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| "Vivir
para contarla", las memorias de García Márquez
estarán en las librerías desde este 10 de octubre. |
Las
memorias de Gabo
Este artículo,
publicado en el diario El Tiempo, de Bogotá, es una entrevista
al genial escritor colombiano Gabriel García Márquez,
durante una reciente visita a Barcelona. Aquí, el conocido
"Gabo" habla sobre su nueva obra, su esperada autobiografìa
titulada 'Vivir para contarla'. La fecha de lanzamiento es 10 de
este mes, con una tirada inicial de un millón de ejemplares.
Winston Manrique
Sabogal / AP, Madrid
'La vida no
es la que uno vivió, sino la que recuerda y cómo la
recuerda para contarla'. Así empieza Gabriel García
Márquez el primer tomo de sus memorias, Vivir para contarla
(Mondadori), cuyo lanzamiento mundial será el 9 de octubre
en Barcelona, Bogotá, Buenos Aires y México DF. 'Una
vida que se lee como una novela', según Claudio López
Lamadrid, su editor en España. Mientras que a Álvaro
Mutis, amigo del Nobel colombiano y premio Cervantes, y uno de los
pocos que conoce el original, no le queda duda de 'haber leído
un clásico'. Unas memorias que García Márquez
concluye después de 13 años de trabajo. EL PAÍS
publicará este domingo el fragmento del libro dedicado a
la escritura de Relato de un náufrago.
Tras el velo
sepia del tiempo, un niño de ojos asombrados come una galleta
más grande que su mano. Tiene dos años. Es el primogénito
de la mujer de eterna belleza romana y del telegrafista que tocaba
el violín en fiestas y serenatas caribeñas. Es el
niño Gabriel José García Márquez que
ahora, con 75 años, ha llegado a su cita más anhelada.
La de su vida. Y aquel niño de finales de los años
veinte es quien da, en la portada, la bienvenida a sus memorias.
Páginas en las que ha dejado de soslayar los 'zarpazos de
la nostalgia' para perpetuar su propia historia, que es la de sus
abuelos, sus tías, sus padres, sus 10 hermanos y la estela
que ellos dejan en la suya propia. Un paseo por el origen donde
anida su éxito futuro.
Vivir para contarla
es el primero de dos o tres volúmenes. Se detiene en el año
1955. La primera estación que Gabo, como lo llaman y firma
el propio Nobel, hace en su largo viaje. Hasta allí ha llegado
después de 13 años de haber tomado en serio la decisión
de contar su vida; de por lo menos tres de disciplinada escritura
y dos de edición.
Aunque la idea
lo acompañaba desde siempre, es tras El general en su laberinto,
en 1989, cuando empieza a otear en serio los meandros de su vida.
Sólo al enfrentarse a la escritura sus recuerdos se le amotinan
y le exigen que aprenda a escribir. 'A eso me obligaron, y ese aprendizaje
fue la única salida que encontré para desembrujarme
de mí mismo y poder contar mi vida', dijo Gabo el año
pasado en un documental de France 3, RAI, TVE y Canal 22 de Colombia.
Desde entonces,
todas las sensaciones de la vida se cruzan en su camino. Incluso
los colombianos lo reafirman como su patriarca. Y él quiere
hacer de todo. Escribe Del amor y otros demonios, su última
novela; revive su interés por volver al periodismo y participa
en la creación de un telediario en su país, QAP; crea
la Fundación para el Nuevo Periodismo Iberoamericano para
dar talleres a los jóvenes periodistas; escribe el reportaje
del secuestro de varios periodistas y personalidades colombianas
por parte del narcotraficante Pablo Escobar, Noticia de un secuestro,
su último libro en 1996; compra la revista Cambio en 1998;
opina sobre la paz en su país. Y, por si fuera poco, en 1999
le diagnostican un cáncer linfático. A partir de ahí
su vida se mueve entre México DF y Los Ángeles para
seguir un tratamiento. Hasta que arrincona a la muerte, como en
sus cuentos.
Antes de aquella
confirmación de mortalidad, se escucha la voz de Gabo leyendo
el primer capítulo de sus memorias. Es en 1998, en el Festival
del Centro Histórico Ciudad de México (EL PAÍS,
22 de marzo de 1998). Es sobre la decisión más importante
de su vida. El viaje tras el cual quedó 'a merced de la nostalgia'
en 1950. El que hizo con su madre, Luisa Santiaga, de Barranquilla
a Aracataca, en el Caribe colombiano, para vender la casa de sus
abuelos maternos con quienes vivió hasta los ocho años.
