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"Ahora
comprendo que mi tarea ya se ha cumplido"
El
arquitecto Fernando Belaunde Terry, dos veces presidente
del Perú, hoy de 89 años, conversó
con Cecilia Valenzuela rodeado por sus recuerdos, fotografías,
mapas tantas veces revisados, libros y máquinas de
escribir; rememoró algunas de sus anécdotas
y habló de la falta que le hace Violeta y de su deseo
de encontrarse ya con ella.
Entrevista
Cecilia Valenzuela / agenciaperu.com
¿Usted
desde cuándo conoce al presidente Toledo?
Vea
usted, yo fui desterrado y al año siguiente lo encontré
en la universidad de San Francisco.
¿Él
se le acercó? Era un estudiante, muy joven.
Sí,
era un muchacho joven. Me pidió una recomendación
y yo hice una gestión que salió bien y él
entró a la Universidad de California. Sé que
hizo buenos estudios.
Entonces usted le recomendó y le dio una carta de
presentación. ¿Fue la última vez que
lo vio o mantuvo alguna relación con él?
Sí
lo recomendé y de ahí lo volví a ver
alguna que otra vez.
En las calles la gente comenta algo... es un rumor muy grande.
Se dice que Toledo no llega a los dos años; que el
gobierno se cae o que Toledo se tiene que ir.
Eso
es peligroso, muy peligroso.
¿Realmente
los rumores son tan peligrosos en la política?
Sí,
y por eso estoy tan preocupado.
Tanto
sus partidarios, como sus adversarios, concuerdan en que
a pesar de que usted fue presidente dos veces, nunca robó.
Este, entre otros méritos, probablemente sea el que
le ha ganado el respeto del pueblo peruano. ¿Por
qué cree que los políticos ahora están
tan asociados a la corrupción?
Bueno,
yo pienso que hay buenos y malos momentos. También
creo que hay una causa general y que la causa peruana es
buena. En política hay muchos ejemplos magníficos,
no voy a hacer un resumen ahora, pero es lo natural. Claro
que cuando vienen dictaduras todo se corrompe, las amistades
vienen corrompidas, interesadas.
¿Usted
diría que la corrupción en el Perú
ha sido producto de la cantidad de dictaduras, de la frecuencia
de movimientos dictatoriales que hemos sufrido?
Sí,
fundamentalmente. Porque, mire usted, hemos tenido dictadores
que, en el fondo, no incurrían en una corrupción
directamente. Por ejemplo, Leguía era un hombre muy
fino y que había viajado mucho. Le gustaba la cosa
ostentosa.
¿Y
el poder?
Y el
poder. En otros casos, ha habido presidentes muy desordenados
en sus costumbres y también, y muy frecuentemente,
ha habido mucha ostentación.
ESCAPE
DE EL FRONTÓN
Usted
estuvo preso en algún momento de su vida política
y huyó de la prisión. ¿Cómo
fue eso?
Eso
ocurrió hace mucho tiempo, seguramente usted no había
nacido aún. Yo me sentí muy bien en El Frontón
porque en realidad era una afrenta al pueblo, a pesar de
que yo había sido candidato y con buena votación.
¿Quién
lo mando al Frontón?
Era
el gobierno de Prado. No sé quién estaría
detrás de eso, pero fue un error. Entonces yo me
sentí fortificado. Llegue a la Escuela Naval y me
encontré con un lugar que no era adecuado para un
preso político. Entonces el oficial de la Escuela
Naval dio ordenes para acomodarme un poco mejor. Estaba
indignado. Yo no sabía quién era. Luego supe
que era Du Bois, quien después ha sido mi edecán
y luego mi ministro. El estuvo indignado con este uso de
un territorio académico de las Fuerzas Armadas. Me
pasaron entonces a una gran falúa (embarcación
destinada al uso de los jefes de marina), de esas que llevan
una gran tripulación a los barcos y me dio su uniforme.
Entonces me dije a mí mismo "esto me puede ser
muy útil". A Du Bois no lo conocía pero
desde ahí siempre lo vi con mucho agrado y mucha
gratitud.
¿Y
el uniforme era de su talla?
Yo no
me fije en la talla, sino en el valor. El gesto fue lo bonito:
estar en la escuela y tener un respaldo moral ahí
en la institución, espontáneamente. Bueno,
llegamos al penal a oscuras pues era cosa de medianoche
y ahí me encontré con el director de prisiones,
que después me aclaró que él no sabía
nada. A él le habían dicho "vas a recibir
un paquete en la Escuela Naval" y el paquete era yo.
Desde entonces hemos sido muy amigos e incluso ha sido mi
alcalde en Barranco. Con él, el doctor Lertora, hemos
hablado mucho de este asunto.
¿Cuánto
tiempo estuvo usted preso?
Estuve
alrededor de doce días. Luego vino la cuestión
de la fuga y yo me tiré al mar.
¿Usted se tiró al mar desde una embarcación?
No,
desde el muelle en costa. La embarcación que me iba
a recoger vino con un adelanto de una hora. La traía
mi muy querido amigo Miguel Dammert, un hombre querido,
pero muy alemán y a veces lo alemán lo hacia
proceder en forma inconsulta. Por ejemplo me dijo: "¡Oye,
no puede ser!". "Cómo no puede ser?, Ya
estoy acá ¡tírame la escala para poder
subir, estoy muerto de frío!" "No, ya hemos
hablado en el partido y no es posible." El había
llegado de la Argentina un día antes y ya estaba
decidiendo todo y yo muerto de frío dentro del agua.
