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Andrés Zevallos (Campoden, Cajamarca; 1916) a sus 84 años es considerado como el pintor más representativo de Cajamarca. Alumno de Sabogal, Zevallos ha realizado exposiciones individuales en el Perú y en el extranjero. Dejó de pintar durante 37 años, hasta que el año 1979 reanudó su profesión.

Entrevista Roxana Chirinos / agenciaperu.com
 
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¿Dónde estudió usted pintura?
Estudié en la Escuela de Bellas Artes de Lima, del 37 al 42. En aquellos tiempos, José Sabogal era director de la Escuela. Teresa Carvallo fue mi profesora. Ella me acogió en la forma más amplia. La recuerdo como una gran maestra, me decía que era su hijo espiritual.

¿Qué representó el Indigenismo en su carrera de artista?
Sabogal admitió ser indigenista en el sentido cultural y en la expresión universal reflejada en el paisaje peruano, su gente y sus logros. Fue duramente atacado por ser el propulsor de una corriente que exaltaba al indio, y mostraba la parte fea del Perú. Si bien me integré a la Escuela, el Indigenismo me hizo entender más al Perú. Me di cuenta que era muy importante lo que Sabogal estaba protagonizando. Anteriormente, me había interesado en expresión romántica, el Renacimiento y el Barroco.

¿Cuánto tiempo estudió en la Escuela?
En ese entonces la carrera duraba 7 años. Por falta de dinero estudié solamente 3. Había que trabajar y es así que dejé de pintar durante 37 años.

¿A qué se dedicó?
Hice todo lo imaginable. En Lima me desempeñé haciendo afiches e, incluso, como cobrador de impuestos. Además trabajé junto a Julio C. Tello como dibujante en el Museo Antropológico, al cual renuncié porque casi nunca me pagaba. Entonces, junto al hijo de Mario Urteaga, decidimos poner nuestro taller de pintura. Las obras que pintábamos giraban en torno a la vida limeña y sus paisajes. Eran cuadros de inspiración colonial. Lo más gracioso es que un judío interesado en el negocio nos compraba el cuadro a 10 soles y lo vendía a 50. Era muy astuto, nos prohibía que los firmáramos.
Este taller quedaba en la calle del Sauce. Fue una época muy simpática, llena de tertulias y amigos. Nos hacíamos llamar “El grupo del Ajo”.

¿Y después qué hizo?
Después, el judío enfermó y se canceló el negocio. Para esto me enamoré de una mujer viuda mucho mayor que yo: me llevaba unos 20 años. Esta mujer me hacía sufrir mucho. En ese estado me encontró Teresa Carvallo, quien me buscó un nuevo empleo con un amigo médico suyo. Es así que me convertí en inspector de malaria; un experto en zancudos y en paludismo. Después de tanto infortunio, regresé a Cajamarca al año 1942, a Contumazá, donde mis padres vivían. Trabajé en la tierra. Ahí conocí a Esperanza, mi primera mujer, con quien tuve 4 hijos. Lamentablemente ella murió, y para criar a mis hijos hice otros trabajos. Fui profesor de música en un colegio. En 1948, con la rebelión de Odría, nos quitaron la hacienda y me acusaron de aprista.

¿No pintaba aún?
No. Me fui a Cajamarca con mis hijos. Conocí a un canadiense quien me animó a comprarme un camión que lo rematé por necesidades económicas. Lo único que pintaba por entonces era una frase sobre del camión: “Hoy sale para Lima“. Posteriormente, en el Colegio San Ramón, fui dibujante y mimiografista. Ahí me di cuenta que tenía que ser un profesional. Viajé a Lima y acabé mis estudios de arte. Después me casé por segunda vez y tuve otros 4 hijos.

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¿Cuál fue el momento en que usted se decidió a pintar nuevamente?
Trabajé por 17 años en la Casa de la Cultura en Cajamarca. Al conectarme con la cultura y el arte empiezo a pintar. Rescatamos el complejo Belén haciendo una buena restauración. La capilla del Campo Santo se adecuó para sala de exposiciones. Es curioso, ahí donde velaban a los muertos nací como pintor.
En 1979, Elida Román, interesada en mi obra, me ofreció exponer en su Galería. Lo raro es que después de tantos años tuve éxito. Expuse en Alemania, México. Renuncié y me dediqué al arte. Pedí a Dios que me diera 20 años por lo menos para pintar y ya tengo prórroga, llevo 24 de pintor.

¿A qué artista peruano admira?
Admiro mucho a Mario Urteaga. Su hijo fue mi gran amigo.

¿Y en Latinoamérica?
A Diego de Rivera… también a Frida Kahlo. A mi primera hija, que ya falleció, le puse Frida, en honor a la pintora.

¿Qué artista o corriente ha influenciado en su pintura?
Mi pintura ya no es indigenista. Una época lo fue. Ahora, es lo que se llama expresionismo. Tengo una fuerte preocupación por el destino humano. Esta orientación ha tenido que ver con el mundo indígena. Rescato al indio. También ha influenciado Pablo Picasso.

Los colores en su pintura están muy bien logrados.
Sólo hay que mirar las polleras de las campesinas para saber de colores. Ellas emplean sus colores de una manera muy estética y yo las imito.

Hay un cuadro tuyo que se llama el Rapto, ¿podrías decirnos algo?
Mi bisabuela, Vicenta Carmona era una mujer india. Ella servía en la casa de Vicente Orbegoso, un español que mandó a construir la Iglesia de las Monjas Concepcionistas. Llegaron unos amigos de España. Ramón Zevallos, quien se aprovechó de ella y la embarazó. Una vez nacido el niño, éstos, a instancias del señor Orbegoso, se lo llevaron. Desesperada, mi bisabuela puso en marcha su plan hablando con los arrieros para llegar al lugar. Finalmente, recuperó a su hijo y se lo llevó a Contumazá. De esta historia familiar nace el cuadro El Rapto.

 
 
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