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El
general Lizarzaburo detectó extrañas compras
en su Oficina de Planificación Presupuestal.
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La
muerte del general que descubrió el tráfico de armas
A principios
de 1995, cuando se inicio la guerra del Cenepa un general del Ejército
encontró serias anormalidades en las compras de armamento
y material bélico que apuradamente compraba el Perú.
El general Fernando Lizarzaburu tuvo el coraje de dejar constancia
documentada sobre cada una de ellas. Cuando Vladimiro Montesinos
se enteró de las críticas y las anotaciones que realizaba
el general, mandó cesarlo de su cargo y lo sacó del
Ejército. Hace dos años, el general Lizarzaburu murió
víctima de un cáncer incipiente. Ahora, sus familiares
exigen una explicación sobre su muerte,
pues consideran que existen suficientes razones para pensar que
su deceso no la causó su enfermedad.
Escribe César
Hildebrandt Chávez / agenciaperu.com
El año
1995 fue extremadamente difícil para nuestras Fuerzas Armadas.
El 25 de enero, el conflicto con el Ecuador arreció y se
convirtió en la justificación para que, en febrero
de ese año, el gobierno de Alberto Fujimori aprobó
una serie de decretos secretos que autorizaron la compra de armamento.
Como es tradicional en el ejército, la partidas presupuestales
pasaron por la Oficina de Planificación del Ministerio de
Defensa, a cargo en ese entonces por el general Fernando Lizarzaburu
Corte.
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Fernando
Lizarzaburo, cuando era edecán del presidente Belaúnde.
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EL GENERAL
QUE SABÍA DEMASIADO
El general Lizarzaburu
había trabajado anteriormente en la Oficina de Información
del Ejército. Antes, entre 1980 y 1982, fue edecán
del presidente Fernando Belaúnde. En 1994, ya con el grado
de general, asumió la dependencia clave dentro del Ministerio
de Defensa: la Oficina de Planificación Presupuestal de las
Fuerzas Armadas. En ese puesto permaneció hasta 1996, cuando
Montesinos se enteró de que cuestionaba todas las compras
hechas por los tres institutos armados.
En abril de
1995, un decreto había llamado la atención del general.
El decreto de urgencia número 020 que permitía que
el Ministerio de Defensa, encabezado en ese entonces por el ahora
prófugo general Víctor Malca, disponga libremente
de 222 millones de dólares para gastos de seguridad.
Ahora se sabe
que casi todas las adquisiciones de armamento sirvieron para que
se beneficiara la mafia de vendedores de armas vinculadas a Vladimiro
Montesinos.
El general Lizarzaburu
fue un oficial comprometido durante más de 38 años
con su institución, y frente a estos hechos, se sentía
atado de manos.
Un viejo amigo
suyo, don Juan Bardelli, quien, en esos meses, se reunía
casi a diario con el general, recuerda sus quejas: "Él
veía todas las compras y a veces me decía: estoy viendo
unas cosas que ni te imaginas. Es desesperante. Alguien tiene que
saber esto. No te puedo contar nada porque está en juego
la seguridad de la Nación."
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Juan
Bardelli,
amigo del general: "Todas las evidencias apuntan a que
fue asesinado".
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agenciaperu.com
tuvo acceso a uno de los informes que elaboró el general
Lizarzaburu, en 1995, mientras ocurría el conflicto del Cenepa
y Montesinos decidía que armas se debían comprar.
En el informe, el general detalla y cuestiona el material que se
compró para los tres institutos armadas durante ese año.
En el informe,
del 28 de noviembre, figuran las observaciones realizadas por el
general respecto de cada una de las irregularidades que la cúpula
montesinista ejecutaba en pleno conflicto con el Ecuador.
En cada página
de ese minucioso y hasta hoy desconocido informe militar, el general
Lizarzaburu se esmeró que quedara constancia -y con el sello
del Ministerio de Defensa- de cada uno de los millonarios delitos.
Las frases como "No se tiene conocimiento de licitación
alguna"; "a la fecha no se ha remitido R.M. (resolución
ministerial) de presupuesto analítico" o "se desconoce
a qué partida específica corresponde" son comunes
en el revelador documento.
