David Herskovitz me recibe en la habitación del hotel donde está alojado. Su mirada está llena de recuerdos y pinceladas de color. Ha dejado Arequipa solo por unos días. El cielo azul y las casonas coloniales de esa ciudad le atraen, pero fue el destino y el amor los que lograron que optara por vivir al pie de los volcanes.
Su vida es tan intensa como su obra. De pequeño, en el calor de la cocinas, dibujaba camiones, autos, buses hasta que las crayolas se le derretían entre los dedos. El arte corría por su sangre. Recuerda que de niño era inapetente y retraído. Enfermarse constituía un premio a su imaginación. Tumbado en la cama, pintaba a sus anchas con las acuarelas de su madre. Es en China, junto al río Hai, que conoció al sobrino de su ama. Con ella partía sigilosamente a la casa nativa. En ese lugar, Herskovitz miraba los dibujos del joven que lo hacía soñar. Años después, incurre en su vida un profesor austriaco, lamentablemente las exigencias del maestro para con sus alumnos lo exasperaban. Nada más alejado de su sensibilidad que el hecho de hacer copias fieles de los bosques de Viena.
Su obra fue tomando forma y definiendo su estilo. El movimiento abstracto, tan en boga por los años 50, no toca el carácter confesional ni su imperiosa necesidad de expresar en cada pincelada, la condición humana por más dolorosa o dulce que sea. Su arte fue cobrando fuerza pero la ciudad de Nueva York le fue cerrando el paso. Cada vez más pobre y con propuestas de arte mercantilista, se vio obligado a viajar al Perú, donde su hermano mayor vivía. En este país se interesó por el arte colonial. Influencia que se ve reflejada en las iglesias religiosas cusqueñas pintadas en su primera época peruana.
Los recuerdos de la II Guerra Mundial rondan su cabeza. No entiende la violencia que hay en le mundo. La muerte y el horror de haber perdido a sus compañeros en combate hace de él un hombre creyente en Dios y dice: “no hay ateos en los huecos de los soldados en combate porque el terror de la muerte los lleva a reconocer que hay un mundo invisible, circundante a nosotros, que se compenetra con nuestra realidad diaria”.
La muerte de su primera esposa Hilda Zegarra Ballón lo deja en el dolor más profundo. Ella viene a su mente en puro recuerdo. Cuadros tristes y desgarradores la evocan en escenas figurativas denominadas: La Serie Negra. Hoy Aurora, su segunda esposa, acompaña sus pasos.
Esta muestra antológica, inaugurada recientemente y organizada por el ICPNA y la Galería Trapecio (cuya curadora es Isabel Fuentes), es un merecido reconocimiento al talento de uno de los pintores más importantes de nuestro medio cultural. Visitar la sala de exposición es penetrar al mundo de colores y texturas fuertes que golpean la mirada. La expresión de su obra escudriña a puro trazo el alma humana. Sus dos últimos cuadros pintados en Arequipa, encierran un mensaje universal: “Amor, inteligencia y compasión”.
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