ace unas semanas, encontrándome en Trujillo para el Segundo Congreso de Interculturalidad, decidí ir a conocer el Museo de Arte Moderno que se encuentra en las afueras de esa ciudad.
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> EN EL MUSEO. Santiago Alfaro, Jorge Miyagui y Wilfredo Ardito.
> (foto cortesía Wilfredo Ardito) |
Debo confesar que mis sentimientos no siempre han sido favorables hacia el arte moderno, porque, como muchos limeños, en los últimos años he sentido que mi entorno urbano ha sido dañado usando el arte como extraño pretexto. Recuerdo con tristeza la docena de árboles arrancados para la instalación de una horrenda y desproporcionada escultura en el llamado Paseo de las Naciones, en San Isidro. También un acogedor parque de Miraflores fue destruido para que Fernando de Syszslo instalara la “plazuela” llamada Intihuatana. Quizás el distrito más perjudicado por estas agresiones ha sido Barranco, al demolerse el Centro Cultural Beltroy de Barranco para pretender erigir un museo que jamás fue concluido.
Gerardo Chávez, el artista plástico que ha promovido el Museo de Arte Moderno, sabe, en cambio, que el verdadero arte no requiere de irrupciones desproporcionadas o afectación del patrimonio urbano. De hecho, hace varios años instaló, en total armonía con la arquitectura del centro histórico de Trujillo, el Museo del Juguete, único en América Latina.
En ese acogedor museo se puede encontrar desde muñecas preincaicas hasta las colecciones de soldaditos de plomo con los que antaño los niños reproducían la batalla de Waterloo o la de Ayacucho. Todos los visitantes disfrutan contemplando los trompos, los trenes, los camiones de hojalata y las muñecas de porcelana: los más pequeños miran con curiosidad y los adultos con nostalgia.
El Museo de Arte Moderno se encuentra mas bien camino a Laredo y me dirigí hacia allá en compañía del sociólogo Santiago Alfaro, autor de agudos textos sobre racismo y medios de comunicación, y del irreverente pintor Jorge Miyagui, algunas de cuyas obras han sido censuradas en diversas galerías por ser “demasiado políticas” (pueden comprobarlo visitando www.jorgemiyagui.com).
La fachada del museo parece una hacienda norteña y el interior está rodeado de jardines. El museo fue diseñado para tener mucha luz natural, que permite apreciar las obras de la colección personal de Chávez, así como algunos préstamos (también los juguetes más valiosos del otro museo han sido prestados por trujillanos acaudalados). Recorriendo las diversas salas, encontramos a pintores mexicanos como Siqueiros y Tamayo, una pieza de Guayasamín y otra de Paul Klee, pero sobre todo obras de pintores y escultores peruanos, todas las cuales Miyagui fotografiaba.
Yo recorrí con mucho interés la sección dedicada a las pinturas de Angel Chávez, el hermano fallecido de Gerardo, que tienen un profundo contenido social. Su técnica me recordaba a los impresionistas por el manejo de colores intensos. Me llamó la atención la escena de un hombre uniformado, cubierto de medallas, colgado en la horca: La Muerte del Dictador, pintada en los años setenta, acaso pensando en Pinochet o en Stroessner, quienes sin embargo tuvieron un final más apacible.
Aunque las obras de Gerardo Chávez se encuentran en diversas salas, se concentran especialmente en las dos últimas, alcanzando un tamaño monumental, especialmente la Procesión de la Papa o El Otro Ekeko, frente a los cuales nos sentimos totalmente pequeños.
Se sale del museo pasando ante la estatua de un minotauro, que parece un guardián metálico y caminando entre otras esculturas del jardín llegamos a una cafetería, donde se sirve la mistela, un tradicional macerado de guindones. En ese momento no tomamos nada, porque Alfaro tenía que regresar a exponer al Congreso, pero en la noche conocimos el café-bar que funciona en el primer piso del Museo del Juguete.
El local transporta a tiempos antiguos, porque es una reconstrucción de la antigua taberna italiana que allí funcionaba. Sus paredes están decoradas con fotografías de escritores peruanos y extranjeros. Una de las fotos que están dedicadas es la del difunto José Watanabe, quien precisamente nació en Laredo, muy cerca de la sede del Museo de Arte Moderno.
Tomando una exquisita algarrobina, comentamos que no existe un lugar así en Lima, como tampoco nada que se parezca al Museo de Arte Moderno o al Museo del Juguete, lo que puede parecer curioso a los limeños tan acostumbrados a pensar que su ciudad es el centro de la vida cultural peruana.
Chávez no se sentó a esperar que el Estado se acordara del arte, sino que decidió invertir en construir lugares que transmiten a quienes los visitan multitud de emociones y sentimientos, desde la ternura por los juguetes antiguos hasta el sobrecogimiento que generan algunas de sus pinturas, desde la calidez del café-bar hasta la paz de los jardines del Museo de Arte Moderno.
Gracias a su iniciativa personal, ha generado valiosos espacios públicos… en lugar de destruirlos como hicieron algunos de sus colegas limeños, con la complicidad de algunos alcaldes irresponsables. Ojalá que más artistas sigan el camino de Gerardo Chávez.