Además,
aparecen algunas compañías que, en 1995, aún
se mantenían en la sombra: Crousillat Brothers; B & F
Comercialización, del vendedor de armas Enrique Benavides
Morales; Mobetek Representaciones, de Moshe Rothschild y Alberto
Venero; Sutex, de James Stone; Wotan International, de Klaus Corpancho;
Frixi, compañía vinculada a Víctor Posso Carrillo,
cuñado del ex comandante de la marina Américo Ibárcena,
y Catic, la empresa china que cuyos representantes confesaron haber
pagado a Victor Joy Way más de 2 millones y medio de dólares
en comisiones.
Incluso, al
final de una de las páginas, como parte de las adquisiciones
del Ejército, aparece la compra de uno de los equipos de
interceptación telefónica celular: el CTMS 6001, importado
por la empresa peruana Atlas Trade.
A fines de 1996,
el disgusto del general Lizarzaburu se hizo evidente y llegó
a oídos del ex asesor Vladimiro Montesinos. Y empezó
la pesadilla.
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Luego
de casi 40 años de servicio, el general Lizarzaburo
fue pasado al retiro por "renovación", una
de las causales más ingratas.
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MONTESINOS
ATACA
En diciembre
de 1996, mediante una resolución suprema, el general Fernando
Lizarzaburu Corte, después de 38 años y 11 meses en
el ejército, fue pasado al retiro por "renovación",
una de las causales más ingratas dentro de las Fuerzas Armadas.
En esos años, Montesinos ordenaba los ascensos y las bajas
dentro el ejército. Sin duda, el ex asesor se ensañó
con el general.
A principios
de 1997, cuando la situación económica de la familia
Lizarzaburu empeoraba, el general recurrió a Baruch Ivcher,
un viejo amigo suyo, y le pidió trabajo en la fábrica
de colchones Paraíso.
La amistad del
general con el accionista mayoritario de canal 2 fue determinante.
Los agentes del SIN, alertados, vigilaron cada uno de sus movimientos.
La señora Dora Gambetta Ponce de León, viuda de Lizarzaburu
recuerda que la angustia de esos meses era excesiva. Incluso, recuerda,
los vecinos llegaron a interrogar a unos extraños personajes
que permanecían durante horas dentro de automóviles
estacionados en el vecindario.
El general Lizarzaburu
sabía que lo peor era perder la calma. Con gran flema, anotó
en su agenda personal del año 1997 cada seguimiento: en los
días 3, 18 y 21 de junio, registra las placas de los dos
vehículos que lo vigilaban a él y a su familia.
La primera matrícula,
la HQ 4889, según el registro de propiedad vehicular, pertenece
a Nancy Manco Navarro y a Augusto Alejandro Gonzales Caycho. Sin
embargo, ninguno de los dos personajes aparece actualmente en el
Registro Nacional de Identificación.
El segundo vehículo
tenía la placa JQ 7276 y actualmente aparece como material
de guerra del ejército asignado al general Enrique Oliveros
Pérez, jefe del servicio de inteligencia del ejército
en esos años.
LA ENFERMEDAD
En marzo de
1999, el general Fernando Lizarzaburu acudió al Hospital
Militar Central, ubicado en la avenida Pershing. Una persistente
tos lo aquejaba
En el Hospital
Militar le asignaron un tratamiento a cargo del doctor Rómulo
Cárdenas Agramonte. El diagnóstico inicial fue el
de un cáncer incipiente.
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Dora
Gambetta Ponce de León, viuda del general. Su dolor
e indignación no tienen límtes.
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Los amigos y
familiares del general Lizarzaburu aseguran que el tratamiento que
se le aplicó fue sospechosamente negligente y que eso determinó
su muerte, un año después.
"Ese chequeo se tradujo en una serie de irregularidades en
el tratamiento que le dieron. Irregularidades negligentes"
recuerda Juan Bardelli, amigo del general. Amigos y familiares consultaron
a varios médicos y la conclusión fue la misma: "le
aplicaron quimioterapia cuando no era necesario".
En diciembre de 1999, la señora Dora Gambetta Ponce de León,
esposa del general, decidió buscar otra opinión médica
y acudió al Instituto Oncológico de Lima donde se
entrevistó con el doctor Andrés Solidoro. Cuando le
dijo que le habían aplicado nueve quimioterapias, el doctor
exclamó: "¡Si solo le han debido aplicar tres!".
