| Moico Yaker, pintor peculiar de nuestra historia, presenta sus obras en la galería Forum. La experiencia personal es sobrecogedora. Sus cuadros invitan a reconocer a sus personajes y su mundo, en algún lugar peruano. Esta vez, su mirada va hacia el artista cajamarquino Mario Urteaga. El Entierro, La cura, La siesta, La bronca, entre otros temas elegidos por Urteaga, son extraídos como fuentes referenciales. Escenas puntuales reflejan la vida diaria de los campesinos.
Lo interesante de sus pinturas, más allá de la pulcritud del trabajo o el buen manejo de la línea, está en el concepto logrado. En el trabajo de Yaker, la idea es lo que predomina. Se puede ver reflejada la preocupación del artista por la sociedad, nuestros pueblos, aquello que vale la pena rescatar como identidad, aquel hilo fino olvidado por alguna mala jugada de la memoria. La historia que nos une y que la gran ciudad ejemplarmente devora.
Seres diminutos y masivos conforman su expresión pictórica. Esta vez, el artista ha dejado de lado al ser sobredimensionado y solitario. En grácil movimiento, las figuras están ocupadas en distintas faenas: chamanes obsesionados danzan por la salud del enfermo; una banda de músicos acompañan al muerto; la bronca se desata y la lluvia de piedras empieza.
Escenas, elaboradas con finas pinceladas, constituye el tramado de la obra. Dan la impresión de haber nacido de algún telar cajamarquino. A diferencia de los lienzos de Urteaga, donde las figuras son más acartonadas, los personajes de Yaker, se confunden en el paisaje barroco del trigo y el maíz. El autor no deja lugar para el espacio libre. Todos los rincones están poblados.
El país pintado de tradiciones y costumbres conmueve. |