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La Semana Santa en Arequipa a inicios del siglo XIX
Escribe Alejandro Málaga Núñez Zeballos
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(cortesía Banco de Crédito del Perú)

La población de la ciudad de Arequipa a fines del siglo XVI, consolidó su fama de marcada religiosidad revelada en el fervor de las procesiones y numerosas muestras de penitencia como flagelantes y ermitaños, monjas del monasterio de Santa Catalina y dominicos, mercedarios, franciscanos, agustinos y jesuitas con virtudes como premoniciones, bilocaciones, levitaciones, prodigios y sobre todo éxtasis místicos que algunas veces el Santo Oficio no llegó a tolerar y públicamente reprimió con drásticos castigos.

En el transcurso de la época virreinal a la republicana, la población de la Ciudad Blanca, durante la Semana Santa demostraba mucha contrición y penitencia. Asistían a los oficios de riguroso luto y era muy mal visto que durante esos días se realicen matrimonios. Esta última semana de Cuaresma, se iniciaba el sábado al atardecer en el atrio de la Catedral donde se interpretaban piezas musicales que desencadenaban el llanto de los presentes. Se tiene noticias que eran entonaciones anónimas de factura arequipeña.

El Domingo de Ramos después de la primera misa se daba la bendición de palmas y cruces de este material, que los fieles colocaban en los pórticos y puertas principales de sus viviendas. El lunes, se realizaba la procesión del Señor de la Caridad, imagen donada por el rey Carlos V. Salía de la iglesia de Santa Marta, la única doctrina para indios en la ciudad, e ingresaba a todos los templos. El martes, del otro lado de la Chimba, del templo de San Juan Bautista de Yanahuara, salía la procesión de la Verónica que majestuosamente entraba por el puente de la ciudad - actual Bolognesi - y se albergaba en la Catedral hasta el día siguiente sin que dejara de hacer el usual recorrido por las principales calles.

El Jueves Santo, por la mañana se daba la misa de Comunión y por la tarde el Lavatorio de Pies en la Catedral. Además, se visitaban los principales templos, San Francisco, San Agustín, La Compañía y algunos cercanos como Yanahurara, Cayma y Sachaca. En Viernes Santo, la población mostraba su máximo fervor en la misa del medio día. En el Templo de Santo Domingo, los mejores oradores de la ciudad daban el sermón de tres horas. Al atardecer se realizaba la ceremonia del Descendimiento, y finalmente se daba paso a la procesión de Cristo yacente. El sábado a las 9.00 horas, se asistía a la Misa de Gloria y finalmente, el Domingo de Resurrección era rematado con una misa por la mañana y con el clásico caldo de Pascua.

POEMA

Esta composición fue leída en el portal de la Pontezuela, actual esquina de la Catedral ángulo de las calles San Francisco y Mercaderes, un año después de haber ocurrido el terremoto de 1869, considerado el más destructor del siglo XIX.

La semana santa de Arequipa, 1869.
Trinidad Pacheco Andía (1835-1915)
I
Tu voluntad, Señor, movió tu mano
y al dejarla caer sobre este mundo,
su sólido cimiento encontró vano
y tembló todo con temblor profundo
y cuando en siglos el orgullo humano
edificado había, en un segundo
cayó por la tierra con terrible estruendo
tornado de un vergel un campo horrendo.

II
Mas entre esos soberbios edificios
que fabricó la vanidad mundana,
se encontraban los templos, los hospicios
que alzó a los cielos caridad cristiana,
si las bases de aquellos fueron vicios
la virtud fue de éstos gran peana
¿Por qué cayeron juntos destruidos,
y están hoy sus escombros confundidos?

III
¡Arcano incomprensible que no es dado
a mi numen sondear aunque quisiera:
tu voluntad, Señor, se ha practicado
y humilde el pueblo tu querer venera,
mas si en su contra aún estás airado,
piedad, Señor, de tu justicia espera
por eso al pueblo en tu periodo santo
le has visto derramar acerbo llanto.

IV
Tú le has visto, Señor, llorar a mares
implorando tu auxilio en sus tristezas:
le has visto sin abrigo, sin hogares,
sin adornos sin gracias, sin bellezas,
pero nunca le has visto sin altares,
porque antes que cuidar de sus riquezas
fue el objeto mayor de sus cuidados
acudir a tus templos derribados.

V
Y allí bajo esas cúpulas movidas,
dentro de esas paredes desquiciadas,
has oído las voces doloridas
de los hijos que imploran las miradas

V
En vano en torno de su frágil vida
ven estupendas moles de sillares
dispuestas a caer, y en su caída
sepultar existencias a millares,
la misma tierra en vano estremecida
les intima a dejar tales pesares,
ellos prefieren a la misma muerte,
antes, Dios mío, que dejar de verte!

VII
Los días santos son, está enlutada
la Iglesia con su manto funerario,
conmemora la escena ensangrentada
que presenció la cumbre del Calvario;
los días santos son, en ellos angustiada
va la estirpe de Adán a su Santuario
a implorar, ¡oh gran Dios de los amores!
Un divino consuelo a sus dolores.

VIII
Por eso he visto yo en esos días
correr a mis hermanos, sus quejidos
a exponerse, Señor sus agonías
en medio de tus templos destruidos
y he llorado cual otro Jeremías
al escuchar los ayes, los gemidos
conque tus hijos sus desgracias lloran
y arrepentidos tu perdón imploran.

IX
Perdónalos, Señor si te ofendieron,
ya han purgado bastante su delito
ellos también no saben lo que hicieron
y por ellos lanzaste aquel grito
de sublime perdón que transmitieron
tus labios y tu amor al infinito,
en ti tienen, Señor, sus ojos fijos;
padre, perdónalos que son tus hijos.

X
Dales, Señor, alivio en sus dolores:
levántalos con mano comprensiva
cual dulce fruto de una fe de amores,
convierte en bienes todos sus rigores
y has que mi patria infeliz reciba
en su presente y terrible duelo,
con tu perdón la bendición del cielo.

XI
Que nunca vuelva fraticida guerra
a perturbar la paz de tu rebaño
ni vuelva nunca a enrojecer la tierra
la sangre que vertió pérfido engaño:
que produzca abundoso el bien que encierra
el seno de Arequipa de año en año
y que de sus escombros y sus ruinas
nazcan flores, Señor, en vez de espinas.

XII
¡Ay! Si la vida con que Tú quisiste
alentarme, Gran Dios, algo valiera
por no ver al Perú como hoy tan triste
con qué gozo, Señor, te la ofreciera!
tú sabes la ternura que me asiste
para esta patria en que yo naciera;
sabes también si es cierto lo que pido
y si es digno mi canto de tu oído.

 
 
 
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