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EXPOSICIONES / ESPECIAL
 
 

Escribe Roxana Chirinos / agenciaperu.com

 

María de Guzmán quedó viuda joven, a los 30 años. Sin descendencia alguna,  María no podía conciliar sueño. La causa de sus desvelos fue el obsesionado deseo de fundar un convento de claustro. Su ilusión se hizo realidad el año 1576, cuando se iniciaron los trámites para la fundación del monasterio Santa Catalina de Siena. Los primeros cimientos comenzaron en espiritual algarabía. Pero ese no  fue su único interés. María de Guzmán  quiso ser la esposa de Cristo. El 2 de octubre de 1580 dejó la vida mundana y, en solemne ceremonia, tomó los hábitos dominicos. Con una piedra de molino, mil pesos de plata, una esclava negra llamada Nicolasa, un bracero, seis cojines, un jarro, una cazuela, un plato, cuatro cucharas, una artesa para la preparación de pan, algunas chacras que fueron parte de la obligada  dote, la joven viuda triunfalmente ingresó. Gracias a ella las seguidoras de Santo Domingo de Guzmán y de Santa Catalina tuvieron un  hogar.

Los siglos XVII y XVIII fueron épocas de esplendor para los monasterios de clausura. Las familias pudientes dejaban a sus hijas en manos de las buenas señoras. Era sinónimo de estatus y orgullo tener un hijo militar, uno cura y una hija monja. Ser educadas y formadas en un convento era una garantía para la sociedad. En un inicio, no había edad de ingreso, éste dependía de la voluntad de los padres. Tampoco era obligatorio que las jóvenes se quedaran para siempre en el convento y  vistieran santos. Algunas volvían a sus hogares en espera de un pretendiente.

Sor Ana de los Ángeles Monteagudo (beatificada por el Papa Juan Pablo II) fue un caso particular. Tuvo apenas tres años cuando ingresó al Monasterio. Educada por las monjas catalinas, creció bajo el manto del silencio y la oración. Cuando cumplió los 14 años, los padres se la llevaron a casa. La intención fue matrimonial. El pretendiente esperó para siempre ansiosamente. Ella no se acostumbró a la vida mundana. Extrañó la puntual obediencia. Una noche, sigilosamente, escapó del hogar paterno y, sin conocer las calles de la ciudad, llegó al convento guiada por un niño. Fue una ejemplar priora, realizó  fuertes ayunos y penitencias. Oró mucho  por las almas del purgatorio.

El monasterio de Santa Catalina es una joya de la arquitectura colonial. La creación  y construcción de sus calles, celdas y capillas, se justificaba por un gran fervor religioso. Sus fuertes e impresionantes muros, edificados con piedra volcánica el sillar, fueron hechos para las mujeres que apostaban por una vida contemplativa.  Las paredes del convento  pintadas  con colores atractivos de tierras naturales contrastaban con el sobrio hábito dominico.

Cuenta la tradición que la Virgen del Rosario, le entregó al beato Reginaldo de Orleáns, la túnica, capucha y escapulario blancos de la Orden. De la correa negra pende un rosario. El  blanco  alude a la pureza y verdad, el negro al sacrificio.  En el ropaje femenino el velo negro es para las profesas y simboliza la muerte en vida, el velo blanco para las novicias y las religiosas de obediencia. Del cuello nace el rosario. Ellas austeramente vestidas van hacia el camino del Señor.

“Señor tú me llamas a Ti y yo voy: no por mi méritos, sino por la gracia y virtud de tu preciosísima sangre”. Vivir para alcanzar la gracia divina y la felicidad eterna después de la muerte era el motivo por el cual  hacían sus votos perpetuos. El anhelado encuentro con Cristo significaba la “consumación de sus desposorios”. Votos que las  alejaban  de la bulliciosa vida.  Una vez tomado los hábitos, el silencio, la obediencia, la pobreza, la castidad y el claustro perpetuo eran  las órdenes.

 Las preferidas a la hora de la oración, las elegidas en los rezos, fueron  las almitas del purgatorio. Almas que incentivaron la imaginación. Seres etéreos y premonitorios de salvaciones o castigos divinos.  Someter el cuerpo a sacrificios exigía  permiso del confesor.  Los ayunos, los cilicios, tormentosas posturas   sirvieron para expiar culpas y apaciguar la carne. Estos actos templaban el espíritu.  Objetos de martirio  utilizados diariamente bajo los vestidos de algunas monjas en virtud de penitencia eran usuales. 

Dentro de este curioso y alejado mundo la colección de bichos fue parte del extremo cuidado por los animales. Unas extrañas botellas bautizadas con el nombre de pulgueros son  muestra de ello y de su rutina meticulosa. Las exigentes y disciplinadas monjitas tenían horarios y diversas tareas que cumplir.  Muy temprano, previo sonido de la matraca, se despertaban. Durante el día ocupaban su tiempo entre rezos, cantos, meditaciones,  deberes domésticos y educativos.

Cuenta Flora Tristán en su libro: Tradiciones de una Paria (1823) que las respetadas señoras eran muy alegres en comparación con las adustas madres del convento de Santa Teresa.  Después de sus deberes tenían tiempo para dedicarse al cuidado de sus vestidos y habitación. Recuerda que, una vez, con fines terapéuticos ingresó una yegua al convento. La finalidad: cuidar la salud de una monja obesa. Lamentablemente el galope terminó cuando se produjo la caída de la enferma.

Estar ausentes del mundo era la misión. Las monjas de Santa Catalina  cocinaban ricos potajes con habilidad. Agasajaban a sus invitados con finos manteles, cubiertos de plata. Entre los platos  el puchero y el locro fueron los predilectos.  A la semana ingresaban   treinta tres carneros y 24 kilos de res.  Diariamente recibían tres panes  y preferían el pan hecho en el mismo Monasterio. Los dulces  y los biscochos no faltaron en el menú.

Las monjas conocían el arte de bordar. Finos mantos confeccionados con hilos de oro y lentejuelas se elaboraban.  Estas manualidades  se  hacían en silencio y rezando.  Si la prenda era laboriosa  había  más tiempo para orar:   “la confección de un manto para la Virgen María equivale a seiscientos Ave Marías, seiscientas Salves y quince días de ayuno”.

Ellas tuvieron   la necesidad de ascender por “el camino místico” superando las flaquezas humanas.

 
 
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