 |
Escribe:
Leonardo
Aguirre (*) |
Es cierto. Como dice Paco Umbral, sólo robando de otros se aprende a escribir y por eso la literatura está entre los delitos comunes. Y, como es bien sabido, siempre se escribirá sobre lo mismo: el amor, la muerte y la propia literatura. El mismo Santiago Roncagliolo ha confesado en una reciente entrevista: “plagio tantas cosas que el resultado es inevitablemente original”.
Sin embargo, en el caso de “Pudor”, la suma de plagios no ha producido un resultado muy original que digamos. A Roncagliolo le ha faltado chambear un poco más para convertir ese amasijo de préstamos en algo más que un amasijo de préstamos. Cualquier lector medianamente informado puede ubicar los clisés y conjeturar su procedencia: el niño que ve fantasmas ( I see dead people… ), el desahuciado que se acaba de enterar del diagnóstico inapelable, la esposa que se inventa un amante y se escribe a sí misma cartitas pornográficas, la púber que se enamora de la prima (especialmente, la proverbial escena de adolescentes comparando protuberancias en una ducha), etc., etc. El problema es que los clisés no han sido debidamente digeridos y desarrollados de manera personal: han sido trasladados sin mayores mediaciones y, casi a manera de collage, han sido exhibidos, precisamente, sin “pudor”.
Ahora bien, hay dos personajes que se salvan del delito contra el patrimonio literario (en todo caso, mi escaso bagaje me impide reconocer los clisés): el “Papapa” de memoria devastada que exige su internamiento en un asilo para cortejar a una octogenaria en estado casi vegetal, y el gato que registra los pormenores de su despertar reproductivo (así es: Roncagliolo escribe desde la perspectiva animal, con más ecos de Garfield que de Horacio Quiroga; lástima que dicho conflicto sea el menos apuntalado del ramillete de historias que conforman “Pudor”). Es lo mejor de la novela: la decadencia de la virilidad en un hombre mayor (que, sin embargo, no frustra el desarrollo del amor) versus el confuso inicio del puro instinto sexual en un animal. Eso y una pericia narrativa que provoca, al mismo tiempo, sin disfuerzos ni efectismos, la risa y la ternura.
“Pudor” se desembroza como una sitcom. Más que una novela, el autor presenta el cruce de diversas historias como el episodio de una serie de televisión yanqui. Y he ahí otro clisé: en el espíritu de “Matrimonio con Hijos” o “Los Simpsons” (para no hablar de films como “American Beauty” o “Happiness”), una típica familia clasemediera que vive en la Residencial San Felipe (la locación está de moda: Mendizábal le dedicó un poemario y, según declaró Jáuregui en una entrevista, se trata de la Manhattan de Lima) aparenta unión y felicidad cuando la verdad es que cada miembro esconde (o se demora en revelar) hondos conflictos y, sobre todo, la soledad derivada de no poder contarlos. Por ejemplo, asistimos a la conversación del padre con el doctor que le pronostica seis meses de vida, al patetismo de una esposa que intenta convencerse de la existencia de un amante que ella misma fabuló, al amor inútil del abuelo por una mujer que no puede reconocerlo, al lesbianismo incipiente de la hija, a la permanente interacción del niño con los fantasmas, a las ganas incontrolables del gato por perseguir el aroma de una hembra en celo.
 |
PUDOR
de Santiago Roncagliolo
Alfaguara
Lima, 2004
192 pp.
|
Y quizá ése también sea un escollo: estructurada como una sitcom, los conflictos no se resuelven o se resuelven a medias o se resuelven con excesiva velocidad. Tengo la impresión de que “Pudor” se termina muy pronto.
Por otro lado, el lenguaje es escueto, plano y sin brío. Quizá el autor no puede dejar aún el mal hábito de escribir para el rating (y contra el reloj) adquirido en sus épocas de guionista de telenovelas peruanas.
Pero hay que ser justos. Haciendo un balance, luego de la lectura ciertamente placentera de “Pudor”, debo decir que Roncagliolo opone a mis objeciones un abanico de conflictos que –aunque resabidos- ansío resolver a cada página. Y ha sido capaz de arrancarme, como dije, tantas lágrimas como carcajadas. Y, sobre todo, agradezco las líneas escritas desde el punto de vista del gato alunado. |