¿Cómo llegó el texto de “Bicho” a tus manos?
Siempre busco textos nuevos. Me gusta mucho el teatro contemporáneo. Es más, desde hace casi cinco años vengo haciendo una gran colección de libros. Como dije en algún sitio: “No tengo carro, pero tengo libros”. En los viajes que realizo después de ahorrar por mi trabajo, trato de buscar textos de cualquier lugar, sobre todo textos contemporáneos. Ya que la publicación de teatro no es lo más popular y tenemos acá una gran cantidad de maestros que manejan textos clásicos y textos antiguos. Entonces, siempre creo que lo mejor es traer cosas nuevas. Por ese lado, consigo siempre cosas inglesas, americanas, irlandesas, que me interesan mucho.
En base a las dos obras que has dirigido, ¿se podría decir que tienes un interés en el teatro off Broadway?
Sí y no. Por ejemplo, “El hombre almohada”, que fue mi primer montaje, se presentó en el equivalente al Broadway inglés, es West End. “Bicho” sí estuvo en el off Broadway.
Pero a mi me gusta los buenos textos y las obras que me entretengan. No me importa si es una obra que puede estar seis años en Broadway, puede estar en el circuito más alternativo de Buenos Aires o si es un texto creado acá. Lo que me importa es una buena historia, y un buen texto.
Háblame del proceso de selección de actores, sobre todo en este caso en particular.
Algunos dicen que en el trabajo de director lo más importante es la selección de la obra y la selección de los actores. Yo tengo una relación entrañable con Rómulo Assereto, uno de los actores de la obra. Hemos trabajado en varios proyectos juntos. Además de ser uno de los actores del proyecto, él tradujo el texto conmigo, y ha estado involucrado en el proyecto desde el inicio. Además, me nace verlo en escena por sus excelentes cualidades de actor.
En el caso de “Bicho”, en específico, necesitaba a una actriz de peso, que tenga una gran fuerza dramática, muchísimo carisma y le creas absolutamente todo en el escenario. Pero no encontraba a nadie. Este texto lo tengo guardado hace varios años en mi cajón, y no lo hacía porque no encontraba a una actriz. Esto cambió cuando trabajé con Norma Martínez en “Morir de amor”. Conversé con ella, tuvimos una química extraordinaria y empezamos a trabajar juntos en “Bicho”.
Contar con Norma ha sido lo mejor que me ha podido pasar. Además, contamos con elenco espectacular: Mario Velásquez, que es un actor extraordinario y amigo desde hace tiempo; y Jimena Lindo, que es también otra de las que recién ha regresado de España.
“Bicho” es una obra por momentos intimista, además de claustrofóbica, cerrada. En este sentido, guarda algunas similitudes con “El hombre almohada”. ¿Esto es coincidencia o gusto personal?
No se si es coincidencia. Supongo que es un tipo de historia que me interesa. Yo la defino como una noche perfecta en el teatro. Porque es una buena historia, que entretiene, pero que a la vez produce cosas. Entonces, creo que también en ese sentido se parece al “Hombre almohada”, porque también es una obra casi indescriptible. No tienes cómo definirla. No la puedes definir en un género, y termina siendo una experiencia, que es para mí lo mágico del teatro.
Además hay un apego por los outsiders, por los inadaptados, por los marginales. Es algo que se ve en “El hombre almohada” y en esta obra, “Bicho”.
Efectivamente. Puede ser una similitud, que tal vez la hago porque yo soy lo menos outsider del planeta. Soy lo más normal que hay. Todas estas acciones están alejadas a mi realidad, a mi contexto. Por eso el apego. Seguramente por eso, lo que sienten los personajes, tanto de “El hombre almohada” como de “Bicho”, lo encuentro cercano. Esa identificación es lo que me lleva a hacer la obra.
Hay un tema adicional que también es interesante: es el vivir en un régimen que por momentos parece estar vigilándolo todo. Son similitudes, pero en ambos casos está la idea de personas viviendo en una sociedad que los ve como cifras, casos.
