| ormalmente es otoño en Santo Domingo. Hace 30 grados de calor. Pero en las vitrinas de la galería Acrópolis los maniquíes lucen chaquetas de corduroy y blaisers de tweed. “Las dominicanas pipirinices siguen la moda europea aunque se estén ahogando” me dice entre burlona y resignada Lorena, una joven y despierta dominicana que estudia cine en la universidad de Santo Domingo y que en estos días trabaja como asistenta personal de Luis Llosa, el cineasta peruano que dirige el rodaje de la Fiesta del Chivo. “Ha sido así desde los tiempos de Trujillo. Se enfundan en otoño y en invierno. Con decirte que fueron la mujer y las hijas de Trujillo las que impusieron la moda de usar medias en este calor” añade Lorena.
En ese otoño y en ese país hermoso y asoleado, que el general Rafael Leonidas Trujillo convirtió en su chacra entre 1930 y 1961, una madura y bella Isabela Rosellini encarna a Urania Cabral, la adolescente que fue entregada por su padre a los brazos de un dictador al que le gustaban las jóvenes vírgenes.
El padre de Urania se llama, en la magistral novela de Mario Vargas Llosa y en la película que ahora dirige Llosa Urquidi, Agustín “Cerebrito” Cabral y no es otra cosa que el resumen de lo pusilánimes que son en América Latina los políticos que prestan sus servicios y venden sus discursos para sostener una dictadura. En la novela y en el guión, Cabral, quien llegó a ser ministro y presidente del Senado, había caído de la gracia del Benefactor y Padre de la Patria Nueva, como él y sus congéneres solían llamar a Trujillo; por eso decidió entregarle a su hija. Era la mejor manera de demostrarle hasta dónde podía llegar su fidelidad.
Luis Llosa filma junto a un equipo de destacados técnicos europeos y dominicanos, las escenas en exteriores de esta ambiciosa producción cinematográfica. La aventura se financia con capitales españoles e ingleses y la produce Lola Films de Andrés Vicente Gómez el español que produjo en 1992 la Belle Epoque, un maravilloso film ganador de un Oscar. El guión de la película de La Fiesta del Chivo, que se graba en inglés y que será estrenada en junio del 2005, ha sido adaptado por el peruano Augusto Cabada y el norteamericano Zachary Sklar, con la participación del propio Luis Llosa.
"He estado haciendo cine muy comercial y eso fue en contra mía porque fui etiquetado sólo como un director taquillero de Hollywood. Ahora, sin la envergadura de Hollywood, estoy haciendo una película sobre la que tengo mayor control, una película que siento verdaderamente mi criatura " sostiene el director peruano. "Me interesa y me esfuerzo por hacer una película que cuenta lo que le puede ocurrir con un pueblo cuando es obsecuente frente a un dictador. Eso hace universal la historia, pero también la hace imprescindible porque aún en el 2004 eso sigue ocurriendo".
"Las escenas en interiores se empezaran a rodar en España dentro de seis semanas" me dice Magalyn Causley, la script (continuista) inglesa que se encarga de vigilar el correcto orden de las escenas anotando, el detalle, cada una de las tomas que se repiten en la filmación. "Otra cosa que tengo que hacer yo es cuidar que el director no grabe más de la cuenta" añade Causley con un dejo de gallega impresionante.
Son las siete de la noche del martes 26 de octubre cuando recojo estas impresiones, minutos después, Isabella Rosellini se baja de un automóvil Ford celeste de 1964 con un letrero luminoso y triangular que dice taxi sobre el techo. Es Urania Cabral llegando a la casa de su decrépito y hemipléjico padre al que vio por última vez hace 30 años, la noche en que, con engaños, la envió a la casa de campo del tirano para convertir su alma para siempre en desierto.
En la casa de los Cabral esta además la tía Adelina haciendo un pastel. Llosa discute con el español Javier Salmones, director de fotografía del rodaje, los detalles de la iluminación. Una casa habitada por dos viejos no suele tener más que un par de focos encendidos; hay que cuidar que la luz no contradiga la penumbra de la decadencia.
En eso, Isabella Rosellini toca la puerta de la casa a la que Urania Cabral había jurado no regresar jamás, envuelta en una elegante ruana beige que se quita cada vez que el rodaje se detiene, se muere de calor. Sin embargo, nadie en la producción le parece inverosímil que la protagonista lleve encima una prenda de abrigo mientras todos sentimos que nos han puesto en baño de maría. Claro, es otoño en Santo Domingo y aquí las mujeres como Urania siguen la moda europea desde los tiempos de Trujillo, pienso en voz alta. "Además Urania ya es una neoyorquina" sentencia la script que acaba de apuntar en su lap top el pie con el que Urania ha bajado del taxi, la mano con la que ha llamado a la puerta y la intensidad del rubor que hay en sus mejillas esa noche difícil.
"La tía Adelina le abrirá la puerta a Urania en Madrid" me dice Lucho Llosa. El equipo rodará en República Dominicana cuatro semanas más, después el director peruano se mudará a España acompañado de todo el reparto: entre ellos la gran Isabella Rosellini; “Juan Diego Boto, el joven y popular actor español nacido en Argentina, donde no vivió nunca porque la dictadura había hecho desaparecer a su padre, que hace del teniente Amado, el conspirador que mató al tirano; Thomas Milian, el veterano actor de ascendencia italiana que salió de Cuba cuando todavía Batista estaba en el poder y se fue a Italia para trabajar con Viscontti y Bertolucci, que encarna a Rafael Leonidas Trujillo, el dictador más cruel del Caribe; Shawn Elliot, el actor puertorriqueño que ha interpretado primeros roles en Hollywood, que hace de Johnny Abbes, el sangriento jefe de Inteligencia de Trujillo que a una la hace recordar tanto a Montesinos.
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