LETRAS / ESPECIAL  
LA MUERTE SE ESCRIBE SOLA

En la 11va Feria Internacional del Libro, el domingo 30 de julio, se presentó la crónica periodística literaria: La Muerte se Escribe Sola gracias a los esfuerzos de agenciaperu.com y a la editorial Santillana. Aldo Miyashiro (guionista), David Hidalgo (redactor editorial), Diego Fernández (periodista de agenciaperu.com) y Cecilia Valenzuela (directora de agenciaperu.com), estuvieron a cargo de la presentación.

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> Comentario de Roxana Chirinos

ALDO MIYASHIRO

Dentro de un lector conviven diversos lectores. En mi caso, que me gano la vida contando historias, empecé la lectura del libro como guionista. La obra pasa de la palabra correcta  al momento brillante. Está escrito para leerse de un tirón y para leerlo varias veces.

Cuando uno va escribir una historia intenta que las situaciones vayan ganando en intensidad mientras van pasando los capítulos. Espera  que esa intensidad paralelamente sea sostenida por las dimensión de los personajes que  plantean y  definan la gran acción; luego se busca un desenlace que debe ser lo más coherente posible con el inicio de la historia.  Desde el prólogo el libro arranca con intensidad y no pude evitar mientras lo leía el de imaginar a Cecilia Valenzuela, de once años, escuchando los rumores del crimen de Challapampa. Probablemente, esa serie de rumores encontrados generarían su primera vocación de periodista.

David Hidalgo ha escrito el libro con una prosa serena y sin requiebres. La obra se lee con facilidad, y consigue el efecto de no querer soltarlo. De manera inteligente  sitúa la primera parte del libro en el drama humano del padre de la chica. Cualquier material impreso, debe provocar en nosotros una reacción, una sensación, algo que no podamos racionalizar y afecte directamente  a lo que sentimos. Uno lee el libro y quizá no puede decodificar toda la información que manda,  pero encuentra una reacción. En mi caso este libro me emociona, me subleva, me revela,  me indigna, me provoca, me da ganas de cambiar en algo la justicia de nuestro país. 

El primer cometido del equipo está más que logrado. Hay que tomar parte sin importar generar odios y contradicciones. Para  brindar una opinión  hay que hacerlo con talento para que cuando el público  la oiga  ésta sirva para generar sus conclusiones. Este cometido es un logro.

Como peruano, he escuchado durante mucho tiempo las palabras “injusticia”, “racismo”, “exclusión social”. Estas palabras se desprenden claramente del libro que es imprescindible  para entenderos como peruanos. La obra es un capítulo más de nuestra historia,  por lo tanto, es importante que un peruano la lea para comprender que la justicia no funciona. 

Hay un hecho literario que me entusiasma. Existe un acto  vengador que es  el destino. Los responsables van pagando sus culpas trágicamente. Es un giro de la historia que no me la esperaba.  La realidad supera largamente a la ficción. Ojalá que el libro colabore  para que dentro del estado  de derecho, nuestra intervención como  personajes directos de esta historia, cambie  y el final  sea otro.

 

BREVES APUNTES SOBRE LA RESURRECCIÓN DE LOS MUERTOS, O CÓMO RECONSTRUIR UN CRIMEN DESDE EL PAPEL

David Hidalgo

El expediente judicial del caso Challapampa tiene mil y un páginas, numeradas a mano con dígitos y letras que parecen escritos  por un colegial aburrido e indiferente a esos retazos de historia, a esas voces congeladas en el papel. Entre la primera y la última hoja hay gritos, desesperación, malicia, perversidad.  Hay unas buenas intenciones pero muchas maldades.

Los testimonios involucrados están descritos con ese lenguaje policial que cuadricula rostro y emociones, pero están allí, flotando, entre líneas, como espíritus en búsqueda de un cuerpo. De alguna manera, el sarcófago de papel que los aprisionan confirma la idea de que  la reconstrucción de un crimen, es también, ejercicio de la resurrección.

Traer a la vida a muertos inocentes para comprender el horror del que fueron víctimas. Condenar a la perpetuidad de un libro a quienes hubieran preferido sepultar esa historia de horror. La muerte es demasiado exacta, dice Cioran, el filósofo pesimista que entristece los papeles en que se lo cita. El expediente, en cambio, faltan varios folios y muchas certezas. Lo único exacto es la incertidumbre.

