republicanos fueron incluso menos apáticos que los Demócratas). Cualquiera sea la opinión que uno tenga sobre el resultado, esta alta participación es buena para la salud de la democracia norteamericana. Al igual que en Venezuela, ambos lados se galvanizaron y politizaron de una manera impresionante. Aún cuando la campaña y los discursos estuvieron lejos de ser "civilizados", "la sociedad civil" se activó de tal modo que hizo que los Estados Unidos se parezcan a la descripción del país que Alexis de Toqueville hizo en 1830 (Por su puesto siendo francés Toqueville es tabú en el clima político actual. De hecho la crítica más devastadora de la campaña de Bush contra Kerry era que "parecía francés". Kerry incluso tiene parientes franceses).

Por más extraño que esto pueda parecer, los resultados de la elección norteamericana no deben ser interpretados como si la mayoría de los americanos aprobara la manera en que Bush maneja la economía (de hecho su administración presenció la primera perdida neta de empleos en 72 años), ni menos aún que aprueben la guerra de Irak. La evidencia sugiere precisamente lo contrario. Hay un profundo y extendido descontento en el país en ambos aspectos. Las imágenes de la TV muestran el desastre y desorden en que Irak se ha convertido para todos. Pero la campaña de Bush logró mezclar el tema de Irak y la "guerra contra el terror", jugando en general con un clima de ansiedad y duda en el que la gente se muestre poco dispuesta a arriesgar un cambiar de liderazgo.

Las elecciones de los Estados Unidos y el referéndum sobre Chávez han hecho mucho para desacreditar las encuestas a "boca de urna" como un indicador confiable del resultado final. En la tarde del referéndum venezolano estuve en el estudio de la BBC en Washington y recibí la información de que acuerdo a las encuestas de salida, la oposición había ganado fácilmente a Chávez. Cuando me desperté al día siguiente, me encontré con que las encuestas habían estado totalmente fuera de foco. Lo mismo pasó el 2 de noviembre. Las encuestas de salida dieron a Kerry durante toda la tarde una sustancial ventaja y su victoria parecía asegurada. Ya en la noche quedó claro que las encuestas a boca de urna estaban totalmente equivocadas. Los denominados "estados rojos" que votaron por Bush se multiplicaban e incluso en los "estados azules" de Kerry el margen se angostaba mucho más de lo anticipado. (Aquí hay otra coincidencia entre Bush y Chavéz. Al comienzo pensaba que el artículo "Red Tide Rising" (La marea roja avanza) publicado en The Economist era sobre la victoria de Bush y no sobre la "revolución"
de Chávez en Venezuela).

¿Y qué viene ahora? Muchos columnistas políticos, coincidiendo con la opinión dominante en la prensa internacional, vaticinan un panorama negro para los próximos años. Algunos sugieren que el mesianismo de Bush y el fundamentalismo van a continuar sin capacidad de fiscalizarlo y con consecuencias posiblemente desastrosas. Gary Wills escribió en The New York Times el 4 de noviembre, que después del resultado de las elecciones los Estados Unidos ya no pueden entenderse como producto de los valores de la Ilustración, tales como la inteligencia crítica, la tolerancia, el respeto por lo evidente y la comprensión de las ciencias seculares. Aluden más bien, en su opinión, "al miedo y al odio a la modernidad", una sociedad que se parece ahora menos a los estados seculares de la Europa moderna, "que a nuestros enemigos putativos". Este es un lenguaje sobrio, sobre todo dada la imagen que los estadounidenses tienen de su país.

Hasta ahora las afirmaciones de Bush no contradicen la premonición de Wills. El presidente no ha sido generoso en su victoria (a este respecto también se parece a Chávez). Su llamado a los Demócratas a "cooperar" suena como su convocatoria a los aliados europeos en la guerra de Irak: "espero que podamos trabajar juntos en la medida en que ustedes se sumen a nuestro esfuerzo para derrotar a los terroristas". Esta es la manera en que
funciona: nosotros ponemos los términos de la agenda y otros están invitados a venir con nosotros. En otras palabras "o estas con nosotros o contra nosotros".

Signos iniciales sugieren que, particularmente en su agenda doméstica, Bush probablemente tomará iniciativa agresiva y rápida en temas como la reforma del sistema impositivo y la seguridad social. La base social que se movilizó e hizo posible la victoria de Bush quiere incluso más control del aparato judicial. Para la agenda social conservadora de estos votantes el prospecto de que Bush pueda escoger a varios miembros de la Corte Suprema es alentadora. Con ello tienen una oportunidad de marcar las políticas sociales no sólo por unos pocos años, sino por toda una generación.

Muchos en el Partido Republicano van a oponerse a esa agenda doméstica. Hay que recordar, que a diferencia de lo que Bush ha hecho, los Republicanos tienden a promover una política fiscal conservadora. También habrá cuestionamientos a la política exterior. Hay una feroz oposición por muchos Republicanos del establishment y otros conservadores a la guerra de Irak, dado que muestra los límites del poder norteamericano. Por lealtad estuvieron básicamente callados durante la campaña, pero ahora probablemente plantearán sus posiciones y provocarán debate al interior del Partido. (El hecho de que un solo partido tenga el control del Ejecutivo y del Congreso y que ya no puedan los republicanos culpar de sus fracasos a los demócratas va a aumentar la posibilidad de que ese debate ocurra). Al final "los moderados" tal vez no prevalezcan, pero va a haber una pelea interna.

¿Llevará la presión al interior de su partido y su preocupación por su "lugar en la historia" a Bush a retornar a una política exterior "humilde"
como prometió cuatro años atrás? De hecho uno podría y debiera desear este cambio de actitud. Pero las declaraciones de Bush: "déjenme ponerlo de esta manera, gané capital político en la campaña y ahora intento gastarlo", en la prensa el día después de las elecciones, no trae buenos augurios.



El equipo de profesionales del IDL es actualmente diverso y plural en términos de especialidades, rostros, experiencias, trayectorias, edades, y, por supuesto género, compartiendo todos eso sí convicciones democráticas.
Realidad que provoca una discusión interna muy rica, especialmente cuando de análisis político se trata. De ahí esta iniciativa de volcar hacia fuera nuestro debate interno, a través de artículos que saldrán por esta vía de lunes a viernes, sobre temas y preocupaciones del IDL, aunque no necesariamente expresen una posición institucional, reservada solo para determinadas ocasiones, previa advertencia. Participan de esta primera intensa experiencia de análisis político: Wilfredo Ardito, Carlos Basombrío, Gino Costa, Ernesto de la Jara, Gustavo Gorriti, Hans Landolt, David Lovatón, Sofía Macher, Glatzer Tuesta y Susana Villarán.

 
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