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EXPOSICIONES / ESPECIAL
 
 

Escribe Roxana Chirinos / agenciaperu.com

 

Las dos eran mujeres menudas y de miradas penetrantes. Al final de sus vidas  amaron  a hombres más jóvenes. Alcohólicas e irreverentes nacieron  para ser deseadas.    De niñas fueron sometidas a la dureza y escasez de cariño. La segunda Guerra Mundial fue parte del escenario de sus vidas. Hay en el alma de una el canto en la otra la escritura.  Entre las dos muchas coincidencias y el  amor por la palabra.  

Edith Piaf ( París 1915 -   1963  ) “El Pequeño Gorrión”  tuvo apenas 16 años cuando huyó del dolor y de las desventuras de su niñez a Paris.  “Desde que me convertí en Edith Piaf hago todo lo posible por no acordarme de lo que fue mi niñez. Creo que en mi época no existió otra niña más desgraciada que yo” dijo.  Sus padres la abandonaron dejándola al cuidado de la abuela. Señora  que regentó un burdel y le dio vino a beber. Este ambiente no fue precisamente  la  imagen de bondad y protección.  Posteriormente  su padre, quien equilibró su vida sobre las cuerdas de un circo,  se acordó de ella y se la llevó consigo mientras la madre se alcoholizaba bajo los puentes.  Entre rugidos de leones y risas de payaso la pequeña  cantó a todo pulmón.   

Marguerite Duras nació en Vietnam  en 1914 y murió en Paris en 1996.  A los 19 años  viajó  a la Ciudad Luz para  quedarse siempre.  A los cuatro años el padre, profesor de matemáticas,  muere. Se crió con dos de sus hermanos y con una madre autoritaria. Hay escasez de dinero. Hay dolor. Su incestuoso  hermano menor  Paul murió joven. Ella lo amó y lo satisfizo. La insuperable  pena por su muerte  se convirtió en su fiel compañera.  Quedó al servicio de Pierre, hermano mayor, que la maltrató.  Un rico comerciante chino la convirtió  en su amante cuando tenía 15 años. El dinero pagado por dulzura y sexo  la humilló.

El deseo  solitario por la bebida  las une. Constante  vicio  que llena  ausencias y vacíos. El boxeador  Marcel Cerdan, el gran amor de Edith,  muere en un accidente de avión. Nuevamente la pena y la herida se apoderan de su  corazón.  Lacerada se entrega a la única medicina que conoce: el alcohol.  Marguerite  impecable y puntual  bebedora   tomaba seis litros de licor diarios.    “El alcohol ha sido hecho para soportar el vacío del Universo, el mecimiento de los planetas, su rotación imperturbable en el espacio, su silenciosa indiferencia en el lugar de vuestro dolor. El hombre que bebe es un hombre interplanetario. Se mueve en un espacio interplanetario. Es allí donde permanece al acecho. El alcohol nos consuela, no amuebla los espacios psicológicos del individuo, sólo sustituye la carencia de Dios. No consuela al hombre. Produce lo contrario, el alcohol conforta al hombre en su locura, lo transporta a las regiones soberanas donde es dueño de su destino. Ningún ser humano, ninguna mujer, ningún poema, ninguna música, ninguna literatura ni ninguna pintura puede sustituir esta función del alcohol “. Para las dos  el arte de beber  era el sentido de vivir.
 
Marguerite,   que adoraba las canciones de Piaf, no concebía la vida sin escribir. La escritura  era una necesidad, una catarsis para entender y expresar un mundo de carencias.   La soledad, el amor y la muerte fueron sus temas. Había que escribir; escribir sobre   la  maravillosa y patética condición  humana.  En El Amante “su  rostro desvastado es la primera muestra de amor”. Las canciones de Edith melancólicas y tristes son el bello resumen de su vida. Conmueven  por su voz y sus letras  La vida en Rosa  es una muestra de ello.  Las dos mujeres son víctimas de la nostálgica  y  constante ausencia de la madre.

Ellas fueron deseadas y amadas. Tuvieron novios, amantes y  maridos. De vida sentimental inestable las relaciones nacían y morían.  Curiosamente al final de sus vidas se reconocen en varones jóvenes.   El Gorrión de Paris      entregada a los brazos juveniles de un  griego llamado  Theo Lambukas vive su romance.  Theo, 20 años menor que ella,   se enamora de la frágil y enferma  Edith. Ella a los 47 años acepta ser su esposa. El destino no le concede muchos años de felicidad. La diva cariñosamente bautiza a su amado como  Theo Sarapo que en griego quiere decir “te amo”.  El Gorrión muere de cáncer junto a Sarapo.  En el verano de 1980 Marguerite conoce a Yann Andrèa Steiner 27 años menor.     Ultimo amor  nacido de espíritus libres y en condiciones especiales.   Yann desea los cuerpos varoniles; es homosexual  y ama a Marguerite que la cuidará hasta el final de sus días.  El amor que no tiene reglas fijas ni pautas precisas atraviesa los corazones de ambos por diez años.  Se necesitan y se quieren: “Voy a tratar de no morir demasiado pronto. Esto es todo lo que tengo que hacer” le dice ella.

“La pasión que nos une dura el tiempo de la vida que me queda y el tiempo que dura la que a usted se le presenta como larga. No tiene vuelta de hoja. No tenemos nada que esperar el uno del otro, ni hijos ni futuro… Marica es lo que usted es y nos queremos … No tiene vuelta de hoja. Por mucho que vuelva usted a sus devaneos por las Tullerías, por los reservados y por los portales, a sus caminatas alrededor de la place Saint-Martin. No tiene vuelta de hoja. Usted me querrá toda su vida” dijo la alcohólica y sexagenaria Marguerite.
Ambas descansan en Paris.

Marguerite es enterrada en  el cementerio Montparnasse  y Edith en  Père Lachaise .  Serán… amor constante más allá de la muerte. Polvo serán, más polvo enamorado.

 
 
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