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Kenji
hizo dar de baja a comandante de la FAP que intentó frenar sus malcriadeces
Kenji,
el menor de los hijos de Alberto Fujimori, llegó a Palacio
de Gobierno cuando aún tenía diez años, vistiendo
terno azul y una infaltable corbatita michi. El niño callado
que sonreía todo el tiempo era también, sin lugar
a dudas, el hijo predilecto de Alberto Fujimori. Pero el chiquillo
creció y se convirtió en un joven exigente e insoportable
que hacía lo que le daba la gana.
Los caprichos de Kenji Fujimori trascendieron Palacio de Gobierno
y el SIN, lugar donde se crió con la anuencia de su padre,
y llegaron a truncar las carreras de algunos oficiales de las Fuerzas
Armadas, entre ellas, la del comandante de la FAP Manuel Salazar
Trelles.
Escribe Alexa
Vélez / agenciaperu.com
Vladimiro Montesinos
lo llamaba "muchachito de mierda", y es que para el ex
asesor presidencial, Kenji Fujimori estaba más embriagado
de poder que incluso el propio jefe de Estado, Alberto Fujimori.
Kenji, más
que el último de los hijos de Fujimori, era el niño
de sus ojos, aquel que debía tener todo lo que se le antojara
y diera la gana: un telescopio espacial, tres perros, un fusil AKM,
viajes a la selva, un séquito de guardaespaldas, y entrenamiento
militar a costa del erario nacional.
El aparato militar estuvo a su disposición desde muy pequeño.
El departamento del Kenji se ubicaba en el segundo piso del Servicio
de Inteligencia Nacional (SIN). Allí, el muchacho gozaba
de los engreimientos de su padre, y las majaderías de su
tío Vladi (como lo llamaban todos sus hermanos), quien le
festejaba todas sus fanfarronerías. Esto ocasionó
que Kenji se creyera "el joven maravilla".
KENJI Y EL TIO VLADI
Para el periodista
Luis Jochamovitz, "Kenji era uno de los 'más remunerables',
en el termino que Vladimiro utilizaría. Era una inversión
que retribuía bien. Lo llevó a la selva, a una cacería,
le regaló un perro (.) esto fue evolucionando, y, con el
pasar de los años, llegó a vivir en el segundo piso
del SIN. Luego, con los años, Montesinos se harta de Kenji,
porque era el hijo mimado del presidente, al que nadie le podía
decir no".
Jochamovitz, autor del libro "Vladimiro", cuenta que Kenji,
incluso, llegó a convertirse en un peligro para el ex asesor.
Según el periodista, el hijo del presidente no era un niño
malvado, pero era insoportable, y en ocasiones, como todos los adolescentes,
podía llegar a ser cruel. "Se metía a su oficina,
a veces, cuando Montesinos no quería que Fujimori se entere
que el estaba allí, tenía que cuidarse mucho, ya que
si Kenji lo descubría, podía decirle a Fujimori: 'oye,
tío Vladi está en la oficina y a ti te han dicho que
no está'. Así, llega un momento en que Montesino se
hartó de Kenji, y este pasó a ser un muchacho de mierda",
afirma el escritor.
KENJI, EL TERROR DE PALACIO
Pero el ex brazo
derecho de Fujimori no fue la única víctima de Kenji.
La casa de Pizarro temblaba cada vez que el menor de los Fujimori
se paseaba por los corredores con sus perros y su famosa boa.
Según
los mismos trabajadores de palacio, "Kenjicito" soltaba
su reptil en las habitaciones de los empleados y, eventualmente,
lo hacía en la cara de uno que otro invitado del propio presidente.
Incluso, el mayordomo de Palacio de Gobierno asegura que "Kenji
era travieso. Yo escuché que tenía hasta un lagarto".
EL NIÑO
MIMADO EN EL CLUB DE LA FAP
Con los años,
los gestos caprichosos de Kenji se convirtieron en prepotencia y
sus bromas de mal gusto en arbitrariedades e injusticias. El verano
de 1997, el mimado de Fujimori, puso de cabeza la Escuela de supervivencia
de la Fuerza Aérea del Perú, en Ancón.