Existe una sensación rara en reconstruir un crimen de hace 30 años. Es como meterse en una novela de unos en búsqueda de personajes que uno conoce de otro lugar. Como asistir a un llamado con demasiado retraso. Es extraño caminar por la misma chacra que fue escenario de una especie de ritual sangriento, ahora convertido en un tranquilo sembrío de maíz. Es por lo menos curioso repetir parte del recorrido que debieron seguir los supuestos asesinos. Y es definitivamente extraño encontrar  otros retazos de esas vidas con nombres propios en las páginas amarillas de los periódicos de esa época.

Los detalles dispersos del caso sólo tomaron  sentido con las entrevistas que Diego Fernández-Stoll y  Daniel Yovera realizaron a testigos directos en un primer viaje a Arequipa; y con los datos insólitos que Diego y yo encontramos durante una segunda visita en los polvorientos archivos de un diario de esa ciudad.

La historia era tan real que pareciera mentira, y ahí estaba lo raro. Era como buscar en la realidad pruebas de un truculento relato de ficción. Poco después de la búsqueda inicial, llega un momento que uno deja de perseguir, preguntar y especular y son  los personajes, los que reclaman su sitio en la historia. Saltan del papel. Resucitan. Entonces es posible conmoverse con el relato de un carpintero inocente que empujado al suicido por policías que lo interrogan con ganas de culparlo, o de un peón que es torturado en un calabozo solo porque su leve retardo mental lo expone a la sospecha, o el de un hombre que busca a los asesinos de su hija mientras la policía exhibe fotos de la muchacha muerta desnuda y ensangrentada para alimentar el morbo popular. También es posible indignarse con las voces de la soberbia  del poder que abusa y del se deja corromper, porque también, resucitan a la obra de contar esta historia.

Un muchacho que se ampara en el dinero de su familia para salir impune, un abogado dispuesto a todo para limpiar el apellido de familias poderosas, policías que esconden pruebas o manipulan resultados con un desparpajo tan vergonzante y en el medio algunas voces humanas, leales, o crédulas, según se quiera ver. Un juez atrapado en una maquinaria judicial que no puede vencer, otro abogado que pierde las esperanzas por estar del lado de las víctimas. Todos vuelven con el polvo de una tragedia que sólo estaba enterrada en los archivos judiciales pero no en la memoria de una ciudad....

La idea fue reconstruir el crimen de Challapampa a partir de los recuerdos de Cecilia Valenzuela. Agenciaperu.com y Santillana, nos confiaron la tarea de llevarlo al papel. El azar, en este caso, estuvo en el destino de los supuestos asesinos y en la manera en que se fue revelando, treinta años después, para dejar constancia que la justicia tiene formas extrañas de hacerse presente. Esta es una historia real . La hemos recuperado de ese sarcófago de papel, y ahora palpita con personajes vivos, resurrectos, ojalá que para siempre.

CECILIA VALENZUELA

Esta historia comenzó hace treinta años. Tenía once y por la estructura familiar y social no debía participar de los detalles. En mi casa se hablaba a media voz de lo que mi familia se iba enterando a partir de las declaraciones judiciales y de lo que la gente empezaba a comentar. En la cocina de mi casa habían dos personas entrañables, eran mis amigas. Ellas vivían en el otro lado de la historia. Para La Juliana y La Mechita, que eran las dos personas que ayudaban a mi madre en la casa, la víctima, la muchacha de 19 años que murió, se fue convirtiendo en una suerte primero de amiga y luego casi de santa. La Juliana los domingos traía información del propio pueblo joven donde vivían los padres de las víctimas. Los sentimientos  de  frustración y de  impotencia significaban  un muro  indolente y helado, mientras buscaban justicia para sus hijos.

Uno de los supuestos asesinos murió en un accidente en lo que después se conoció como la maldición de Challapamapa. Challapampa cobró primero la vida de las dos víctimas y luego de que la justicia no hiciera lo que debía hacer,  pasó una factura altísima, a los victimarios. El sepulcro de este muchacho era permanentemente vigilado por gente del pueblo y sobre éste se pintaba graffitis llamándolo asesino. Los padres tuvieron que cambiarlo de nicho varias veces y terminaron enterrándolo en el cementerio de otra ciudad.

Con esta historia  me enfrenté, por primera vez, al drama real de nuestro país: la injusticia. En la ciudad se pensó que un crimen así,  sólo lo hubiera podido cometer los indios porque eran salvajes. Los arequipeños nos vimos enfrentados.

La historia escribe dramáticamente la situación real de las instituciones que administran la justicia en nuestro país. Lo más dramático es que eso no ha cambiado,  quizá haya cambiado  tal vez en Lima  un poco.  El Perú cambia en Lima pero en el resto de país no   y si no hacemos algo  no habrá forma de hacer de nuestro país una nación  en desarrollo.

 
   
   
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