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| CARNAVALES EN LIMA A INICIOS DE SIGLO (foto archivo Courret) |
“no imaginé que goce tan grosero
fuese sólo del vulgo, y no abrazara
desde el grave Marqués hasta el pulpero” (1)
El carnaval es un fenómeno colectivo universal cuyos orígenes, por lo menos en occidente, lo podemos ubicar en el medioevo. Sin embargo, varias de sus características y aspectos rituales, tienen nacimiento en las festividades paganas del mundo greco-romano. Uno de los estudios clásicos sobre los carnavales y la cosmovisión que expresa, es el realizado por el crítico literario ruso Mijail Bajtin (1895-1975) (2), brevemente resumiremos su propuesta antes de ingresar al análisis de los carnavales limeños.
La teoría del carnaval elaborada por Bajtin parte de la hipótesis que este evento es la inversión de un mundo dual. Por unos días el mundo se da vuelta y los sectores sociales bajos pueden ejercer “autoridad ritual” sobre las clases altas o autoridades, que incluso tendrán que aceptar la experiencia de ser “degradados ritualmente” y mantener el buen talante. Las nuevas autoridades del carnaval inventan un lenguaje y una gestualidad signada por la vulgaridad y lo obsceno. Lo lúdico y la risa dominarán cada instante de la vida de estos días, que son un intento de convertir toda la ciudad en un gran espectáculo teatral cuyo guión esta escrito en los deseos transgresores de sus participantes. De allí el dominio de las máscaras: todos tienen la oportunidad de ser lo que no son. Ser otra persona, un animal, una planta, otro sexo. Ser todo lo que no te es permitido.
El carnaval es una gran parodia del orden social, en él no hay dogmatismos, misticismo ni piedad. No tiene carácter mágico ni encantatorio, domina la mundanidad elevada por el ritual a lo maravilloso. Es la oportunidad que el goce de los privilegios y el bienestar, monopolizado por las clases dominantes, pase a ser monopolio del mundo popular. Y aquí reside su capacidad cuestionadora y subversiva, es un impulso profundo hacia la liberación.
Sin embargo, ¿cuáles son los límites del carnaval? Umberto Eco al trabajar lo cómico (3) en el marco del carnaval, argumenta que este ritual para existir necesita de leyes colectivas “penetrantes y profundas”, y que tiene que ser breve para conservar su fuerza. La trasgresión permanente lo vuelve inútil. En efecto, el potencial de la “carnavalización cósmica” reside en la eficiencia del orden represivo y la capacidad de condensar en breve plazo la inversión del mundo. Tiene posibilidades transformadoras cuando “es inesperado y frustra expectativas sociales”, pero “produce su propio manierismo (es reabsorbido por la sociedad)” (4). Finalmente, el carnaval se desarrolla en el marco que la sociedad le asigna, y si bien el potencial subversivo existe, sin un proyecto mayor termina convertido en un instrumento de control social.
En el caso de los carnavales limeños, estos tienen sus inicios en la Colonia y estaban asociados a las festividades de semana santa. En el tránsito a la República irán desligándose de lo sacro y ganando autonomía, paralelamente la autoridad pugnará por normarlos hasta ir eliminando sus aspectos más corrosivos y su sentido trasgresor. Veamos el proceso.
Manuel Atanasio Fuentes, Felipe Pardo y Aliaga y Carlos Prince son quienes nos ofrecen una descripción de los carnavales que vivieron a mediados del XIX. Estos, que ya habían perdido “ciertos excesos” (5), los días previos en sendos bandos se anunciaban su prohibición, comenzaban el domingo anterior a semana santa. Durante tres días se consumía aguardiente en exceso y la ciudad era recorridas por bandas con “caras horriblemente pintadas” y “fachas de furia”, armados con el “arsenal” de carnestolendas, e iban atacando transeúntes, coches y a la propia policía que intentaba infructuosamente poner orden.
Llamaba la atención y eran de temer, los grupos de “negras y zambas” que se apoderaban de las acequias donde arrojaban a hombres “de su clase”. Si los que pasaban era “gente decente” se le exigía una contribución para que no ser arrojados a estos “albañales”. Las mujeres “decentes” participaban desde los balcones y ahí recibían los “geringazos” de “agua de lavanda” (agua pestilente) o les arrojaban huevos con agua de color, harina o confites.
Esta lucha simbólica no estaba exenta de “puñadas, pedradas y garrotazos” fruto del “desorden y el desenfreno” (6), sin embargo, el conflicto también abría otras alternativas de enfrentamiento al orden social represivo:
“¡ Ay ¡ devorado ya por llama impura,
osa tocar, cual sátiro lascivo,
el seno de esa mísera hermosura.” (7)
La sensualidad y los deseo también saldrán del mundo privado a las calles de este mundo inverso. Si bien los hombres cometerán excesos, también se verá a “barraganas”, “grupo de criadas”, “tropa mujeril”, “altas matronas” en actitud de “endiablada mujer”, “sexo encantador”, “damisela sutil” o “desenvuelta mulata” (8). En el carnaval el rol secundario y marginal de las mujeres queda destruido momentáneamente y pueden participar del poder liberador del carnaval.
