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17 de noviembre del 2004
Análisis Internacional
Escribe:
Isaac Bigio

Arafat, el árbitro que falta

 

uando se cumplían 38 meses del 11-S se anunciaba la muerte de la principal figura palestina en casi 4 décadas.

No hay un sucesor nombrado por él ni tampoco uno que pueda tener la capacidad de convocatoria que éste tenía. Yasser Arafat fue un hombre con demasiado poder y autoridad. El era quien estaba como una suerte de árbitro entre distintas fracciones palestinas. Su ausencia generará un vacío, y posibles peleas internas dentro de sus compatriotas. ¿Qué pasará en el campo palestino tras su partida? ¿Qué efectos podrá tener ello con relación a un proceso de acuerdos con Israel?

Arafat concentraba 3 roles en su propio mando. Era el jefe de Al Fatah (el principal partido palestino), de la Organización para la Liberación Palestina (OLP, el frente que agrupa a la mayor­ía de corrientes palestinas) y de la Autoridad Palestina (un Estado embrionario con sede en Ramala).El, al igual que Napoleón Bonaparte, tení­a mucho poder y usaba éste para mediar entre distintas fuerzas.

Por ello su rol aparecía contradictorio. Por una parte Arafat era el hombre que ganó el Premio Nóbel a la paz y era cortejado por Occidente como un “estadista” que podrí­a ser el “Mandela” de su pueblo. Por otra parte él alentaba revueltas populares y mantení­a relaciones con quienes organizaban bombas humanas. Al montar sobre dos caballos tan disí­miles él buscaba evitar que éstos se separasen en direcciones opuestas y ansiaba mantener cierta unidad en su propio campo.

La vacante a esos 3 cargos no ha sido llenada por una sola persona sino por 3 lí­deres distintos. La Autoridad Palestina pasa formalmente a manos de Ruhi Fatauh, líder del parlamento, quien deberá supervisar elecciones en 2 meses. El poder real de ésta recae en el primer ministro Ahmed Qurei. La OLP pasa a ser timoneada por Mahmoud Abbas. Al Fatah está bajo la dirección de Faraouk Qaddoumi.

Tanto Qurei como Abbas pertenecen al sector que Israel considera como “moderados” y dispuestas a llegar a un entendimiento “pací­fico”. Qaddoumi, en cambio, no aceptó los acuerdos de Oslo, vive en el exilio y mantiene una hostilidad hacia Israel. Al Fatah sigue siendo la columna vertebral de la OLP y de la Autoridad Palestina y sus Brigadas Al Aqsa han protagonizado varios atentados suicidas.

Para Sharon Arafat era una persona con la cual ya no se podía negociar. Por dos años no habí­a tratos con él. Lapid, su ministro de justicia y jefe del Partido del Centro (Shinui, el menos halcón de su gabinete), se despidió de Arafat diciéndolo cuanto lo odiaba y por que no podía dejar que ese terrorista sea enterrado en Jerusalén junto a reyes hebreos.

La existencia de Arafat era un pretexto ideal para evitar cualquier diálogo. Hoy ya no hay dicho “ogro” e Israel sufrirá la presión internacional para mostrar magnanimidad.

La ambición de Sharon siempre fue sacar del medio a su Némesis, dividir a los palestinos y lograr acuerdos con lí­deres regionales o moderados. La posibilidad que Israel logre tener relaciones privilegiadas con aldeas o sectores arabes no es una utopí­a pues antes ha logrado que muchos drusos y beduinos sean cooptados a sus FFAA.

Sharon podría hacer gestos de conciliación frente a un nuevo liderazgo “moderado” en manos de Qurei o Abbas. Esto, a su vez, podría fortalecer la autoridad de ellos.

La cuestión está en que Sharon no puede ni quiere dar si quiera el nivel de concesiones que sus predecesores laboristas aceptaron a fines de los 1990s. En ese entonces el proceso de paz explotó por que no se resolví­a el pedido de los millones de palestinos de poder retornar a sus tierras hoy integradas al Estado de Israel, así­ como los niveles de poder y soberaní­a para el nuevo Estado.

Sharon hoy quiere un Estado palestino con menos fuerza y viabilidad. A diferencia del laborismo su partido Likud no está dispuesto a entregar ninguna parte de Jerusalén y a desmantelar la mayorí­a de las colonias en la Franja Occidental donde residen unos 400,000 israelíes.

Esto, repercute negativamente sobre los “moderados” pues no tendrí­an mucho que mostrar a su gente aparte de cierto retiro de las tropas israelí­es y posibles inyecciones económicas como compensación.

Por otra parte, la partida de Arafat permite que los radicales ya no tengan “al padre de la patria” como un obstáculo. Hamas, quien hoy puede ser el partido más fuerte en Gaza, no está ni en la OLP ni en el gobierno palestino. Este se niega a reconocer a Israel y a lo más que puede aceptar es a una “tregua” si Israel deja de incursionar en sus territorios.

Los intransigentes palestinos querrían crecer demandando más concesiones y el derecho de los palestinos a retornar a sus tierras y eventualmente a “recuperar todo el país”. La izquierda de Al Fatah y la OLP sufrirá dicha presión. Ello acentuará las divergencias palestinas internas.

Sharon para dar concesiones a los “conciliadores” palestinos va a demandar de éstos mayor energí­a contra el “terrorismo” generando el espectro de una guerra civil entre palestinos.

En cierta medida se podrí­a repetir el escenario irlandés de inicios de los 1920s cuando un ala del nacionalismo de dicha isla aceptó soberaní­a a costa de renunciar a los 6 condados del norte, y ello, a su vez, generó una guerra civil entre los partidarios de un acuerdo con Reino Unido y los partidarios de una república que una a toda la isla. Las secuelas de ello aún se mantienen.
Por el momento Abbas apuntarí­a a ser el nuevo lí­der palestino, aunque tal vez el más popular caudillo de dicha nación es Bargoutti, quien se encuentra sirviendo cadena perpetua en Israel. El está identificado con la “lucha armada” aunque también acepta una solución bi-estatal. Por el momento Israel puede mantenerlo en reserva como una posible carta a utilizar, y poder liberar a cambio que él pueda garantizar una salida negociada.

La ventaja que hoy tiene Sharon es que cuenta con 3 victorias. La primera es que se ha doblegado a los regí­menes nacionalistas Arabes que apoyaban a los palestinos: Hussein ha sido depuesto y Khaddafi se ha reamistado con Occidente. La segunda es que Sharon ha logrado hacer aprobar su plan en el parlamento y evitado una escisión en el Likud. La tercera es la re-elección de Bush, el presidente norteamericano más pro-israelí­ que haya habido, y con una mejor votación que en el 2000.

Sin embargo, algo que juega en contra de ambos es el creciente sentimiento de frustración y rebeldí­a dentro de los Arabes y musulmanes en general. Un entendimiento en Palestina podrí­a amortiguar ello, pero si éste no se dá se retroalimentarí­a dicha cólera.

bigio2004@yahoo.com

Isaac Bigio es un analista internacional, ha obtenido grados y postgrados en historia y polìtica econòmica en la London School of Economics, donde tambièn ha enseñado. Premio Dillons (Waterstone) a la excelencia. Escribe para unos 200 medios.

 
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