Kenji, ya de 18 años, había dejado Palacio para ir
a estudiar veterinaria a los Estados Unidos. Pero cada verano volvía
de visita a Lima, y aprovechaba para pasar algunos días en
Ancón, en el bungalow que la Fuerza Aérea del Perú
(FAP) le asigna tradicionalmente al Presidente de la República.
El comandante Manuel Salazar, era el Jefe de Personal y Servicios
de la Escuela de la FAP, y se enteró de las actividades de
Kenji Fujimori: "constantemente nos llamaban los oficiales
para decirnos que había mucha bulla en la casa del presidente
Fujimori. (Kenji) Era un niño, y llegaba solo sin ningún
adulto, tenía veinte personas de seguridad y las amistades,
con todo el poder que todos conocemos ahora. Él ponía
el volumen al nivel que quería, tomaba cerveza. Cosas de
muchachos que incomodaban".
LAS AVENTURAS
DE KENJI Y SU AMIGUITO
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Alfredo
Guizado, amiguito de Kenji Fujimori.
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Kenji no tenía
amigos conocidos, ni se juntaba con sus condiscípulos del
colegio La Recoleta. Día y noche andaba acompañado
de Alfredo Guizado, un muchacho de Ancón que trabajaba en
la Escuela de la FAP en el mantenimiento de las lanchas, y que el
hijo de Fujimori conoció en un verano anterior.
Una tarde, Kenji,
su perro "Puñete", y su íntimo amigo Guizado,
se metieron al mar con toda la indumentaria necesaria: wetsuits,
botas de buceo, y tablas. Al salir, obviaron el cartel que recomendaba
ducharse antes de entrar en la piscina, y se lanzaron al agua, llenos
de arena, de algas y en compañía del perro.
"Él
(Kenji) era invitado. Sale del mar (.) con sus amigos, y el perro,
que se había bañado en el mar. Sale caminando por
allí, habiendo duchas, y, sin mediar palabra ni nada, se
tiró a la piscina, que la tenemos en perfectas condiciones.
En esa piscina estaban esposas, hijos de los oficiales. Yo estaba
almorzando en el comedor, y me pasaron la voz de eso", recuerda
el comandante Salazar.
Mientras ocurría el escándalo, Salazar, jefe del club,
fue obligado a dejar su merienda y acercarse para solucionar el
problema, en medio de miradas de censura y enojo de los demás
oficiales presentes: "no le hablé a él (Kenji),
por supuesto, porque ya sabíamos los oficiales de lo que
era capaz. Tuve que salir, me di la vuelta y sentado en ese muro
había un teniente, capitán de policía. Me acerqué
y le dije: 'dígale al señor Kenji y a sus amigos que
no se pueden bañar de esa manera porque está prohibido'
y me retiré".
Horas más
tarde, Salazar se topó con el policía al que le había
pedido que interviniera para que Kenji y su amigo sacaran al perro
de la piscina: "fue en la noche, en un momento que nos cruzamos,
porque se quedó varios días, me dijo, como advirtiéndome,
que el señor Kenji Fujimori había preguntado mi nombre
y lo había anotado en un papel".
Según
fuentes de la Fuerza Aérea, el comandante Salazar era un
oficial eficaz y muy exigente. Esa era la razón por la que
algunos "avioneros" y trabajadores civiles del club no
lo soportaban, pero quien más lo detestaba era Alfredo Guisado,
el íntimo amigo del hijo del entonces presidente.
LA VENGANZA
ORIENTAL
A fines de 1997,
cuando llegó el ascenso que Salazar tanto había esperado,
el oficial nunca imaginó que el haber cumplido con su deber
en las instalaciones del club de la FAP le costaría tan caro:
"me tuve que arriesgar y tener que decirle algunas cosas que
el pedía o que el hacía que no estaban correctas y
corregir su actitud. A mí me llamaban para que corrigiera
eso y de tanto corregir esas cosas que eran mi función salí
afectado. El joven Kenyi Fujimori le pidió a su padre que
me den de baja".