En los inicios republicanos una de las instituciones que sobrevivió a la colonia fue “El compadre del carnaval”: Dos jueves antes del domingo del carnaval, la “comadre” escoje a un conocido para “sacar ventaja”, y le envía una “tabla de compadres” (“salbilla con fruta, flores y algunas figuras de barro). Esta es llevada por “un negrito” que tiene unas décimas pegadas a la barriga. El compadre no tendrá más remedio que devolver el obsequio (varias veces más caro) con “una negrita” con sus respectivas décimas de agradecimiento en la barriga. Manuel Atanasio Fuentes describe esta costumbre como un medio de “explotación y codeo”, conductas que la trasgresión carnavalesca también amparaba y permite ampliar las redes sociales.
El carnaval finalizaba el “miércoles de ceniza”, las campanas anunciaban el fin del ritual y el inicio de la semana santa. Todos marchaban a las iglesias a escuchar misa y a que el sacerdote les ponga la cruz de ceniza en la frente. El arrepentimiento se abría paso y el orden se reinstalaba.
Finalizada la guerra del Pacífico los carnavales comenzaron a sufrir cambios. Estos fueron obra de la “mano de hierro o a fuerza de multas en las libertades del carnaval” (10). Desaparecieron las bandas de muchachos, los “compadres del carnaval”, los grupos de mujeres en las acequias –también las acequies al ser canalizadas- las conductas más violentas fueron reprimidas y el carnaval lentamente fue siendo domesticado.
Crónicas de inicios del siglo XX (11) señalan que los “duelos carnavalescos” que obligaban a coches y tranvías a no circular, continuaban. Pero tenían un desarrollo diferente: los duelos se iniciaban de la calle a los balcones, luego se abría las puertas y los jugadores entraban a “tomar” la casa en lucha “cuerpo a cuerpo” y todo acababa con los derrotados en la tina. Seguidamente se ingresaba al comedor con la gran mesa adornada “criollamente” y llena de potajes, donde no falta la garrafa de “ante con ante”. Por las noches bailes de “mascaritas”.
En las “zonas marginales” y en las casa de vecindad y callejones, “el carnaval de Segura y Fuentes ha reaparecido frenético y terrible” se afirma, a la policía le es imposible ingresar a estos espacios “liberados” , “la típica barbarie de antaño” sigue teniendo vida en los barrios de los pobres.
Los carnavales finalizaban el miércoles de ceniza con el viaje a La Punta o Chorrillos, para disfrutar de corrida de novillos, carrera de pollinos, el palo encebado, el entierro de Ño Carnavalón y evidentemente, la misa que da inicio a la semana santa.
El proceso de decadencia del carnaval se sella durante el Oncenio, cuando Leguía sale por el jirón de la Unión en calesa y flanqueado por dos cestos de pétalos de rosas; va arrojándolas mientras de los balcones atiborrados de “damas” recibe papel picado y serpentina. El evento perdió su poder trasgresor.
El carnaval limeño del XIX, ritualiza la violencia de una sociedad dividida por sus conflictos étnicos, de ahí que este evento de encuentro no pueda ser integrador y la experiencia de inversión del mundo se viva de manera muy fragmentada y difusa. Por tanto, los carnavales perdieron toda su eficacia pese a conservar una violencia cuestionadora, la inversión del mundo desde una perspectiva étnica no permitió la constitución de un carnaval multiétnico y plebeyo.
Por ello cuando el mundo popular fue borrando las barreras raciales e incorporándose a la modernidad, cuando la autoridad fue normando y reprimiendo la violencia carnavalesca, esta fue perdiendo su convocatoria. Solo en aquellos barrios marginales, de antigua data limeña, los carnavales mantendrán algo de su vieja personalidad, como extraños sobrevivientes.
Procesiones y carnavales fueron eventos colectivos que congregaron la sensibilidad de la ciudad para construirse ritualmente desde la tragedia y la comedia. La tragedia que narra la procesión aborda preguntas eternas: el sentido de la vida, la muerte y su tránsito; de aquí su capacidad de renovación y de asegurar su permanencia. La comedia carnavalesca esta anclada en los conflictos coloniales, esta ligada a costumbres específicas signadas por lo étnico. La lenta construcción de nación y ciudadanía van destruyendo su sentido y no ha sido posible en Lima resignificarla en la modernidad que hemos edificado. |