Entonces estuve tentado a tirarlo al mar. Pero era un hombre
muy simpático; nos peleamos, pero a los cinco minutos
ya nos amistamos.
Pero pelearon por la tensión del momento, porque
él estaba yendo a rescatarlo.
Sí,
pero había ido una hora antes con el propósito
de disuadirme.
¿Y por qué no quería que fugara?
Seguramente
porque había gente que pensaba que era había
mucho riesgo.
ADELANTE
En
esos años usted estuvo apoyando al presidente Bustamante
y Rivero.
Yo había
sido diputado por el Frente Democrático Nacional.
¿El
APRA formaba parte de ese Frente Democrático?
Sí.
Luego hubo problemas y desavenencias de varios grupos. Eso
determinó la caída del presidente Bustamante
y Rivero.
En
esa época el APRA estaba más hacia la izquierda.
¿Usted diría que en su juventud estuvo más
cerca de la izquierda que de la derecha?
No,
porque ya entonces pensaba que hay quienes quieren ir a
la derecha o a la izquierda, pero yo siempre digo ¡adelante!,
que está al centro. Es la verdad, yo siempre he creído
que no hay que ir al extremo, sino a la acción
Luego
han pasado muchas cosas en su vida política. Usted
conoció el sabor de la traición la madrugada
del 3 de octubre del año 68. ¿Qué detalles
recuerda de esa madrugada?
Lo que
recuerdo bien, pero no pensaba que el general Juan Velasco
fuera a actuar. Entonces mi reacción fue pues muy
dura.
A
usted lo llevaron a la blindada.
Me llevaron,
sí.
¿Usted
enfrentó a los generales?
¡Naturalmente!
¿Qué
les dijo?
Bueno,
muchas cosas. Además mis discursos están publicados.
Creyeron que me iban a amilanar con decir barbaridades y
no. Ellos oyeron barbaridades.
LA
VITALIDAD Y VIOLETA
Presidente
está usted bordeando ya los 90 años ¿verdad?
Si,
estoy exactamente en los 89 años.
¿Qué guarda, qué conserva del niño
travieso que los profesores del Liceo de París jalaban
en conducta?
Yo fui
muy feliz en la juventud. Fui un colegial un poco travieso,
esencialmente travieso, en Francia.
¿Un
poco?
Bueno
regular. Pero cuando pasé a los Estados Unidos me
convertí en un estudiante cien por cien dedicado
al trabajo.
Pero
era muy vital. ¿Siempre fue muy vital?
Sí,
bastante
Hace
poco ha tenido que enfrentar la muerte de su esposa, Violeta
Correa. ¿Ella era el amor de su vida?
Así
es. Claro, mi vida es larga. No puedo restringirla a cuarenta
años, pero ella significó mucho para mí.
Primera la coincidencia completa. Ella era una persona quince
años menor que yo, pero se acostumbró muy
bien. Era muy fácil entenderse con ella porque tenía
mucho de esa viveza criolla y no entraba a cuestiones conflictivas,
pero dejaba una cosa dicha. Yo siempre tuve la mayor armonía
con ella.
Usted
le puso un epitafio infinito. "Espérame"
le dijo. Eso es algo realmente conmovedor.
En realidad
son pocos meses. Son apenas cuatro meses desde que falleció
pero yo me siento con el deseo ya de irme. Claro que comprendo
que hay gente que me quiere, y mucho, tengo a mis hijos,
a mis hermanos, en fin a toda la familia; pero yo ya terminé
mi tarea en la vida. Pero si me dan una yapa de vida, lo
haré lo mejor que pueda.
¿Le
gusta la vida?
Me gustó
sí en un momento dado. Pero ahora comprendo que mi
tarea ya se ha cumplido.
¿Eso
es porque Violeta no está?
Me hace
falta. Me hace mucha falta y yo era un hombre de casa y
aquí pasaba todo el día; tengo mi oficina
en el tercer piso y ella colaboraba mucho conmigo. Ella
no subía mucho porque tenía problemas con
las escaleras, pero siempre me enviaba algún mensaje,
breve y en forma muy irónica
Le
gustaba jugar, era bromista y tenia mucho sentido del humor.
Compartían el sentido del humor. ¿Es un hombre
muy particular frente al humor.
Generalmente
estabamos en broma. Todos los años que he estado
con ella han sido en el fondo de broma
Ella
era una gran amiga, además.
Además.
¿Usted
cree que compartió con Violeta su pasión por
el país?
Teníamos
una misión muy parecida.
Usted
era uno de los pocos peruanos que recorría el Perú
a lomo de bestia.
Así
es.
¿Qué
sintió al recorrer el Perú?
Una
gran identidad. He llegado a caballo a muchos sitios y a
pie a otros. Porque salíamos a hacer política
durante todo un gobierno adverso. En esas épocas
no esperamos hasta el último mes para hacer campaña,
la hacíamos todo el tiempo y esto me hizo conocer
mucho al país. Ahora ella siempre estuvo lista para
acompañarnos.
¿Ella
vibraba de la misma forma que usted?
En la
misma forma. Pero no con tanta frecuencia, porque ella tenía
cosas que hacer aquí. Ella siempre fue una mujer
muy activa.
¿Este
libro, que acaban de publicar sobre su esposa, usted lo
ha corregido, lo ha revisado?
Mucho.
Lo he revisado y le he puesto una pequeña dedicatoria
para usted. Le ruego que disculpe mi caligrafía.
Aquí dice "para Cecilia Valenzuela, con nuestro
cálido recuerdo de aquí, y de arriba".
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