¿Desde cuándo empiezas a pintar?
Desde niño. No era muy conciente en esa época. Cuando salgo del colegio trabajo de dibujante en geología por un año. Ahí me entero que existía la Escuela de Bellas Artes. En el año 1975 postulé e ingresé. Estudié hasta 1981.
A través de tu pintura, ¿cómo ves la vida?
Mi pintura es bastante urbana. Llegar al Centro de Lima significó todo un descubrimiento para un muchacho miraflorino, que no había salido más allá de ciertos distritos. Ahí descubrí Barrios Altos, empiezo a crear conciencia sobre Lima. A partir de ahí mi trabajo se desarrolla básicamente en esta ciudad.
¿Quiénes han influido en tu pintura?
En la Escuela de Bellas Artes uno podía darse el lujo de cambiar profesores cuantas veces quisiera. Recuerdo con mucho cariño a mi primer profesor: Leonel Velarde. Durante los cinco años restantes tuve un gran maestro: Miguel Ángel Cuadros. Pero si hay alguien importante al cual agradecerle muchas cosas es a Víctor Humareda. Lo conocí en el año 75, en la Escuela. Era un tipo solitario al que le gustaba pintar al amanecer. Nos hicimos muy amigos. Lo visitaba religiosamente (dos veces a la semana), durante años al hotel Lima, en la Victoria. Ahí conversábamos, veíamos sus cuadros. Él fue el primer artista que me inyectó pintura en la venas. El amor a la pintura me la dio Víctor Humareda.
¿Cómo fue tu experiencia en China?
Obtuve una beca para hacer un post grado en arte y estuve tres años. Sin tener idea a dónde iba. En el año 84 en el Perú se sabía muy poco de China, salvo por algunas revistas encontradas en el Centro de Lima: Pekín, Forma, China , Revista Ilustrada. Mi experiencia fue muy fuerte. Podría hablar antes de China y después de China. Me enseñó mucho a nivel de dibujo, de línea. En este arte los chinos son unos maestros. Aprendí de la cultura clásica y de viajar por el país. Asimilé algo importantísimo en el arte chino, el silencio. Mi pintura antes de conocer el país era expresionista, un expresionismo rabioso, un grito. Al conocer China se calma un poco. Mi trabajo no pierde vitalidad, ni en color ni en tema, pero sí hay algo filosófico detrás; hay un silencio que también grita.
¿A qué te refieres con el silencio?
La teoría del silencio es uno de los pilares del arte oriental. Si comparas un cuadro mío del 80 con uno del 2004 tienen la misma fuerza cromática, pero como que hay algo más filosófico, es más silencioso pero no por eso deja de decir cosas. A eso me refiero.
¿Apuestas a quedarte en el Perú?
Mi apuesta es el Perú, no es el ideal porque vivir en el Perú como artista es muy difícil. De alguna manera lo he logrado dictando clases de pintura. Es el único país donde podría pintar todo el día. Además mi obra se refiere básicamente a lo que es este país.
En tu obra se nota una fuerte conciencia social, una preocupación histórica, ¿qué nos puedes decir?
Evidentemente es una pintura que cuestiona. El Perú es un arroz con mango. La identidad más concreta peruana es la identidad andina. El caos social, arquitectónico de Lima se plasma en mi trabajo.
¿Y el humor?
Hay un juego lúdico, hay sarcasmo, que siempre lo he tenido y me interesa conservarlo. Creo que la pintura debe ser mordaz.
Al margen de la expresión urbana resaltas la figura humana
Sí. Para un pintor de la ciudad creo que había que tratar a su gente. Entonces esa galería de personajes corresponde a eso. Pero también he trabajado muchos años la cosa urbana sin personajes, como calles fantasmagóricas. La luz en la noche que insinúa presencia humana. He estado mucho tiempo sin trabajar personajes y cuando los he tratado han sido muñecos o maniquíes. Ahora tengo muchos deseos de entrar a la figura humana.
La religión ¿tiene algo que ver con tu pintura?
Yo no soy un católico practicante. El tema religioso aparece mucho en mi trabajo más por motivo de burla. He trabajado muchas vírgenes, la Virgen de la Candelaria por ejemplo. El cuadro de Sarita Colonia es polémico. Me invitaron a una muestra que organizó el Banco de Crédito en la Catedral, y el arzobispo de ese entonces, Vargas Alzamora, lo mandó a descolgar. Cuando llegué a la inauguración mi cuadro ya no estaba.
Cuéntanos un poco del color
Desde que ingresé al ENBA he trabajado con una gama de color muy alta. A través del tiempo he ido limpiando el color, madurando . El pintor colorista nace. No te lo enseñan. Te pueden enseñar las mezclas, pero el ser colorista es un estado de ánimo.
¿Qué sientes al ver tu obra reunida para esta exposición ?
Es gratificante. Ver reunidos tantos cuadros y constatar que hay una coherencia temática y cromática. Sin ser un pintor de grandes cambios me he mantenido fiel a una escuela expresionista figurativa.
¿Nos puedes hablar algo de tu lenguaje pictórico?
El expresionismo, por ejemplo, no es una moda pictórica: es un lenguaje, es un modo de vivir y sentir la vida. Yo, a través de la pintura, he tratado de decir mi realidad, porque al final la pintura es eso: dominar tu realidad.
Y, ¿la pintura cuzqueña?
Cuando llegaron las imágenes flamencas al Perú, el pintor indígena no fue un simple copión, sino, le instaló todo su carga personal, toda su mitología. Uno ve la fauna peruana. Admiro la pintura cuzqueña. La he trabajado mucho tomando cuadros que me gustaban. Los repintaba a mi manera. Por ejemplo, el cuadro donde hay un homenaje a Diego Quispe Tito, quien es uno de los más grandes pintores de la Colonia.
¿Buscas otra luz para pintar? ¿La luz que no tiene Lima?
He viajado, sí, pero ahora no lo hago mucho. Me encantaría emprender nuevamente esa cosa de moverme por el Perú. Empezar a pintar cuadros por ejemplo, de cada provincia, y hacer todo un fresco. Es algo que tengo en mente.
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