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Escribe:
Leonardo
Aguirre (*) |
Sé que el autor invalidará de antemano, sin leer una sola palabra, todo lo que viene a continuación. ¿Por qué? Porque soy un sucio crítico. Leamos un extracto de “Junco y Capulí” (p. 118), una de las trece piezas que conforman “Un Hombre Flaco bajo la Lluvia”: “Desde siempre he saboreado la teoría de que la crítica es la eyaculación estéril y precoz de la función intelectual; y, de pronto, heme aquí convertido en un eyaculón, cuyo prestigio reposa en la desgraciada virtud del placer instantáneo y no previsto, que sólo deja sinsabores mal mezclados, tristezas post coitum y conciencias remordidas”. Caray: nada menos que un “eyaculón”.
Pero no sé si eso es peor que “prosista timador”, “tramposo”, “badulaque” y “esbirro”, como me llamó la semana pasada Eloy Jáuregui (dirigiéndose expresamente a mí) desde algún oscuro rincón de la web (que no quiero publicitar).
Ni lo uno ni lo otro. Como ya insinué en la última reseña (casi una declaración de principios), apenas soy un lector medianamente enterado (lo que tampoco significa mucho en el país con más bajo índice de lectura de Sudamérica) que dice cuál libro le gustó y cuál no y luego intenta justificar ese gusto. Eso es lo que hago cada semana: escribir sobre mis gustos y colores. Nada más. No ensalzo y no vitupero (como Eloy); tampoco premio (no elijo “revelaciones” ni cosa parecida).
De modo que a mí me gustó este volumen de cuentos de Armando Robles Godoy y las siguientes líneas no hacen más que sustentar ese gusto.
Robles Godoy, ya lo saben, es fundamentalmente cineasta. Recuerdo lo que alguna vez se dijo de Lombardi: como dirigente deportivo, es un buen director de cine. Éste no es el caso. Sobre lo méritos del Armando cineasta no me cabe decir una palabra. Del Armando escritor, en cambio, sí diré que dos o tres piezas de este volumen deberían ser incluidas en cualquier antología cuentística de los últimos diez años. En eso, por primera vez, coincido con González Vigil.
“Un Hombre Flaco bajo la Lluvia” es el título del último cuento premiado del autor (concurso de la editorial Matalamanga) y es también el título de esta selección de Greatest Hits . La mayoría de los cuentos, desde los años cincuenta, han ganado algún premio. Robles nos ofrece aquí el primer puesto del concurso del diario La Prensa (1952), el primer puesto del Premio Cristal (1962), el premio del concurso “José María Arguedas” (1979), los cinco textos finalistas de la Bienal Copé y las dos últimas menciones de Matalamanga.
Precisamente, la primera vez que tomé contacto con la prosa de Robles Godoy fue gracias a la antología de ganadores del Copé de 1979. El título era “Para Elisa” y el nombre de su autor se me olvidó muy pronto (apenas si tenía quince o dieciséis). Es decir, olvidé al autor pero jamás el cuento. Y es que, cuando se trata de una pieza notable, el texto deja de pertenecerle al autor y pasa a formar parte del patrimonio personal de cada lector.
Para ser un director de cine, por lo general, Robles Godoy no se sustenta en el plot sino en el lenguaje (discrepo con la contra: el grueso del volumen no “tiene mucho de cercanía con el cine”). Con frecuencia, el lenguaje se convierte en el protagonista. Por ejemplo, tal es el caso del cuento citado. Para no hablar de “Los Tres Caminos”, “Humo”, “Un Hombre Flaco bajo la Lluvia” o “Tercer Acto”.
Pero, claro, tampoco se puede negar la rotundidad de la peripecia y el suspenso de “En la Selva no hay Estrellas” o “Rabión”. En este párrafo también cabría mencionar “Posición Adelantada”, pero a este columnista no le gustan las conclusiones “aguafiestas” que anulan las premisas. Es decir, ese tipo de cuentos “jojolete” cuya trama esperanza al lector sólo para decepcionarlo más tarde revelándole que todo fue un sueño, una alucinación o un vulgar texto dentro del meta-texto. Y algo parecido sucede en “Elipsis”: el lector no sabe (ni siquiera lo sabe el autor, como confesará más adelante) qué diablos sucede al final ni quién se esconde detrás del anónimo (todo el cuento nos prepara en vano para ese descubrimiento).
Robles Godoy gusta del retruécano y del humor verbal (ése mismo que cultiva, con menor fortuna y pésimo gusto, el “bluff” Eloy Jáuregui). Pero a veces se le pasa la mano e, incluso, termina fraguando greguerías. Y todo esto amén de coloquialismos felizmente dosificados.
“Un Hombre Flaco bajo la lluvia” es un volumen diverso (no disperso). Pese al subtítulo –“Doce Cuentos de Soledad”- y el último texto –“Todos los cuentos el cuento”- que intentan dotar de unidad a la selección, lo cierto es que este libro, más bien, es un ejemplo de versatilidad. Y esto no es una objeción; sólo una constatación. Robles Godoy construye, con igual eficacia, pomposos artefactos verbales, embriones de guión cinematográfico, aproximaciones psicológicas, decorados históricos, y hasta coqueteos con el realismo mágico (“Un Cálido Invierno”).
La última pieza de “Un Hombre Flaco bajo la Lluvia” merece una mención especial y el remate de esta columna. En “Todos los Cuentos el Cuento”, el autor rememora las precisas circunstancias que enmarcan y determinan la redacción de cada uno de los doce textos previos. La historia secreta de cada historia. La historia del propio autor. Pero no suscribo el epígrafe porque evocar ya es manipular. Y trasladar las evocaciones al papel constituye una segunda manipulación. Por eso, “Todos los cuentos el cuento”, en realidad –ya lo sugiere el título- es otro cuento más. También es ficción.
Porque no importa si dice la verdad o no. La verdadera biografía del autor es inatinente y accidental: no quita ni añade a la verdad de sus obras. De modo que, al margen de que se trate de una personalidad intelectual, al margen de sus ochenta años, al margen de su carrera como cineasta, al margen de su vieja columna en El Dominical (eso sí: soporífera), debo decir que “Un Hombre Flaco bajo la Lluvia”, firmado por sabe Dios quién, ya es patrimonio de nuestra historia literaria reciente.
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