| Las riquezas de Las Indias, tanto en objetos como en materia prima, son parte de las fábulas que subyacen en nuestra memoria histórica. Los primeros europeos que llegaron al Nuevo Mundo, estaban más preocupados por sus hazañas conquistadoras y catequistas que en entender el verdadero significado que para los indígenas tenían esos tesoros. Los objetos de oro, plata y cobre fueron vistos como meras piezas metálicas sin llegar a entender el enorme significado simbólico que subyacía tanto en el uso del propio metal como en el color superficial del mismo. En el mundo andino, la belleza y durabilidad de los metales infirieron al metal un valor casi divino del cual se sirvió un pueblo como el inca, para definir de manera poética su religión, su cosmovisión del mundo e incluso su propia genealogía. Por ello, mas que bienes económicos fueron objetos bellos que, desde su origen metálico, debían de ser trabajados para transformarlos en maravillosos adornos y objetos los cuales podían ser ofrecidos a los dioses, usados por los representantes de estos en la tierra o como un conjunto de la parafernalia que acompañaba al mandatario en su viaje a la vida de ultratumba, supeditando muchas veces su “funcionalidad” al fin ideológico.
La mayoría de las piezas que se muestran en la espléndida colección del Museo Larco pertenecen a las culturas Vicús, Moche y Chimú, culturas cuyo legado material nos demuestra que fueron auténticos maestros y diestros orfebres al desarrollar un extraordinario manejo de los metales, de las aleaciones, del tratamiento del color superficial del objeto y de las técnicas de orfebrería. Pero los objetos hay que imaginarlos dentro del contexto para el cual se hicieron y es ahí en donde el rito y la magia del mito entra a explicarnos el uso del metal. Coronas, narigueras, orejeras y collares, nos acercan al poder político terrenal. Vasos y cuencos al valor del rito de la fertilidad, de la vida, del recuerdo a los ancestros y a la adoración y pleitesía que había que rendir a los dioses. Cascos, pectorales con adornos metálicos, sonajas, macanas y rodelas nos hablan de un “arte de la guerra” que se mueve entre el “rito” y el “mito”, lo “real” y lo “fantástico”.
El espectador puede observar en esta magnífica colección de objetos de oro, plata y cobre, como el metal es transformado, con una destreza y conocimiento sin igual, en auténticas obras de arte que transmiten el sentimiento espiritual y social de un pueblo. Un pueblo que con en el correr de los siglos ha continuado creciendo con sus tradiciones, con su idiosincrasia y con la representación comunal de sus ritos.
El deleite que provoca la contemplación de estas piezas nos lleva a comprender que la verdadera riqueza de un pueblo esta en sus manos, en su obra, en su capacidad de transformar un simple metal en el tesoro espiritual de una nación logrando alcanzar con el testimonio de sus obras un patrimonio histórico para la humanidad. |