La señora
Dora cuenta que, días después de visitar al doctor
Solidoro, en el hospital militar ocurrió un episodio alarmante:
"El doctor Cárdenas le ordenó a la enfermera
que le aplique a mi esposo una inyección de codeína,
pero ella se negó. Luego me dijo que si lo hubiera hecho
le habría ocasionado un paro cardíaco".
La codeína
es un narcótico de propiedades sedantes y analgésicas.
Algunos miembros del personal médico que atendieron al general
Lizarzaburu durante su tratamiento confirmaron a agenciaperu.com
las órdenes que dio el doctor Rómulo Cárdenas.
Incluso, aseguraron que, en otras oportunidades, otros médicos
le recetaron corticoides.
La sospecha
carcome a la familia del general. Según ellos, el exceso
de estos medicamentos empeoró su salud. "Le aplicaron
una cantidad excesiva de cortisona. Se volvió un monstruo.
Todo se hinchó, sus brazos, todo... Imagínate que
no podía permanecer parado" recuerda la señora
Dora.
Un mes antes
de morir, el general Fernando Lizarzaburu anotó en su agenda
sus últimos días en el hospital: "Comienzo a
perder fuerza en piernas y brazos. Se me está dificultando
mi capacidad de andar por mi mismo."
La familia empezaba
a desesperar. La señora Dora recuerda con angustia esos días:
"Mi hijo le decía: salte de aquí, te van a matar.
Y mi esposo le decía: cómo crees, si este es mi hospital."
El 16 de enero
del año 2000, a las 9 y 35 de la noche, el general Lizarzaburu
dejó de existir. Desde ese día, su esposa Dora Gambetta
Ponce de León, ha solicitado al Hospital Militar innumerables
veces la historia clínica de su marido. La respuesta siempre
es la misma: se ha perdido.
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El
protocolo de necropsia registra que se practicó la
autopsia a las seis de la mañana, pero amigos y familiares
vieron el cadáver intacto a las siete.
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CONTINÚAN
LAS VEJACIONES
El protocolo
de necropsia del general Lizarzaburu está fechado el 17 de
enero de 2000 y, según el documento firmado por el doctor
Juan Parreño Serpa, el examen se inició ese día
a las 6 de la mañana. Sin embargo, los familiares del general
aseguran que este documento registra información falsa ya
que ellos vieron el cadáver del general a las 7 de la mañana
y no tenía ningún rastro que se le hubiera practicado
la necropsia.
Juan Bardelli
fue uno de los primeros en ver el cuerpo del general: "Estaba
hinchado, normal, pero no estaba cortado. No había pasado
bisturí por su cuerpo ni sierra quirúrgica. Yo le
desabotoné la camisa para ver si habías rasgos, pero
nada" asegura. "¿Cómo este doctor pudo haber
firmado un protocolo de necropsia cuando no se le practico autopsia
al general?" se pregunta y añade: "la muerte del
general es un delito muy grave que no ha sido investigado. Todas
las evidencias apuntan a que fue asesinado."
El patólogo
Juan Parreño tiene una particular versión de la autopsia
que le practicó al general. Asegura tener una técnica
especial "para que la familia no vea nada de nuestro trabajo";
es decir, "no dejamos huellas que pueden observarse a través
del vidrio".
El doctor Uriel
García, el patólogo más experimentado del país,
niega que exista alguna técnica especial que permita realizar
necropsias sin dejar rastros.
Incluso después
de muerto, el general fue maltratado. Su cuerpo iba a ser enterrado
"en un cajón que parecía una caja de leche"
recuerda, adolorida e indignada, su viuda. "Con las justas
mi hijo y un amigo lo pusieron en otro cajón porque el primero
se rompió. Me negaron el crematorio, me negaron la capilla...
Era un ser humano, no era un perro."
Dos años después de su muerte, la familia y los amigos
del general esperan que el ejército ordene una investigación
al respecto y por fin reivindicarlo. Para la señora Dora,
esto no es simplemente una cruzada personal. "Es también
porque ha habido tantas muertes raras en estos diez años,
que espero que las esposas denuncien, porque no puede seguir esto
así. No puede".
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