El mayor Salazar
había calificado para el ascenso a comandante, y de hecho
eso fue lo último que hizo dentro de su institución.
La noche del
31 de diciembre de 1997, en el instante en el que el comandante
Salazar celebraba su ascenso y estrenaba galones, Kenji Fujimori
llamaba a Palacio de Gobierno y le pedía a su padre que le
dieran de baja al oficial que había corregido sus malacrianzas
durante unos días de verano.
Salazar habla de esta injusticia: "el día 31 de diciembre,
cuando me estaban haciendo una ceremonia el Comando de la Unidad,
y me estaban poniéndome mis galones de comandante, en ese
mismo instante, Kenji Fujimori estaba llamando a su padre para decirle
del teléfono de su casa que me den de baja".
LA INJUSTICIA
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El
comandante Manuel Salazar, fue dado de baja por acción
directa de Kenji Fujimori.
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El 2 de enero,
una comisión de inspectoría llegó a la escuela
de la FAP para iniciar una investigación contra el comandante
Salazar. Los oficiales interrogaron a todos los "avioneros"
de la Escuela para averiguar si alguno de ellos había tenido
problemas con el Comandante. Fue entonces cuando un suboficial recordó
que, meses atrás, había recibido un golpe en la nuca,
por parte de Salazar, por tirar la basura al mar a las cuatro de
la madrugada.
Este incidente
había llegado a oídos de Kenji, la misma noche en
que Salazar se defendía de la Comisión. Alfredo Guizado
le contó que un amigo de un amigo había visto al comandante
Salazar tirándole un palmazo al "avionero" Oscar
Mejía. Inmediatamente, Kenji le ordenó a Mejía
que hiciera un informe sobre lo ocurrido pero el "avionero"
se negó.
Salazar fue
sancionado por la Comisión de Investigación de la
FAP con diez días simples de arresto. Pero, antes de que
finalizara la investigación, su caso fue elevado al Consejo
de Guerra de la Fuerza Aérea. Donde, en un solo día,
el 23 de enero de 1998, el consejo hizo una auditoria, analizó
el caso y abrió instrucción contra el comandante Manuel
Salazar Trelles.
El vocal que
vio el caso, Conge, asegura que existieron "presiones del alto
mando, porque hay una consigan de que salga la condena del Comandante.
No era un delito sino una falta, y como tal tenía que tratarse.
Pero como no estuvo de acuerdo el resto de la sala conmigo, hice
un voto singular, que es un documento en el que uno manifiesta que
discrepa con la sala".
LA MEDIDA
Las dieciséis
felicitaciones que recibió el comandante Salazar a lo largo
de su carrera, no le sirvieron de nada. El 13 de febrero, fue dado
de baja por medida disciplinaria. Dos semanas después, la
FAP decidió contratarlo como asesor del SENAMHI, con derecho
a vivienda, auto, gasolina y hasta casa en la playa. Para el comandante
Salazar todo estaba claro: buscaban callarlo.
"Quisieron
pasarme la mano para que yo no me queje. Yo recibí todos
los beneficios que ningún oficial en retiro tiene porque
necesitaba ir juntado toda la documentación que ahora me
está permitiendo reclamar", afirma Salazar.
Ahora, Manuel
Salazar quiere que lo reincorporen a la Fuerza Aérea, y que
se modifique la resolución en la que le dieron de baja por
medida disciplinaria: "más que todo por el honor que
debe tener un oficial, si tengo que irme el día siguiente
de mi reincorporación me voy, pero mis hijos tienen que tener
el ejemplo de su padre".
La canallada
de Kenji Fujimori le costó a un oficial toda su carrera y
después, casi cuatro años de trámites engorrosos,
de esperas desesperantes y de frustradas reuniones con ministros,
generales y padres de la patria, para recuperar por lo menos su
honor. El poder absoluto ensoberbece y los Fujimori se creyeron
durante diez años, los dueños del Perú.
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