Un viaje que hicieron una noche en una embarcación por la
Ciénaga Grande de Santa Marta y continuaron al día
siguiente en un diablo al que por allí llamaban tren. Cuando
llegaron a ese pueblo situado en un claro de las bananeras, bajo
un cielo renacentista donde el Sol apenas deja colar retazos de
brisa piadosa, Gabo se da cuenta de que el tiempo estaba estancado
en su memoria. Ese día, además, es cuando ve desde
el tren el nombre de una finca, Macondo. Descubre la 'resonancia
poética' de la palabra, de tal manera que será el
nombre del universo donde habitarán todos los lugares y todos
los tiempos de su obra.
"De 900
páginas, el libro queda en 596, y hasta el último
minuto ha hecho correcciones"
Tras ese primer asomo a su vida, el autor de El coronel no tiene
quien le escriba se encara con la muerte en 1999. Y en mitad de
ese duelo se concentra en la escritura de Vivir para contarla, cuyo
primer punto final llega hacia el otoño de 2000. Son alrededor
de 900 páginas. Mientras, su vida sigue oscilando entre México
DF y Los Ángeles. A partir de ahí se dedica a la edición
del libro dando paso al periodista rotundo de El espectador. Es
la etapa de precisión con la ayuda de su hijo Rodrigo García
Barcha, en quien centraliza el rigor informativo. Surge así
un rosario de entrevistas para corroborar nombres o fechas.
Todo va bien.
El cáncer está amordazado. En esa tregua del invierno
de 2001, Gabo ofrece otro avance (EL PAÍS, 28 de enero),
el del romance de sus padres, Luisa Santiaga y Gabriel Eligio, que
inspiró El amor en los tiempos del cólera. La novela
que le gustaría que pasara a la posteridad. La expectativa
crece y varias editoriales quieren el libro.
La mirada atrás
continúa sin alteraciones. Hasta que en agosto de 2001 un
soplo de tristeza lo invade por la muerte de su hermano menor y
cómplice literario, Eligio. Su respuesta es acelerar la edición
de las memorias. Incluso saca tiempo para contar los entresijos
del manuscrito de Cien años de soledad que sale a subasta
en Barcelona y que finalmente no se vende.
A comienzos
de 2002, García Márquez ya ha eliminado unas 300 páginas.
Sólo quedan 596. Una de las pocas personas que lee el original
es el escritor colombiano William Ospina, que viaja en mayo a México
DF a petición del Nobel. Ospina lee un capítulo al
día durante ocho días. Álvaro Mutis también
lo ha leído, y sabe que la foto escogida para la portada
es una que su amigo Gabo mima en su casa de México en un
portarretrato sobre el mueble de un salón.
Se dice que
la subasta por los derechos del libro ha sido una de las más
fuertes de los últimos tiempos. Al final las obtiene Mondadori.
¿Para cuándo? Otoño de 2002. Y cuando todo
parecía en calma, una nueva tristeza. La muerte vuelve a
visitar a los García Márquez para llevarse a su madre
de 97 años, la mujer que defendió su amor por aquel
telegrafista que dejaba recados de enamorado por los pueblos donde
la iban escondiendo. Aun en compañía del dolor, el
autor de El otoño del patriarca sigue insobornable ante la
búsqueda de contar lo mejor posible su vida. Con el verano
llega el original a Barcelona. Pero la procesión de correcciones
no cesa. Los manuscritos van y vienen entre México y la capital
catalana. Gabo pide que le den una fecha límite para tocar
el texto. Viernes 13 de septiembre le dicen. Pues hasta ese día
algo cambia. Es más, una semana antes modifica el título
y el epígrafe. Ya no se titularán Vivir para contarlo,
sino para contarla. La clave del cambio está en el epígrafe,
en un juego que enhebra la primera idea y la última palabra:
'La vida no es la que uno vivió, sino la que recuerda y cómo
la recuerda para contarla'.
"Es a partir
de 1989 cuando empieza a otear en serio los meandros de su vida"
Gabo ya ha cumplido con su primera cita y avanza en la segunda.
Queda compartirla. Será a partir del 10 de octubre, con una
invitación que podría decir como el final de uno de
sus cuentos, cuando el capitán de un barco dice 'en catorce
idiomas, miren allá, donde el viento es ahora tan manso que
se queda a dormir debajo de las camas; allá, donde el sol
brilla tanto que no saben hacia dónde girar los girasoles;
sí, allá, es el pueblo de Gabriel García Márquez'.
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