Claro, es la gran ciudad, es la urbe…
…Y no como individuos
Efectivamente. Además, creo que eso es algo va más allá de Estados Unidos. De hecho, vivimos en un momento en que estamos absolutamente paranoicos con la seguridad: desde el miedo a que te clonen la tarjeta, a que te llame gente que no quieres que te llame. Hemos vivido una etapa donde nos chuponeaban el teléfono, y donde no sabíamos si nos estaban siguiendo, si nos estaban grabando. Eso va desde lo más serio, desde los videos, donde veía algo que no se podía creer, a los ampays de Magaly. Ya no estábamos a salvo: todo se podía grabar y todo se podía ver.
Eso se evidenció más en “El hombre almohada”. Era evidente la presencia de un estado totalitario.
Así es. Era absolutamente un estado totalitario, donde no importaban los derechos de la persona. A ellos les importa cumplir y eliminar a un sujeto. Al final, ese sujeto le termina cambiando las vidas a esos dos policías.
Estos temas en particular a ti te interesan por tu acercamiento a algunos textos, o por una lectura de la sociedad actual.
Creo que me sale sin darme cuenta, la verdad. Lo hago sin hacer un hincapié en eso. No soy una persona que se involucre mucho en la política del país. Es algo que lamento. (…) Me parece que me viene de refilón por el hecho de estar en una sociedad así. Eso es lo que me gusta del teatro contemporáneo. Siento que todos los referentes los tenemos acá de alguna forma: relaciones interpersonales, el espacio donde vives, la forma en que buscas el amor, son cosas que las siento mucho más cercanas en el teatro contemporáneo que en el teatro clásico.
Además, creo que no estoy en la edad, todavía, de manejar un buen clásico, que te habla de tantos niveles a la vez: nivel filosófico, nivel de acción dramática, nivel poético y además la historia. Eso se lo dejo a los grandes directores, con años de experiencia. Prefiero hacer algo cercano a mí. Por más que esté ambientado en Oklahoma, “Bicho” se acerca mucho más a todo el rollo que estamos viviendo ahora.
Claro, porque básicamente “Bicho es una historia de amor clásica. Tiene la fórmula “Chico conoce a chica” – “Chica conoce a chico” y de allí la relación evoluciona, y se deforma.
Se deconstruye, de alguna forma.
Es como si estas personas, que llegan a compenetrarse, tengan que ser libres a través de unos medios que no son necesariamente los que manda la sociedad.
Totalmente de acuerdo. Además, hace que te le llegas a preguntar algo que yo me cuestiono constantemente, y es ¿qué estás dispuesto a hacer por amor? Y la pregunta se da en un momento en que gente de mi generación tiene este rollo con la soledad. Existe un temor de abrirse ante la otra persona. En esta época de incertidumbres e inseguridades, en otros aspectos, eso nos afecta en la vida personal. ¿Qué tanto nos abrimos ante otros? Y al abrirnos, ¿qué tanto estamos arriesgando?
El personaje de Agnes (Norma Martínez) toma la decisión de entregarse totalmente, porque está tan sola y tan necesitada que se llega a zambullir en la realidad de Peter (Rómulo Assereto), al punto que escapa de su realidad. Eso es lo que la hace interesante para verse en vivo, no como una película. Estas viendo cómo estas dos personas comienzan a alejarse del mundo real. Lo más interesante, en realidad, es que al final no sabes si lo que estás viendo es real o no. Todo puede ser verídico, y que ellos simplemente están siendo perseguidos. Entonces, la obra te permite ese tipo de lecturas.
Una de las características del teatro contemporáneo es no sólo el manejo de estos temas o estos patrones, que pueden ser más o menos reconocibles, sino además el manejo de textos con parlamentos que pueden ser, muchas veces, muy cinematográficos.
Claro. A estas alturas, tanto el cine, como la televisión y el teatro están relacionados. Hemos nacido en una época en que vamos al cine tres veces por semana y vemos series por televisión muchas veces de mayor calidad que muchas películas. Entonces, ese lenguaje ya se vuelve sumamente cotidiano y próximo. La gente de nuestra generación ve el hotel en Oklahoma pero lo siente cercano. El lenguaje cinematográfico acerca al público que, por una formación errada, consideraba que el teatro era una cosa meramente formal, rígida, cuando es un arte que te remueve en vivo. Eso me parece maravilloso. Ojala que lo que ha pasado con “El hombre almohada” se repita con “Bicho”, y es que se acerque un público que no necesariamente ha estado acudiendo a las salas de teatro.
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